jueves, 17 de noviembre de 2011

Darmstadt

Hubo un tiempo, no lejano, en que esto, en verdad, era una selva. Tiempo en el que los follajes no daban paso ni tan sólo a una tenue luz en el verano, en el que las murallas de nieve en el invierno perdían al caminante y éste se encontraba a merced de lo desconocido. Es tan fácil confundir el rumbo en dos metros cuadrados cuando el frío y la oscuridad imponen su imperio.  Duendes y elfos, toda índole de criaturas del bosque , se imaginaron en estas tierras. Las que no había porqué inventar, lobos y osos, sabían de supervivencia y no tenían empacho en garantizarla a costa de nuestra carne.

Solemos pensar en la Amazonía, en el Sahara, en los grandes páramos solitarios y olvidados de nuestra vasta Tierra, en los que incontables aventureros extraviados, simplemente por insignificancia, dejaron cuerpo y alma.

Olvidamos que aquí también, donde ahora un puñado de satélites saben definir posición y rumbo con la pericia del milímetro, se vivió en otro tiempo la angustia del camino perdido y la dulce recompensa del paraíso recuperado junto a una fogata o ante el muro en ruinas de un castillo centenario.

No hay duda de que cabe la soberbia pero, al final, siempre queda la inquietud de perder el edén y ser tragado, una vez más, por la implacable nieve del invierno.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Limbo

Históricamente, la Iglesia Católica ha demostrado un gusto especial por inventar lugares pintorescos, de los que el Infierno es el que ha tenido la mayor prensa, tal vez por nuestra innata fascinación por lo grotesco. Inventado éste, llegó un momento en el que no tener acomodo para los que pecaban “poquito” representó un reto mercadológico importante.  Algún genio a quien mi ignorancia en estos temas no identifica, pero que sin duda tenía una inventiva comparable a la del tan en boga Mr. Jobs, tuvo la inspiración de idear el Purgatorio, a quien la ilimitada imaginación de Dante supo poblar nutridamente, y cuya promoción a lo largo de siglos significó una de las fuentes primarias de enriquecimiento de la Iglesia, tan magistralmente simbolizadas hasta nuestros días en los tesoros vaticanos. De no ser por el en muchos aspectos lamentable Lutero, la piadosa institución hubiera continuado por algunos siglos más el pingüe comercio de perdones y mantenido su vena creativa para sostener un tinglado que en ocasiones ni la misma fe podía justificar. Véase por ejemplo el concepto de “Limbo”, a mi entender igualmente producto de afiebradas elucubraciones, y que sirvió para dar salida a casos tan complicados como dónde poner a un bebé – pecador por ser hijo de Eva - que muriera sin ser bautizado. En el Limbo quedaron todos aquéllos cuya indefinida situación o actos no daban para enviarlos a alguno de los dos sitios que se merecen de manera contundente, el Cielo o el Infierno, o bien a aquél donde aún cabe - y conviene - la negociación, el Purgatorio. Encima de eso todavía se consideró, lógicamente, que ante semejante desorden habría que hacerse en algún momento una revisión, y entonces surgió el Juicio Final, para el que me encantaría estudiar abogacía y vender a plazos paquetes de defensa para cuando ocurra (que, según quienes creen leer maya, podría ser tan cerca como 2012).

En fin, que ese concepto, el “limbo”, lleva el día dando vueltas en mi cabeza, al confirmar lo que ni el mismo Dante fue capaz de imaginar: hemos logrado su representación perfecta en nuestros modernos aeropuertos y salas de espera, donde cual almas en pena vagamos los viajeros, sin pecado ni virtud, dejándonos llevar dócilmente por fuerzas que no controlamos, esperando un feliz final en el momento del juicio, la llegada al destino, en el que aquello que nos empujó a esa indefinición incómoda nos devuelva la certeza de que todo fue para algo y que, a diferencia de lo que sostienen los adalides de la filosofía light,  no se trataba de disfrutar del viaje sino de, simple y llanamente, llegar al destino.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Traumas

Mi mejor amiga tiene cáncer. Parece el inicio de una novela que o bien promete revolucionar las letras o bien termina siendo una bazofia. El caso es que no se trata de una novela, al menos no de una cuya inspiración, por real que pueda ser, define una distancia que el narrador puede usar a su gusto para construir sus artificios sin necesariamente dejar, literalmente, el alma en ello.

Depende de cómo se vea la vida, porque si por el contrario uno la entiende como una mala novela, entonces empieza a tener algún sentido el que, además, mi mejor amiga tenga el mismo cáncer que mató a mi madre, y ello haya puesto de cabeza un cúmulo de estructuras que me hacían creer que tenía el tema, maduramente, bajo control desde hacía décadas. Sabiduría que llega de donde menos se espera, mi pequeña A. salió conque, según preclaros seguidores del Dr. Freud, tiene clarísimos los traumas de su señor padre y lo demuestra mediante los propios, haciendo del asunto un embrollo aún más delirante.

En fin, que la vida, como quiera que sea, no se nos presenta aburrida, y de alguna manera hay que buscar cuadrarla, porque al final del día es lo único que, provisional y frágilmente, tenemos la ilusión de poseer.

domingo, 2 de octubre de 2011

Siendo optimistas

Si nos atenemos al pesimismo que permea la mayoría de los análisis que corren sobre la situación de nuestro atormentado país debemos concluir que no hay salvación y que el futuro se antoja como un cada vez más pavoroso hundimiento en el peor de los mundos imaginables. No se ve por ningún lado qué pueda acotar una violencia cada vez más desmedida, el Estado coquetea con el fascismo y los ciudadanos se sumen en el miedo y la incertidumbre, dejando las decisiones en manos de quienes detentan los poderes de hecho. El cambio de gobierno, venga como venga, es muy probable que no afecte demasiado la dinámica de deterioro y crisis moral profunda que se encuentra en la base de lo que ocurre. Estamos solos y nadie de fuera tiene intención de venir a auxiliarnos.

¿Será?

La crisis moral está en la base, pero no es la causa. La causa está en actividades económicas ilegales que se rigen por las leyes del mercado. La crisis moral permite que exista el material humano que forma cada eslabón de una cadena de producción, transporte, distribución y consumo, pero tal cadena se gobierna por los mismos factores que se encuentran en todas partes y sostienen el funcionamiento de nuestro triunfante capitalismo salvaje. La diferencia entre esta cadena y, digamos, la equivalente en la industria tabacalera, es su ilegalidad. Siguiendo este razonamiento parece de perogrullo la conclusión: legalicemos la droga. Pero no, no tan fácil ni tan rápido. La economía que subyace al narcotráfico no está al margen de los fenómenos que experimentan otros sectores: también se ha diversificado y globalizado. Legalizar la droga no significará legalizar la trata de personas, la piratería o el tráfico de armas. Habrá partes de la cadena que no podrán aceptarse de todas formas por instituciones que se buscan democráticas. La violencia seguirá pero, no hay duda, sin uno de sus factores más decisivos. Legalizar las drogas no es la solución  pero la solución pasa, necesariamente, por legalizar las drogas.  Es tarea de los gobiernos trabajar en el análisis y las decisiones que permitan hacerlo de la mejor manera posible.

Y los ciudadanos de a pie tenemos que continuar, en pequeño, la labor hormiga de recomponer nuestra sociedad y detener la crisis moral que la agobia, para que empiece a escasear ese material humano que la economía del crimen encuentra en estos tiempos con suma facilidad. Al final del día, es sólo así como se podrá, en los largos plazos, apostar por la viabilidad de nuestra sociedad, nuestra nación y nuestra especie.

sábado, 1 de octubre de 2011

Senderos

Caminemos juntos, mano a mano, por este camino que, siguiendo a Machado, son nuestras huellas nada más.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Ni entendemos ni pensamos

Suelo con frecuencia discrepar de las opiniones de mi padre, que podré calificar de muchas cosas, pero en ningún caso de superficiales. En ocasiones – lo que un padre opine no cae fácilmente en el olvido - me quedo con la reflexión adentro y termino encontrando puntos de encuentro o de plano reconociendo que la experiencia de un hombre con no pocas lecturas, un agudo sentido crítico y una colección muy funcional de neuronas, termina en conclusiones que, como los buenos movimientos en ajedrez, traen el diablo adentro y una fuerte dosis de razón.

Es el caso de una de sus afirmaciones de sobremesa hace algunas semanas, en la que decía algo así como que si algo le parecía lamentable era el tratamiento que la sociedad, llámense “las buenas conciencias”, estaba dando a multitud de jóvenes en este país, calificándolos, incluso de forma jocosa y burlona, como “ninis”. De ahí la digresión lo llevaba a una feroz crítica a los usos del lenguaje, en donde nuestra sociedad -por supuesto íbamos incluidos - tiene hábitos imperdonables en los que el clasismo, el racismo y la intolerancia, viven agazapados y, por más liberales que algunos nos presumamos, de pronto sacan la cresta y nos hacen, literalmente, “enseñar el cobre”. La crítica tocaba fibras personales y dejamos que ahí quedara, evitando la discusión acalorada que en esta rama de la familia termina frecuentemente en confrontación.

Regresando a los “ninis”: a mí la palabrita me caía mal desde siempre, sobre todo por razones fonéticas, y no fue sino hasta escuchar esa opinión de mi padre que ese desagrado se quedó dando vueltas en mi cabeza, sin acertar a aterrizar en algo más que una cierta simpatía por esa crítica y por la idea de que, efectivamente, el lenguaje nos define a nosotros y a nuestra realidad y no tengo la menor duda de que la inventa en muchos sentidos. Pero hace un par de días, ligando reflexiones, caí en la muy encomiable diatriba de uno de nuestros pocos pero claridosos pensadores contemporáneos, Jesús Silva-Herzog Márquez (*), que concluye limpiamente en el hecho de que vivimos una crisis moral y nos obliga a “registrar el hecho de que miles de jóvenes mexicanos de hoy están dispuestos a vivir una vida corta donde la complicidad de la violencia es su único albergue” y a cuestionar “¿no debemos hablar de eso también?”.

Y hablando de eso es que estoy, porque me he convencido de que un país que es capaz de menospreciar a buena parte de sus jóvenes llamándolos  “ninis” está destinado a la catástrofe.  El terminajo nació, quiero creer, criticando a un cierto sector de la juventud de clase acomodada que, sabiendo su futuro asegurado, decide en algún momento no seguir estudiando, tampoco trabajar, y dedicarse a una vida alegre que les colme de diversión mientras papá les hereda el negocio (a ellos, nunca a ellas) o se casan (ellas, nunca ellos). Es insoslayable que en casos así el problema no se origina en los jóvenes sino en esos padres que, ya sea intencionadamente o - peor aún - por omisión o descuido, los impulsan para comportarse de tal manera, siendo incapaces de inspirarlos para la responsabilidad y la madurez y reclamando en ellos injustamente lo que sólo es achacable a su propio ejemplo.

Pero lo más perverso es que más pronto que tarde convertimos en “ninis” a todos los jóvenes que no hacen lo uno ni lo otro sin importar la razón. Y ahí entra una proporción desmesuradamente grande de nuestra población joven que, no por los vicios de una clase social determinada, sino por la falta de oportunidades de un sistema deficiente y corrupto, no tienen acceso a la educación ni al trabajo. Jóvenes que no encuentran cabida en escuelas que son producto de un acomodo que lleva décadas traicionando sus principios y siendo rehén de intereses que lo que menos tienen en cuenta es la educación. Jóvenes que no encuentran empleos ya no se diga dignos, sino simplemente suficientes para quitarse el hambre que ellos y sus familias llevan montada en los hombros. Jóvenes con una expectativa de vida tan limitada que, efectivamente, llegan fácilmente a la conclusión de que una existencia corta y emocionante en la violencia es su mejor opción.

El lenguaje es condición y reflejo, es fondo y forma, inspira y describe. El lenguaje determina grandemente lo que somos como individuos y sociedad. Por el lenguaje empiezan y terminan las grandes obras y los mayores crímenes. Es por el lenguaje por el que debemos empezar si queremos acotar el desastre. Dejemos de lado nuestro tan arraigado clasismo, nuestra absurda intolerancia, entendamos que a nadie le gusta que le llamen “nini”, especialmente si no está en sus manos cambiar su condición. Entendamos que el respeto empieza también por ahí, y que en la grotesca orgía de sangre que se ha instalado en México pesa de forma importante el desprecio de unos hacia otros y el principal vehículo del desprecio, como lo enseñan los clásicos, es la lengua.

(*) http://blogjesussilvaherzogm.typepad.com/el_blog_de_jess_silva_her/2011/09/macabra-caligraf%C3%ADa.html#more)

domingo, 11 de septiembre de 2011

Holiday Inn sin CNN

Hace diez años P. y yo cruzábamos en una camioneta de lado a lado la geografía de Alemania. Íbamos en un contingente nutrido, donde los únicos extranjeros éramos nosotros y el alemán al volante, obligado fuereño en su propia tierra. Todos los demás eran estadounidenses. Era después del lunch, la hora que enseñó a otros, en otro tiempo y lugar, que la siesta era inevitable. El acompasado ir y venir de dedos sobre el teclado de una lap fomentaba el sueño tanto como el vaivén de curvas anodinas, únicas posibles en un país domado hace siglos por los atrevimientos de la civilización. Una llamada al cel de alguno distrajo por un segundo la somnolencia. Algunas palabras entrecortadas y la perentoria urgencia de parar en la próxima estación de servicio, en el próximo hotel, en donde fuera que hubiera una tele. Un gran accidente en NY, se anunció. Los procedentes de un mundo donde la catástrofe es cotidiana no nos inquietamos. Sabíamos que para nuestros acompañantes cualquier desgracia en su territorio ocurría en el ombligo del universo. Paramos minutos después. Entramos a la Kantine. El televisor mostraba el humo. Escenas que se han repetido millones de veces en diez años. La catástrofe en una escala hasta entonces sólo cinematográfica. El espectro de algo que ya habíamos visto cientos de veces pero nunca vivido, cerniéndose sobre nosotros. Silencio sepulcral, palidez en los rostros, algunas llamadas histéricas, así el tono de las horas que nos faltaban hasta nuestro destino. Los días siguientes, entre la urgencia de lo inmediato, de reacomodarse a las razones por las que estábamos donde estábamos, de encontrar la forma de regresar a casa, y lo inevitable de intentar entender, de procesar, de estar seguros que algo había cambiado en el mundo para siempre. Diez años ya en los que la zozobra se instaló definitivamente entre nosotros y la inocencia se perdió en los que aún la conservaban.

Nunca olvidaré el estup0r de nuestros compañeros cuando, llegando por fin a altas horas de la noche al Holiday Inn de Wolfsburg, en lugar de CNN solamente encontraron los noticieros alemanes que, en un idioma que nunca habían soñado necesitar, daban puntual relato de la tragedia…

viernes, 9 de septiembre de 2011

A las cuatro de la tarde


Quiero parafrasear a Lorca a las cuatro de la tarde.
Quiero conjurar al toro a las cuatro de la tarde.
Que no lleguen las onerosas cinco con su carga de sombra.
La aguja perforando, entregando su veneno, a las cuatro de la tarde.
El agudo bisturí reflejando carne hecha para otra cosa, a las cuatro de la tarde.
Para la vista y el tacto, para contener fluidos que moldean grácil presencia.
Entrañable, imprescindible en mi geografía más íntima, la más profunda.
A las cuatro de la tarde.
Beethoven en el iPod, singular geometría del azar, a las cuatro de la tarde.
La precisión de los relojes, el paso ineludible de momentos ínfimos.
La incisión, la búsqueda, el encuentro con la célula traidora, rebelde, a las cuatro de la tarde.
Confiando en manos hábiles, en instrumentos precisos, en el algoritmo de la repetición que construye la experiencia.
A las cuatro de la tarde.
No quiero que lleguen las cinco, el toro, la sangre resbalada, lo irreversible.
Quiero la certeza de que estarás, que seguirás, a las seis de la tarde.
Que el toro ya no te amenaza a las seis de la tarde.
Cicatrices que ya no duelen a las seis de la tarde.
Ilusorias certidumbres, como todo en la vida, a las seis de la tarde.
No quiero las cinco en sombra de la tarde.
Quiero las seis en todos los relojes.
Las seis en punto, las seis en sol y lluvia de la tarde.

martes, 12 de julio de 2011

Narrando la sangre

Cada día circulan más historias de terror. Nos gusta narrar y nuestra naturaleza nos impulsa a buscar que lo contado tenga un impacto indeleble. En épocas remotas, cuando aún no éramos tan soberbios como para creernos diferentes de nuestros semejantes, los que con mínimas variaciones comparten nuestro mismo genoma, como gorilas y lobos, esa naturaleza nos instaba a proclamar el peligro y resaltar el accidente, la sangre derramada, con el fin claro de aleccionar con el ejemplo, de mostrar en lo que termina la imprudencia, de enseñar que la audacia es enemiga de la supervivencia. Este comportamiento tuvo durante milenios un fin preciso que creíamos superado, suprema nuestra arrogancia, con el triunfo del progreso. Pensamos que contemplarnos en el horror de la masacre era cosa de otros tiempos, de un primitivismo del que habíamos escapado sin más. Vemos a los genocidas como desviaciones perversas, y lo son, pero no nos detenemos a juzgar a quienes contemplan, mudos y expectantes, aterrorizados y finalmente cómplices, la obra del asesino. ¿Aprendemos? Lo dudo. Nuestra civilización se ha desconectado del sentido primigenio de nuestro comportamiento y se vierte en justificaciones a cual más artificiosas de porqué, como siempre, nos sigue apasionando la narrativa de la sangre.

jueves, 26 de mayo de 2011

De arqueros y metralletas

El arte zen de la arquería es una muestra de lo que el ser humano es capaz cuando dedica la vida a conocerse a sí mismo. Si lo pensamos bien, ello equivale a conocer el universo. En la pausadísima secuencia de actos que empiezan con aprestar el arco y la flecha, pasan por la identificación y lo que podría llamarse la comunión con el blanco, y terminan con el certero disparo, se resumen años de ejercicio introspectivo y  meditación que resultan materialmente incomprensibles para nuestra mente occidental. Esa preparación se cifra en la construcción de una realidad íntima que borra los conceptos y clasificaciones a los que es propensa la conciencia y toma de la observación del mundo todos los elementos que permiten al arquero reconocerse como indistinguible de su instrumento y su blanco. Acertar es lo de menos porque una vez logrado el verdadero objetivo, la redefinición del ser, lo que en realidad sería imposible es errar.
En las antípodas tenemos al soldado o al sicario que nos son tan familiares, disparando cientos de balas por minuto y a pesar de – ¿o debido a? - tanto despliegue técnico, tanta muerte y destrucción, siendo incapaces de dar una sola vez en el blanco.

jueves, 5 de mayo de 2011

Acabando con Lex Luthor

Históricamente los imperios siempre han generado sentimientos contradictorios. Desde Roma hasta nuestros días imperio es sinónimo de poder y fuerza, de tesón y astucia, pero también de soberbia y atropello, de ambición desmedida y decadencia moral. Los imperios han mantenido su vigencia en las diversas etapas de la Humanidad sedentaria; antes de imponerlas, empiezan por adaptarse a estructuras políticas y modelos económicos. Antes de dominarlos, primero buscan venderse bien con el resto de los pueblos.

Sean cuales fueren sus peculiaridades y el origen de su riqueza, la fórmula ineludible para crear y mantener un imperio es, sin duda, la supremacía militar.

Seguimos siendo los mismos que en el Paleolítico y la dominación por la fuerza bruta se mantiene como la más efectiva. Para ser un imperio en tiempos modernos se necesita una industria fuerte, la capacidad de generar ciencia y tecnología pero, sobre todo, el cinismo y la voluntad para usar esos recursos en hacerse de armamento y un ejército respetables.

Una vez conseguido eso es posible, como se ha demostrado en los días que corren, meterse en la cocina de quien sea y aniquilar a quien sea, si ello es pertinente para los intereses del imperio. No es necesario pedir permiso ni dar cuentas a nadie.

Hacia sus ciudadanos los imperios dirigen armas que van desde la imposición más abierta hasta la sutilísima propaganda, y así logran consensos que niegan en el fondo principios y valores inherentes a la condición humana. Así es posible, como se ha visto, que el asesinato del malvado sea independiente de su identidad o, incluso, de su existencia objetiva, y resulte lo mismo acabar con Bin Laden que con Lex Luthor o Darth Vader.

Lo que de esto se desprende es que seguimos siendo los mismos: necesitamos dominar, necesitamos avasallar a los otros. Y el imperio usa también esos instintos primitivos para legitimarse y lograr que los muchos, acríticamente, salgan a las calles a celebrar la muerte del enemigo, como si festejar la aniquilación de quien sea no fuera el principio y el fin de la maldad humana.

domingo, 1 de mayo de 2011

Escombros y realidad

La casa en el campo en la que crecí ya no existe más. Ha sido demolida y en su lugar se erige desde hace algún tiempo alguna otra construcción con la que ya nada tengo que ver. Los viejos árboles tampoco están más.

Es cierto que puede darse rienda suelta a la nostalgia, y hacerlo sobre aquello que de alguna manera nos definió en nuestra infancia es una de las formas más recurrentes para despertar el agridulce sabor de la melancolía. Sin embargo, aquí me ocupa una reflexión sobre algo diferente, que más tiene que ver con nuestra precepción y la manera en la que procesamos el mundo.

Empecé esta nota sin dudar en decir que esa casa ya no existe más. Sin embargo cierro los ojos y ahí está, de una forma mucho más profunda y perfecta que la que puedo encontrar en muchos otros lugares a los que aún  tengo acceso. Tengo grabados en la memoria una plétora de detalles mínimos que me permiten recorrer cada centímetro de esa casa como si siguiera viviendo en ella. Recuerdo cada escalón y cada grieta, las texturas de paredes, la ubicación, tamaño y forma precisa de los árboles. Recuerdo la posición y color de cada mueble,  su peso, el esfuerzo que significaba arrastrar éste o aquél por la alfombra. Recuerdo crujidos, la luz por las ventanas a diferentes horas del día, el sonido de los escalones al bajarlos caminando o corriendo, la mayor o menor resistencia de los picaportes, en dónde había mosaicos sueltos en la cochera, el polvo que se acumulaba sobre las columnas. Recuerdo exactamente y podría reproducir con precisión el ajuste que había que darle al cerrojo de la reja de entrada… Llevo más de veinte años que abandoné esa casa, casi quince sin pisarla y tiene diez que ¿desapareció? de la faz de la tierra. Y así como de esa casa, de igual manera tengo grabados en mi memoria las calles de la colonia Nápoles y la Ciudad Universitaria, ciertas rutas en la primera sección del bosque de Chapultepec y cada curva de la autopista a Toluca. No hay duda de que las percepciones que se vuelven hábito y los recuerdos que de ellas se forman esculpen la realidad de maneras que no alcanzamos aún a aprehender. Elucubrar sobre estos misterios y cuestionar nuestras definiciones al respecto, además de entretenido, nos lleva hacia algunas de las preguntas nodales de nuestra filosofía, aquéllas que se refieren a lo real, a lo objetivo y a lo existente.

miércoles, 20 de abril de 2011

Recordando a Thomas S. Kuhn

Pregunta de la ciencia revolucionaria: ¿Qué experimentaría un observador montado sobre un rayo de luz?

La respuesta cambia al mundo y su artífice es considerado por las generaciones posteriores como la definición misma de genio.

Pregunta de la ciencia normal: ¿Por qué es más común encontrar cucarachas muertas que vivas en ciertos ambientes urbanos?

La respuesta no le importa a nadie y su creador es olvidado por los tres tesistas que le reportaban  tan pronto pierde las calificaciones necesarias para permanecer en el Sistema Nacional de Investigadores.

jueves, 7 de abril de 2011

Canción de serpiente

¿Qué postura habríamos de adoptar los ciudadanos de a pie ante la trágicamente presente guerra contra el narcotráfico que ha bañando a este país de sangre y lo mantiene al filo de la navaja? Los medios dan cifras estremecedoras y las pequeñas historias corroboran un fondo aún peor. Ante esto se nos obliga a tomar posiciones. Que si es legítima esta lucha, que si las estrategias del gobierno han sido equivocadas, que si el costo en vidas de inocentes no es suficiente argumento como para buscar pactos, que si promover la cultura de la denuncia no resulta un arma de doble filo ante un Estado corrupto, que si mejor se renuncia explícitamente a libertades y garantías a cambio de dejar camino libre para que el Estado haga su labor, que si un largo etcétera. Los hechos reales muestran que hay desatada una brutal violencia, que los medios la  han magnificado al máximo mayormente en beneficio propio, que los ciudadanos la percibimos de formas muy disímiles, que va en aumento y no tiene cota alguna y que un Estado en parte inepto y en parte corrupto ha mantenido su voluntad de confrontarla mediante un uso que se quiere vender como legítimo de la fuerza. Los hechos reales también enseñan que una parte de la ciudadanía, esa “mayoría silenciosa” que se percibe como clasemediera y agrupa un porcentaje importante de la población, considera que todo esto no la toca, que siempre son “los otros” los afectados, que siempre hay razones que explican, que por ello no hay que cancelar las vacaciones en Acapulco o el viajecito a Cuernavaca, que siempre es en otro lado, en Juárez o en Culiacán, donde hay balazos, que los muertos en Morelos (y en Michoacán y en Nuevo León y en Nayarit y en Colima y en Tabasco y en Veracruz y en Guanajuato y en Hidalgo y en Puebla y en Durango y en Querétaro y en San Luis y en…) andaban metidos en quién sabe qué y de alguna manera se lo merecían. ¿Ceguera, mecanismo de defensa o cinismo? Un poco de cada uno y más. En esta nación, en realidad en este mundo, siempre hemos sido egoístas. Al final ha funcionado porque la mayoría sigue viva, pero el tiempo para evolucionar hacia algo diferente se agota. He querido creer que hay señales luminosas, que es posible trascendernos a nosotros mismos. A veces sin embargo sostenerse en la idea es muy difícil y esta confianza se ahoga en una tenebrosa oscuridad. ¿Qué hacer?¿Qué pensar? Como apuntaba M. hace poco: ¿es aquí donde queremos que crezcan nuestros hijos? Porque lo que también es cierto es que cada vez están más próximos los que son salvajemente obligados a transitar de la cómoda negación a la brutal realidad de la sangre resbalada, gimiendo muda canción de serpiente (releer en estos días a ese García Lorca es a un tiempo doloroso y reconfortante).

miércoles, 6 de abril de 2011

Echando montón

En México existe una manera infalible de resolver problemas. Se denomina “echar montón” y consiste en reunir “alrededor del problema” a una cantidad de gente que es directamente proporcional a su importancia y gravedad. Así, por ejemplo, si en una tienda departamental se traba una máquina registradora, pronto se agolpan en torno al cajero un grupito de empleados – otros cajeros, vendedores, algún supervisor y, dependiendo de la largo de la fila y de la cara que vayan poniendo los clientes, hasta el gerente del lugar. Discuten, departen, opinan, a veces se involucran los clientes mismos, y al final el problema – que usualmente estriba en que ni el cajero ni nadie ha leído el manual del aparato – queda resuelto y la técnica del montón demuestra su efectividad. En todos los ámbitos se emplea la misma fórmula, abordando problemas cuyo origen suele ser muy parecido. Véase como otro ejemplo la línea de ensamble automotriz en la que un robot japonés, que por supuesto nadie entiende - porque quién puede entender un manual plagado de jeroglíficos –, ha decidido por fin aclimatarse e inventar una huelga a la mexicana. En un mundo que no concibe la posibilidad de  dejar de producir ni un sólo automóvil, semejante desplante demanda la inmediata presencia “de todo mundo”, desde el operador de la línea hasta el CEO de la compañía, pasando por gente tan improbable como el contralor y el gerente de seguridad e higiene.  Tanta presencia termina por generar algo, que si se corre con suerte puede parecerse a una solución. El método debería patentarse y venderse en sendos manuales de gestión de empresas y formación de emprendedores. Es barato, efectivo y muy divertido, siguiendo la vieja máxima de que, aunque no se resuelva el entuerto, “lo bailado nadie nos lo quita”.

Nota al margen.- Pasando a la vena trágica que permea en la nación, ¿será posible que la fórmula de “echar montón” nos funcione también para acotar la ineptitud de los gobiernos y lo desalmado de los canallas?

miércoles, 23 de marzo de 2011

Arte de la amistad

Un amigo es uno mismo en otro cuero…

A. Yupanqui

 

Recientes eventos me han hecho reflexionar sobre esa peculiar índole de las relaciones humanas que solemos denominar amistad. Es cierto que, a diferencia de las relaciones que uno establece con su familia, motivadas normalmente por la convivencia obligada, la tradición y la costumbre, o bien aquéllas que tienen su génesis en el enamoramiento y se prolongan en menor o mayor medida en el amor, universo de sí mismo, las relaciones de amistad carecen de obligatoriedad y compromiso. En ese sentido, la amistad puede convertirse en la relación más libre: no precisa de estar encadenada a convencionalismos ni requiere de justificaciones. A ella no se ligan planes de vida ni complejas perpetuidades. Por eso es tan fácil hacerse de amigos. Por eso es tan común que muy pocos perduren. Porque esa misma naturaleza permite los entusiasmos de corto plazo y el tedio subsecuente, las empatías inmediatas y las desilusiones posteriores, la comunión instantánea y el consecuente alejamiento. Por eso uno de los mayores logros a los que podemos aspirar los humanos es a cultivar un par de buenos amigos, de ésos que pese a todo permanecen, de ésos a los que ya no solamente se quiere, sino que se transforman en parte de uno. Se precisa de una buena dosis de talento, esfuerzo y constancia para conseguir y preservar esta milagrosa metamorfosis de lo improbable.

martes, 15 de marzo de 2011

Pequeño perro

En el jardín de la casa tenemos un pequeño perro. Somos una familia activa y la casa es esporádico centro de reunión en los días de trabajo. El pequeño perro pasa la mayor parte del tiempo en una soledad que confirma su señorío sobre los pocos metros cuadrados de un jardín que sólo él disfruta. Pasa largas horas sin compañía alguna y se alegra cuando alguno de nosotros llega. Su vida es simple y podría decirse que, en la medida de lo que podemos entender, recrea una forma envidiable de la felicidad. Lo vestimos de humanos atributos. Creemos que se entristece o se alegra en la misma forma en la que lo hacen los niños. Creemos que entendemos, lo que prueba nuestra soberbia. Pero lo cierto es que el pequeño perro nos trata con la condescendencia propia de los de su especie. No intenta entendernos, creemos que no ha descubierto pero en realidad desprecia la vana empresa que ello significa. Eso le da superioridad sobre los humanos. Su herencia está probada, mientras nosotros, primates sobredimensionados, seguimos en calidad de experimento. Ladra cuando llegamos y se acerca pacífico cuando invadimos su terruño, siempre vigilante de las migajas y pequeños manjares que caen de nuestra mesa.

sábado, 12 de marzo de 2011

¿Qué están mirando los muertos?

Caminaba lentamente por lo que ya no era calle. Devastación, empezaban a llamarle, pero la palabra no decía nada. Las palabras no decían nada. Abstraído, fijaba su vista en la multitud que lo miraba. Trataba de sentir, pero no. Estado de shock le llamaban, pero las palabras… Además era perfectamente dueño de sí. No sabía lo que vendría, pero por ahora tenía un perfecto control de sus actos. No era víctima de la histeria, tampoco de la apatía que muchos ya compartían con los cuerpos desperdigados. La obsesión en una sola imagen le aturdía. Aquélla previa a la tiniebla, la que le dio por un segundo la certidumbre de que el paso siguiente era estar muerto y la dulcísima sensación de que el trance no era ni con mucho el horror que toda la vida se había imaginado. Pero no, aquí seguía, sin verdaderos rastros de la violencia de la que había sido objeto. Tan sólo la ropa empapada, como si hubiera salido a pasear en la tenue llovizna. Pensó en lo que dirían - ¿quiénes? – de verlo con esa estampa tan poco digna de la magnitud del desastre. Pensó que necesitaba justificaciones y que el verdadero trance, cuando llegara, sería por mucho peor que cualquier horror que de ahora en adelante pudiera imaginarse…

miércoles, 9 de marzo de 2011

El nuevo Jean Valjean

Ruairí Mac Easmainn es el nombre en gaélico de un personaje singular, de cuya existencia apenas tenía idea y que ahora descubro como un ejemplo inaudito de la compleja naturaleza humana. El descubrimiento, predecible por demás al tratarse del protagonista de la última novela de Vargas Llosa, ha despertado en mí entusiasmos que creía superados prácticamente desde la adolescencia, cuando el sutil arte del novelista se aprovechaba de la crédula disposición del alma joven para transmitirle pasiones que, revisadas a la luz de una madurez que empieza a peinar sus canas, se terminan viendo con cierta condescendencia. Y es que si algo ha aprendido Vargas Llosa de sus mayores (léase Hugo, léase Flaubert) es a construir personajes absolutamente verosímiles. Lo que no suele hacer es urdirlos entrañables. Por eso, cuando se documenta en la historia de un hombre cuya trayectoria vital simboliza como pocos la extrema contradicción que es intrínseca a lo humano, y es capaz de contarla con esa prosa que se sabe efectiva a costa de ejercicio (prosa que, asumo que por influencia de una fama que aliviana la exigencia, cada vez consigue menos lo que el mismo autor más admira en Flaubert: pulimiento y esmero), decíamos, cuando narra las peripecias de Sir Roger Casement (que tal es el título y nombre imperiales de nuestro personaje), uno se topa con el tipo de héroe que parecía exiliado de la literatura moderna, aquél que está destinado - con esas palabras - a literalmente apropiarse del corazón del lector. Este hombre, lleno de claroscuros, pero al final congruente consigo mismo y con principios que el atormentado siglo XX ha demostrado como inseparables de la definición misma de civilización, va lentamente acaparando la atención de lector quien primero lo cataloga como un aventurero pero, posteriormente e hilando en su propia complejidad, lo observa sucesivamente como visionario, valiente, humanista, reprimido sexual, defensor de las más nobles causas, traidor, torpe, egoísta, víctima del error y la injusticia. Demasiado humano, parafraseando a Nietzsche... Pero al margen de esos calificativos, lo cierto es que uno no puede evitar admirar a quien, de alabar los presuntos afanes civilizatorios de las potencias europeas en África, termina por execrar de ellos y denunciar sin tregua la genocida explotación de caucho en el Congo, hasta  lograr el retiro de la concesión al siniestro Leopoldo II de Bélgica; quien, luego de entender que en el Amazonas ocurre lo mismo, no descansa hasta ver destruida la compañía que sacaba enormes dividendos a costa de violaciones y muerte. Tampoco puede uno dejar de simpatizar con la angustia y entender los desesperados paliativos de un solitario, condenado a no buscar el verdadero amor en una sociedad que sólo puede concebir esa ilusión de la mano de relaciones heterosexuales. Siguiendo su trayectoria vital, el irlandés regresa al corazón de su patria y se convence de que aquélla sufre una explotación genocida similar, aunque disfrazada con perversa sofisticación por un Imperio Británico que confía en su lealtad y lo ha cubierto de honores. Dedica lo que le queda de vida a combatir esa servidumbre. Su camino, que pasa por la traición y la muerte de inocentes, no deja de parecernos dolorosamente cercano y, de una manera que mucho tiene que ver con la hábil construcción literaria del personaje, termina justificándose, dejando a la muerte del héroe ese vacío que me llevó a recordar las páginas finales de Los Miserables. Tenía mucho que mis ojos no se nublaban al cerrar una novela. Lograr eso después de todo lo que hemos visto y leído no es menor, y me parece que habla de las habilidades de un autor que ha tenido por maestros - cosa que habría de rescatarse para a su vez hacer lo propio con los oscuros tiempos que corren - ni más ni menos que a los clásicos.

viernes, 4 de marzo de 2011

Oasis

“…de niño a mí me seguía el sol.”

Alfonso Reyes

Se sabe que el temperamento de la gente del desierto, así como el de los marinos, difiere en mucho del de otros grupos humanos, asentados en regiones más amables y donde la supervivencia reviste una pluralidad de opciones que favorecen la jovialidad. El habitante del desierto, forzosamente nómada, se mantiene en una acentuada reserva. Su parquedad de expresión le confiere ese gesto adusto que tan bien han explotado escritores y cineastas. Claramente, semejante talante es producto de un medio asaz hostil, en el que el sol deja de ser el loado dador de vida para tornarse en un ente amenazador. Su ausencia nocturna, en lugar de agradecible, se convierte en un peligro mayor y el viajero pierde la brújula, el viento helado llega hasta los más recónditos intersticios, ardientes unas horas antes, y la arena se mantiene como enemiga de la cordura.

En nuestras latitudes – hablo del altiplano mexicano, escenario de mis correrías -  el desierto es considerablemente benigno. Tenemos lo que, si bien recuerdo de mi geografía de secundaria, llamábase matorral tórrido. (Al margen, actualmente la secundaria enseña biomas donde antes sólo había ecosistemas, así como pone a Kyrgyzstan y vecinos donde antes sólo había Unión Soviética: definitivamente no es mundo para nostálgicos).

En estas regiones tenemos un semidesierto urbanizado. Hay polvo donde en otros sitios más dignos de tal nombre hay arena y el viento aún logra dar una ilusión de frescura ante los inmisericordes rayos de sol. Este semidesierto, matorral o como quiera llamarse, se extiende largamente hacia el norte, abandonando la meseta central e internándose en la vastísima región fronteriza.  La gente - sin por supuesto llegar a los extremos saharianos, donde la convivencia con un desierto en serio se ha hecho durante milenios a lomos de camello - tiene un carácter peculiar.  Desde los límites de los Altos de Jalisco, el Bajío y la Huasteca Potosina hasta la frontera existe una forma distinta y curiosamente uniforme de ver el mundo.  No en vano de esta región vino la gente que gestó revoluciones y procede mucha de la que ahora se dedica a acuchillarse y hacer lo propio con quien se ponga en medio.

Para fortuna de todos cada desierto tiene sus oasis, en los que el ánimo del beduino se aligera y transforma, volviéndose benévolo y dicharachero; en nuestra particular versión de lo desértico los hay innumerables, tanto naturales como de humana factura. Y descansar en ellos es, por la lógica simple de los contrastes, una fascinante y renovadora experiencia.

martes, 1 de marzo de 2011

¿Merecemos a quienes nos gobiernan?

Un comentario a la entrada del 20 de febrero me ha llevado a una reflexión que ya llevo masticando algún tiempo.
Los pueblos tienen el gobierno que merecen...
Solía defender acaloradamente tal declaración (por supuesto en el sentido negativo que aquí usamos) porque me parecía de una prístina lógica. Especialmente en México, en las postrimerías del priismo, cuando el sainete nacional revestía visos grotescos, y luego cuando la nación tomó el camino de un cambio en el que el único argumento era ése, el cambio, y así nos ha ido…  Hubo optimistas que realmente creyeron que todo era producto de una mayoría de edad que mágicamente había generado ciudadanos en donde poco antes sólo había borregos. El optimismo vistiendo de fiesta a la ingenuidad…
Y, paralelamente, cuando en el escenario mundial han habido tantos ejemplos de gobiernos que caricaturizan a quienes los eligen o los permiten, mientras que los tímidos ensayos de ciudadanía se ven tan escasos y pueriles que no consiguen permear en la conciencia de la especie, suena verdaderamente de lógica simple y pura: los pueblos se merecen a quienes los gobiernan.
Sin embargo, precisamente por ese análisis que versa alrededor de las pequeñas historias, me he visto en la necesidad de primero matizar y, en los tiempos recientes, terminar por cuestionar seriamente semejante sentencia, primero por parecerme de una dureza extrema y últimamente por hallarla superficial e ingenua.
Porque no es cierto que una gran mayoría pueda hacerse, así como así, responsable de la perversidad y la codicia de unos cuantos. La responsabilidad implica necesariamente las herramientas y la voluntad para ejercerla, de otra manera es retórica vacía. El discurso liberal pregunta entonces:  ¿tienen herramientas quienes apenas consiguen sobrevivir día con día en condiciones de pobreza? ¿los que han nacido marcados por la enfermedad y carecen de las oportunidades más elementales? ¿los que nunca han leído un libro ni escuchado una sinfonía?¿tienen voluntad los que habiéndolo hecho no aprendieron jamás a cuestionar su entorno?¿los que han vivido marcados desde niños por las culpas que suelen imponer las religiones?¿los que desde jóvenes han tenido que afrontar la crianza de nuevos seres y no han tenido posibilidad alguna de ver más allá?
Y el mismo discurso suele contestar que no y, por tanto, somos una especie condenada al fracaso: debemos pagar la incapacidad de trascender nuestras limitaciones teniendo, entre otras lindezas, los gobiernos que merecemos...
Por el contrario, apartándonos de ese academicismo que la ocurrente geometría ideológica suele identificar con las izquierdas altamente ofendibles, las pequeñas historias nos demuestran que, en una escala microscópica, las herramientas y la voluntad para hacernos responsables, no de algo tan pueril como de nuestros gobiernos, sino ni más ni menos que de nuestro propio y particular destino, siempre han estado ahí y son cosa de todos los días. De forma lenta, aleatoria, sin plan alguno, nos han mantenido a flote. Las pequeñas historias nos enseñan que los humanos tendemos a la nobleza y la generosidad antes que a cualquier otra actitud. Por mucho que existan desviaciones a este principio, desviaciones que, por demás, tienen una prensa lucrativa y han conducido a pavorosas y muy visibles catástrofes, permitiendo a los grandes discursos medrar en tierra fértil, lo que ha predominado, al menos en lo corto de nuestra existencia como especie, es nuestra voluntad de supervivencia y el trabajo hormiga de millones de individuos que no necesitan de los gobiernos para definirse a sí mismos y a su entorno inmediato.
Puesta en perspectiva, la necesidad de ser gobernados es sólo una fase de nuestra evolución, demasiado cercana a los atavismos del primate como para tomarla en serio en una escala mayor que los pocos  milenios  que llevamos de historia. Merecemos los gobiernos que tenemos sólo en la medida en la que no nos damos cuenta de lo vacío de tal aseveración y seguimos ignorando lo evidente: que en la escala individual, la de la tribu, no necesitamos gobiernos y nos valemos primordialmente al margen de ellos y por nuestros propios medios.

domingo, 27 de febrero de 2011

La nueva pintura

En un editorial sobre arte que leía hace poco se menciona una verdad que parecería de perogrullo pero que yo no tenía presente. Tenemos varias décadas en las que la concepción de las artes plásticas no pasa, como antaño, por la pintura. En realidad, aquello que puebla los museos de arte moderno se ha alejado de la pintura, si no completamente, casi. Ahora predomina la combinación de recursos, la instalación, apelando a disciplinas otrora excluyentes o, incluso, inexistentes, de las que la pintura es apenas una entre tantas. La transformación no es menor, entre otras, por dos razones: es irreversible y obliga al artista a diversificarse, si es que de alguna manera quiere trascender. Si el artista decide mantenerse en el ámbito de la paleta y el pincel, tiene un reto que parece casi irremontable: debe reinventar el género. De otra forma, lo suyo será una repetición con mayor o menor solvencia de lo ya hecho. El hiperrealismo, que se vende desde hace algún tiempo como esa suerte de reinvención, se agotó muy rápido porque ya todo parece visto y porque demanda una calidad técnica alcanzable por muy pocos e ingrata al final por la limitada trascendencia del resultado.  Un pintor en el siglo XXI será únicamente aquél que, como los grandes músicos del XX, invente nuevas escalas y tesituras, porque ya ni el rescate en otra clave de los clásicos tiene visos de justificación en un arte que, a diferencia de otros, deja fácilmente al descubierto el embuste y la fanfarronería. Por la propia naturaleza de nuestras percepciones, el “esto ya la escuché” es más difícil de aprehender que el “esto ya lo vi”. Parece claro que el pintor de academia está condenado a decorar, mientras que los verdaderos artistas, como nos lo enseñó hace años Gabriel Orozco, ignorarán las restricciones materiales para seguir causando lo que en sus buenos tiempos era casi monopolio de la pintura: una redefinición del universo íntimo del espectador.

domingo, 20 de febrero de 2011

Pequeñas historias

En conversación con M., esta vez en Monterrey, of all places, y añorando lo que hace no mucho era una costumbre semanal y cuya frecuencia se ha visto malamente reducida por los avatares de una cotidianeidad que no sirve sino para justificar tantos afanes, enunciaba él una idea que me quedó dando vueltas en la cabeza.  Ciertamente, nuestros más sesudos análisis de lo que acontece topan con una pared que nos impide cualquier conclusión razonable sobre cómo pueda ser el futuro. A falta de certidumbres nos dedicamos a la especulación gratuita. Por ejemplo: pareciera ser que nuestro país, tan sumergido en esa orgía de sangre que no halla cotas ni fin, sigue viéndose pese a todo viable en los largos plazos; nada, ni siquiera la probable toma del poder político por esos grupos cuya identidad se define por la violencia, parece amenazar seriamente la existencia de México como un país que, de forma harto inexplicable, tiene visos de funcionar. En ese sentido no estamos, como en otros lados, a merced de una ruptura social irremediable fomentada por odios irreconciliables, que aglutine a los unos en contra de los otros por causa de la raza o el credo. En México no nos matamos por las grandes causas y eso, que en la cosmología romántica de los defensores de las revoluciones puede parecer patético y terrible, significa también que para matarnos no descendemos a ese grado extremo donde el odio se hace consenso: nos matamos, y aquí entra la reflexión de M., en el nivel de las pequeñas historias. A falta de los marcos conceptuales que nos facilitaban el análisis, son ahora las pequeñas historias las que nos permiten entender. Las pequeñas historias que enfrentan al hijo de una familia con la banda de narcomenudistas a los que quedó a deber la droga que compró la semana pasada, las que motivan la venganza de los deudos del asesinado en la fiesta del otro sábado, las que colocan en el lugar incorrecto en el momento menos propicio a la jovencita de secundaria, ahora víctima del fuego cruzado, las que dan a la madre desesperada las armas para convertirse en implacable perseguidora de los asesinos de su hijo, las que hacen de una turista culpable de crímenes que vayamos a saber si cometió y al aparato de justicia ese ente contradictorio e indefendible donde las buenas intenciones siempre se ahogan. Las pequeñas historias que nos hacen percibir que moverse por este país entraña enormes riesgos, pero ni así cancelamos la fiesta de graduación o las vacaciones en la playa para el próximo verano. Las pequeñas historias que nos permiten irnos a cenar en Monterrey, rodeados de retenes de toda índole, sabedores de que en cualquier momento algo puede torcerse, pero ni modo que renunciemos a ello, finalmente en la vida, por tranquila que se viva, por seguro que uno se crea, algo puede siempre torcerse. Las pequeñas historias que nos hacen, dado el caso, tomar las decisiones que afectan a nuestro entorno inmediato y nada más, y que van poco a poco moldeando en nosotros y, lo más importante, en nuestros hijos, un concepto del mundo al margen de los grandes discursos que otrora nos marcaban. La idea es compleja y digna de profunda reflexión. Las pequeñas historias son también las que se han apropiado de los nuevos medios y las que se suman para que la gente tome conciencia y se decida a hacerse del poder. Pareciera ser que, en estos tiempos calamitosos, estamos llegando venturosamente al final de los ismos para instalarnos, ahora sí, en algo nuevo, inédito, en activa construcción. Lo que salga de ello es por ahora inescrutable. Hagamos votos para lograr sobrevivir y poder ver hacia atrás estos días, de cuyo recuerdo podrá cantarse y llorarse largamente.

jueves, 13 de enero de 2011

Bucólica

Hay un aromo nacido en la grieta de una piedra...

…que no teniendo alegrías se hace flores de sus penas.

A. Yupanqui

 

En el espejo del coche se dibuja un espino. Así escuchaba en mi infancia nombrar a ese arbusto, tan común en la geografía del altiplano que no reparamos más en él. Se llena de pequeñas hojas ovaladas de un verde oscuro, casi azul, en primavera, para luego explotar en aromáticas florecitas amarillas que parecieran enteramente hechas de polen al promediar el año. El olor se lo lleva el viento a distancias increíbles, atrayendo improbables abejas. En invierno, como ahora, expone su esqueleto de rugosas ramas y agudísimas espinas las cuales, sea cual sea el estado del veleidoso follaje, se mantienen firmes todo el año, como certero recordatorio de su carácter ermitaño y evidente razón del nombre por el que lo conozco.

Pocos amigos tiene el espino, especialmente entre los hombres. La sombra que da en sus momentos más tupidos es siempre mínima e insuficiente. Quien busca acogerse a ella tiene que hacer alardes contorsionistas para, primero, colocarse a un nivel en el que la maraña de espinas que pueblan sus ramas quede por encima de la cabeza y después aproximarse lo más posible al nudoso tronco, a riesgo de que éste guarde también alguna afilada sorpresa cuando intente apoyar la espalda. Incluso si ha sido posible acomodarse, la sombra es invariablemente incompleta y porosa, y uno termina alejándose para buscar alguna roca más hospitalaria.

La leña que se puede sacar del espino es también poca e ingrata, y resulta el último recurso del leñador cuando se han agotado otras maderas .

Ahí veo al espino, mecido por ese viento helado del Bajío que invade hasta la médula. Su contraste con un cielo azul intenso, poblado a ratos por nubecillas que pasan raudas, dibuja una estampa curiosamente entrañable.

Los únicos que parecen quererlo son los chivos, capaces de comer sus ramas con todo y espinas.

domingo, 9 de enero de 2011

Take this Waltz

En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados,
hay frescas guirnaldas de llanto.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.

¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals, este vals del "Te quiero siempre".

En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orillas tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.

(Pequeño vals vienés  de  Poeta en Nueva York;            Federico García Lorca)

 

Uno de los juegos intelectuales que considero más admirables es el de la traducción literaria. Cuando se goza del dominio de más de una lengua y se disfruta de la lectura en original, puede apreciarse la sutileza de este arte.  La verdadera traducción, la que es capaz de recrear en el nuevo idioma los matices y tesituras de la obra original, significa obligadamente el reto de la reescritura.  Las mejores traducciones de los clásicos son normalmente el producto de otras tantas plumas insignes, que han sabido transmutar no solamente los significados sino los sentidos, no simplemente la gramática sino los contextos. Y es en este  tenor en el que el ejercicio de la traducción poética reviste una dificultad superior, ya que a diferencia de la narrativa, el ensayo u otros tipos de textos literarios, la poesía tiene su génesis en la lengua misma, en lo que es posible decir e insinuar a través de ella, en lo que puede pintarse usando implicaciones que, en multitud de ocasiones, tienen solamente sentido en el idioma que las arropa. La poesía va más allá de la contextualización, matiza con elementos propios de la música, y así genera ritmos y armonías, extrapola el contenido en forma y es capaz de decirlo todo sin tener que aludir a nada. Nada más complejo que traducir un poema, ya que ello significa urdir una obra absolutamente original que sea capaz de inspirar en el nuevo lector, nativo de otra lengua y, por ende, de otra cultura, sensaciones equivalentes a las que el texto original producía en el medio que lo generó.   

Cuando el que traduce, sin llegar a ser un gran poeta es, sin embargo, un apasionado, sensible y polifacético artista, que lo mismo escribe novelas, coquetea con el budismo, o compone e interpreta música folk, los resultados pueden ser sorprendentes. Véase si no a continuación la libre traducción y variaciones que Leonard Cohen - que no era otro a quien me refería - hace del bellísimo poema de García Lorca, con el objeto de ponerle música y cantarlo con su peculiar voz de bajo, tal como puede apreciarse en el video al final:

Take this Waltz

Now in Vienna there are ten pretty women.
There’s a shoulder where death comes to cry.
There’s a lobby with nine hundred windows.
There’s a tree where the doves go to die.
There’s a piece that was torn from the morning,
and it hangs in the Gallery of Frost -
Ay, ay, ay, ay
Take this waltz, take this waltz,
take this waltz with the clamp on its jaws.

I want you, I want you, I want you
on a chair with a dead magazine.
In a cave at the tip of the lily,
in some hallway where love’s never been
On a bed where the moon has been sweating,
in a cry filled with footsteps and sand -
Ay, ay, ay, ay
Take this waltz, take this waltz,
take its broken waist in your hand.

This waltz, this waltz, this waltz, this waltz
with its very own breath                                                      
of brandy and death,
dragging its tail in the sea.

There’s a concert hall in Vienna
where your mouth had a thousand reviews.
There’s a bar where the boys have
stopped talking,
they’ve been sentenced to death by the blues.
Ah, but who is it climbs to your picture
with a garland of freshly cut tears?
Ay, ay, ay, ay
Take this waltz, take this waltz,
take this waltz, it’s been dying for years.

There’s an attic where children are playing,
where I’ve got to lie down with you soon,
in a dream of Hungarian lanterns,
in the mist of some sweet afternoon.
And I’ll see what you’ve chained to your sorrow,
all your sheep and your lilies of snow -
Ay, ay, ay, ay
Take this waltz, take this waltz
with its “I’ll never forget you, you know!”

And I’ll dance with you in Vienna,
I’ll be wearing a rivers disguise.
The hyacinth wild on my shoulder,
my mouth on the dew of your thighs
And I’ll bury my soul in a scrapbook,
with the photographs there, and the moss.
And I’ll yield to the flood of your beauty,
my cheap violin and my cross.
And you’ll carry me down on your dancing
to the pools that you lift on your wrist -
O my love, o my love
Take this waltz, take this waltz,
it’s yours now. It’s all that there is.

 

sábado, 8 de enero de 2011

La suma de los días

Se fue un año más y otro llega; artificiosa cuenta la que inventamos los humanos para entretenernos con la vaga idea de lo eterno.  División forzada que vestimos de significados, que creemos trascendente, que imaginamos definitoria. Herencia de tradiciones en las que no creemos, dudosa costumbre que no cuestionamos. Repetición indefendible que sin embargo nos acerca, nos identifica, nos ilusiona con el nebuloso espejismo de la pertenencia, la repetición y la memoria.