jueves, 25 de noviembre de 2010

Diles que no me maten

Hace unos días, camino a Aguascalientes e inspirado por esa autopista que atraviesa paisajes que no puedo sino calificar de rulfianos, se me ocurrió ir escuchando las grabaciones de algunos cuentos de El Llano en Llamas, en la voz del autor. No cabe duda de que si a alguien debemos uno de las más elocuentes retratos de esta tierra y esta gente, aparte de los construidos por la lucidez de Paz, es a Rulfo. Tenía mucho que no me reencontraba con estos textos tan cristalinos, tan perfectos, tan pulidos por esa alquimia del lenguaje que da la ilusión de la más absoluta simplicidad cuando, en el fondo, están plagados de profundas alusiones, de intrincados espejismos, de una música laberíntica, secreta e irrepetible. Eso es Rulfo, irrepetible. Imagino a pocos autores tan difíciles de imitar sin que el producto se vea precisamente como eso: una burda imitación. Hay estilos amables que  permiten la repetición hasta el cansancio, sin por ello resultar especialmente chocantes. García Márquez fue el creador de uno de ellos, y así tenemos a una plétora de narradores, menores y no tanto, que han abrevado de ese estilo y producido una buena cantidad de obras, en muchos casos entretenidas, algunas incluso legibles. Con Rulfo eso se antoja imposible, tanto así que su obra, al final, terminó siendo necesariamente breve, me arriesgo a pensar que porque él mismo llegó a un punto en el que se convenció de que no había otro remedio porque ¿qué más puede jamás escribirse sobre Comala?
El estremecimiento que va invadiendo mi espalda cada vez que recorro la narración circular de Diles que no me maten y que, lejos de resolverse al culminar el cuento se queda ahí, largamente, anidado en una adrenalina irresoluble, es una de las más irrefutables muestras que he vivido del hipnótico poder de la literatura.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Y al final la música

Reflexionando sobre el tiempo, cosa harto común en la edad por la que transito y transitamos la mayoría de quienes me son caros, doy, una vez más, toda la razón a Borges, maestro como nadie en la elegante arquitectura de las frases definitivas. Si uno no puede estar más de acuerdo con aquéllo de que la lluvia es una cosa que sucede en el pasado, o bien que la arena parece destinada a medir el tiempo de los muertos, también es innegable que la música es, si algo, una misteriosa forma del tiempo. Quienes nos permitimos el ejercicio de su contemplación - imagino que aún más y de forma más profunda, quienes la interpretan - entendemos, fugazmente, que la eternidad puede cifrarse en unas cuantas notas geniales y, como materia dúctil y cotidiana, es merecedora de todas las admiraciones pero no, como la tradición helénica nos hizo creer, del menor de nuestros desvelos.