lunes, 28 de noviembre de 2016

¿Qué no se había ya muerto el compañero Fidel?

Obedeciendo al crush intelectual que tengo desde hace años con esta mujer, no puedo dejar de admirar la mesura con la que hace su balance, parada en esa crítica que, sin aspavientos espectaculares, ha bordado con la constancia de Penélope ante uno de los regímenes más descorazonadores de todos los tiempos.



viernes, 18 de noviembre de 2016

What do we have in common?




   

Más allá de sesudas consideraciones, que van desde la manifestación de ciertos hartazgos hasta la búsqueda de simetrías, el hecho es que hubo mucha gente, la mitad de la que salió a votar en Estados Unidos hace unos días, que prefirió el indefendible discurso de Trump. 

Podemos rompernos la cabeza sobre cómo es posible esto, elucubrar sin término. Los mares de tinta cibernética que ya se han vertido sobre ello, en esta época de exorbitante multiplicación de los dichos, ya han dado cuenta de toda cuanta teoría es asequible al intelecto de los no pocos que, desde trincheras disímiles, tratan de hallar causas y esgrimir entendimientos.

Desde el umbral de una bien pulida y prejuiciada ignorancia, a mí me parece que una de la más sencillas razones del fenómeno y lo que serán sus repercusiones, tremendas a lo que se alcanza a ver, pasa por la foto que encabeza este texto. 

Esta imagen, con la que me topé hace algunos meses, no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. Y es que una muy primera reflexión me ha llevado a preguntarme quién será ese joven que, si nos dejamos llevar por las obviedades, no dudaremos en calificar de supremacista, probablemente homófobo y macho, cristiano fanático, seguidor de las "buenas costumbres”, defensor de los “valores”. Y el quién será no se trata de si Jack, Bob o Jason, sino de quién como para ser tan diferente y despreciar, en cobarde palabra y ahora en no menos cobarde acto, mucho de lo que nosotros ya dábamos por hecho y le conferimos un valor bien justificado por estructuras mentales y emocionales que precisaron de siglos y una buena cuota de sangre para expresarse y cimentarse. Quién es, humanamente, este joven. Qué tengo en común con él, pues. 

¿Acaso las convicciones derivadas de un pensamiento liberal deberían de impedir que yo buscara acercarme a alguien como él?¿Sería una falta de congruencia?¿Puedo intimar con un misógino, homófobo, racista?

Temo que la respuesta, no solo mía, sino de muchos de mis pares, de aquéllos con los que estoy de acuerdo en lo básico, de aquéllos con los que mis diferencias no pasan de ser matices, siempre negociables con una copa de vino en la mano, es, simplemente, negativa. No tengo nada en común con Jack, Bob o como quiera que se llame este sujeto. No quiero tenerlo. No quiero escuchar de su machismo, de su desprecio hacia los que no tienen la piel blanca o hablan un idioma que no entiende. 

Pero entonces, siendo congruentes con las herramientas que hemos obtenido, a partir de la misma sangre, los mismos siglos, la misma esforzada construcción de nuestro pensamiento liberal, no puedo sino tomar el espejo y ver que, con esa conclusión, termino igual que él. Termino despreciándolo, creyendo que mis ideas y mis convicciones valen más que las suyas, que no merece la pena intentar entendernos. Para todo fin práctico, termino excluyéndolo, como él lo hace conmigo. Las razones serán distintas: yo lo excluyo por sus prejuicios, él hace lo propio por el color de mi piel. Y bajo la línea ambas cosas son una y la misma, siendo cada quien producto de su herencia y de sus circunstancias. 

De alguna forma se tiene que romper con eso y empezar a tender puentes. Y esas mismas herramientas que nos preciamos de poseer, si tienen alguna valía, deberían de servir para ejercer un poco de humildad y abrir puertas, a pesar del riesgo del agravio. Entender que hay cosas que compartimos por nuestra primigenia e innegable dignidad humana, que todo lo demás son constructos sociales y culturales, producto de historias individuales sumadas a lo largo de milenios de historia, originados por razones ajenas a la naturaleza primaria de cada uno, aquélla que nos define como especie y que, por más que nos acuchillemos los unos a los otros, no nos es dado negar. 

Ya lo dijo, parafraseando a Bruno, un mago bastante hábil: mejor será que nos amemos los unos a los otros, menos será la sangre y la cuota de dolor.

Nuestra conclusion tendría que ser que no, en efecto, no tenemos nada en común, aparte del 100% del genoma…