En un editorial sobre arte que leía hace poco se menciona una verdad que parecería de perogrullo pero que yo no tenía presente. Tenemos varias décadas en las que la concepción de las artes plásticas no pasa, como antaño, por la pintura. En realidad, aquello que puebla los museos de arte moderno se ha alejado de la pintura, si no completamente, casi. Ahora predomina la combinación de recursos, la instalación, apelando a disciplinas otrora excluyentes o, incluso, inexistentes, de las que la pintura es apenas una entre tantas. La transformación no es menor, entre otras, por dos razones: es irreversible y obliga al artista a diversificarse, si es que de alguna manera quiere trascender. Si el artista decide mantenerse en el ámbito de la paleta y el pincel, tiene un reto que parece casi irremontable: debe reinventar el género. De otra forma, lo suyo será una repetición con mayor o menor solvencia de lo ya hecho. El hiperrealismo, que se vende desde hace algún tiempo como esa suerte de reinvención, se agotó muy rápido porque ya todo parece visto y porque demanda una calidad técnica alcanzable por muy pocos e ingrata al final por la limitada trascendencia del resultado. Un pintor en el siglo XXI será únicamente aquél que, como los grandes músicos del XX, invente nuevas escalas y tesituras, porque ya ni el rescate en otra clave de los clásicos tiene visos de justificación en un arte que, a diferencia de otros, deja fácilmente al descubierto el embuste y la fanfarronería. Por la propia naturaleza de nuestras percepciones, el “esto ya la escuché” es más difícil de aprehender que el “esto ya lo vi”. Parece claro que el pintor de academia está condenado a decorar, mientras que los verdaderos artistas, como nos lo enseñó hace años Gabriel Orozco, ignorarán las restricciones materiales para seguir causando lo que en sus buenos tiempos era casi monopolio de la pintura: una redefinición del universo íntimo del espectador.
domingo, 27 de febrero de 2011
domingo, 20 de febrero de 2011
Pequeñas historias
En conversación con M., esta vez en Monterrey, of all places, y añorando lo que hace no mucho era una costumbre semanal y cuya frecuencia se ha visto malamente reducida por los avatares de una cotidianeidad que no sirve sino para justificar tantos afanes, enunciaba él una idea que me quedó dando vueltas en la cabeza. Ciertamente, nuestros más sesudos análisis de lo que acontece topan con una pared que nos impide cualquier conclusión razonable sobre cómo pueda ser el futuro. A falta de certidumbres nos dedicamos a la especulación gratuita. Por ejemplo: pareciera ser que nuestro país, tan sumergido en esa orgía de sangre que no halla cotas ni fin, sigue viéndose pese a todo viable en los largos plazos; nada, ni siquiera la probable toma del poder político por esos grupos cuya identidad se define por la violencia, parece amenazar seriamente la existencia de México como un país que, de forma harto inexplicable, tiene visos de funcionar. En ese sentido no estamos, como en otros lados, a merced de una ruptura social irremediable fomentada por odios irreconciliables, que aglutine a los unos en contra de los otros por causa de la raza o el credo. En México no nos matamos por las grandes causas y eso, que en la cosmología romántica de los defensores de las revoluciones puede parecer patético y terrible, significa también que para matarnos no descendemos a ese grado extremo donde el odio se hace consenso: nos matamos, y aquí entra la reflexión de M., en el nivel de las pequeñas historias. A falta de los marcos conceptuales que nos facilitaban el análisis, son ahora las pequeñas historias las que nos permiten entender. Las pequeñas historias que enfrentan al hijo de una familia con la banda de narcomenudistas a los que quedó a deber la droga que compró la semana pasada, las que motivan la venganza de los deudos del asesinado en la fiesta del otro sábado, las que colocan en el lugar incorrecto en el momento menos propicio a la jovencita de secundaria, ahora víctima del fuego cruzado, las que dan a la madre desesperada las armas para convertirse en implacable perseguidora de los asesinos de su hijo, las que hacen de una turista culpable de crímenes que vayamos a saber si cometió y al aparato de justicia ese ente contradictorio e indefendible donde las buenas intenciones siempre se ahogan. Las pequeñas historias que nos hacen percibir que moverse por este país entraña enormes riesgos, pero ni así cancelamos la fiesta de graduación o las vacaciones en la playa para el próximo verano. Las pequeñas historias que nos permiten irnos a cenar en Monterrey, rodeados de retenes de toda índole, sabedores de que en cualquier momento algo puede torcerse, pero ni modo que renunciemos a ello, finalmente en la vida, por tranquila que se viva, por seguro que uno se crea, algo puede siempre torcerse. Las pequeñas historias que nos hacen, dado el caso, tomar las decisiones que afectan a nuestro entorno inmediato y nada más, y que van poco a poco moldeando en nosotros y, lo más importante, en nuestros hijos, un concepto del mundo al margen de los grandes discursos que otrora nos marcaban. La idea es compleja y digna de profunda reflexión. Las pequeñas historias son también las que se han apropiado de los nuevos medios y las que se suman para que la gente tome conciencia y se decida a hacerse del poder. Pareciera ser que, en estos tiempos calamitosos, estamos llegando venturosamente al final de los ismos para instalarnos, ahora sí, en algo nuevo, inédito, en activa construcción. Lo que salga de ello es por ahora inescrutable. Hagamos votos para lograr sobrevivir y poder ver hacia atrás estos días, de cuyo recuerdo podrá cantarse y llorarse largamente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)