En un editorial sobre arte que leía hace poco se menciona una verdad que parecería de perogrullo pero que yo no tenía presente. Tenemos varias décadas en las que la concepción de las artes plásticas no pasa, como antaño, por la pintura. En realidad, aquello que puebla los museos de arte moderno se ha alejado de la pintura, si no completamente, casi. Ahora predomina la combinación de recursos, la instalación, apelando a disciplinas otrora excluyentes o, incluso, inexistentes, de las que la pintura es apenas una entre tantas. La transformación no es menor, entre otras, por dos razones: es irreversible y obliga al artista a diversificarse, si es que de alguna manera quiere trascender. Si el artista decide mantenerse en el ámbito de la paleta y el pincel, tiene un reto que parece casi irremontable: debe reinventar el género. De otra forma, lo suyo será una repetición con mayor o menor solvencia de lo ya hecho. El hiperrealismo, que se vende desde hace algún tiempo como esa suerte de reinvención, se agotó muy rápido porque ya todo parece visto y porque demanda una calidad técnica alcanzable por muy pocos e ingrata al final por la limitada trascendencia del resultado. Un pintor en el siglo XXI será únicamente aquél que, como los grandes músicos del XX, invente nuevas escalas y tesituras, porque ya ni el rescate en otra clave de los clásicos tiene visos de justificación en un arte que, a diferencia de otros, deja fácilmente al descubierto el embuste y la fanfarronería. Por la propia naturaleza de nuestras percepciones, el “esto ya la escuché” es más difícil de aprehender que el “esto ya lo vi”. Parece claro que el pintor de academia está condenado a decorar, mientras que los verdaderos artistas, como nos lo enseñó hace años Gabriel Orozco, ignorarán las restricciones materiales para seguir causando lo que en sus buenos tiempos era casi monopolio de la pintura: una redefinición del universo íntimo del espectador.
domingo, 27 de febrero de 2011
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