domingo, 18 de septiembre de 2011

Ni entendemos ni pensamos

Suelo con frecuencia discrepar de las opiniones de mi padre, que podré calificar de muchas cosas, pero en ningún caso de superficiales. En ocasiones – lo que un padre opine no cae fácilmente en el olvido - me quedo con la reflexión adentro y termino encontrando puntos de encuentro o de plano reconociendo que la experiencia de un hombre con no pocas lecturas, un agudo sentido crítico y una colección muy funcional de neuronas, termina en conclusiones que, como los buenos movimientos en ajedrez, traen el diablo adentro y una fuerte dosis de razón.

Es el caso de una de sus afirmaciones de sobremesa hace algunas semanas, en la que decía algo así como que si algo le parecía lamentable era el tratamiento que la sociedad, llámense “las buenas conciencias”, estaba dando a multitud de jóvenes en este país, calificándolos, incluso de forma jocosa y burlona, como “ninis”. De ahí la digresión lo llevaba a una feroz crítica a los usos del lenguaje, en donde nuestra sociedad -por supuesto íbamos incluidos - tiene hábitos imperdonables en los que el clasismo, el racismo y la intolerancia, viven agazapados y, por más liberales que algunos nos presumamos, de pronto sacan la cresta y nos hacen, literalmente, “enseñar el cobre”. La crítica tocaba fibras personales y dejamos que ahí quedara, evitando la discusión acalorada que en esta rama de la familia termina frecuentemente en confrontación.

Regresando a los “ninis”: a mí la palabrita me caía mal desde siempre, sobre todo por razones fonéticas, y no fue sino hasta escuchar esa opinión de mi padre que ese desagrado se quedó dando vueltas en mi cabeza, sin acertar a aterrizar en algo más que una cierta simpatía por esa crítica y por la idea de que, efectivamente, el lenguaje nos define a nosotros y a nuestra realidad y no tengo la menor duda de que la inventa en muchos sentidos. Pero hace un par de días, ligando reflexiones, caí en la muy encomiable diatriba de uno de nuestros pocos pero claridosos pensadores contemporáneos, Jesús Silva-Herzog Márquez (*), que concluye limpiamente en el hecho de que vivimos una crisis moral y nos obliga a “registrar el hecho de que miles de jóvenes mexicanos de hoy están dispuestos a vivir una vida corta donde la complicidad de la violencia es su único albergue” y a cuestionar “¿no debemos hablar de eso también?”.

Y hablando de eso es que estoy, porque me he convencido de que un país que es capaz de menospreciar a buena parte de sus jóvenes llamándolos  “ninis” está destinado a la catástrofe.  El terminajo nació, quiero creer, criticando a un cierto sector de la juventud de clase acomodada que, sabiendo su futuro asegurado, decide en algún momento no seguir estudiando, tampoco trabajar, y dedicarse a una vida alegre que les colme de diversión mientras papá les hereda el negocio (a ellos, nunca a ellas) o se casan (ellas, nunca ellos). Es insoslayable que en casos así el problema no se origina en los jóvenes sino en esos padres que, ya sea intencionadamente o - peor aún - por omisión o descuido, los impulsan para comportarse de tal manera, siendo incapaces de inspirarlos para la responsabilidad y la madurez y reclamando en ellos injustamente lo que sólo es achacable a su propio ejemplo.

Pero lo más perverso es que más pronto que tarde convertimos en “ninis” a todos los jóvenes que no hacen lo uno ni lo otro sin importar la razón. Y ahí entra una proporción desmesuradamente grande de nuestra población joven que, no por los vicios de una clase social determinada, sino por la falta de oportunidades de un sistema deficiente y corrupto, no tienen acceso a la educación ni al trabajo. Jóvenes que no encuentran cabida en escuelas que son producto de un acomodo que lleva décadas traicionando sus principios y siendo rehén de intereses que lo que menos tienen en cuenta es la educación. Jóvenes que no encuentran empleos ya no se diga dignos, sino simplemente suficientes para quitarse el hambre que ellos y sus familias llevan montada en los hombros. Jóvenes con una expectativa de vida tan limitada que, efectivamente, llegan fácilmente a la conclusión de que una existencia corta y emocionante en la violencia es su mejor opción.

El lenguaje es condición y reflejo, es fondo y forma, inspira y describe. El lenguaje determina grandemente lo que somos como individuos y sociedad. Por el lenguaje empiezan y terminan las grandes obras y los mayores crímenes. Es por el lenguaje por el que debemos empezar si queremos acotar el desastre. Dejemos de lado nuestro tan arraigado clasismo, nuestra absurda intolerancia, entendamos que a nadie le gusta que le llamen “nini”, especialmente si no está en sus manos cambiar su condición. Entendamos que el respeto empieza también por ahí, y que en la grotesca orgía de sangre que se ha instalado en México pesa de forma importante el desprecio de unos hacia otros y el principal vehículo del desprecio, como lo enseñan los clásicos, es la lengua.

(*) http://blogjesussilvaherzogm.typepad.com/el_blog_de_jess_silva_her/2011/09/macabra-caligraf%C3%ADa.html#more)

domingo, 11 de septiembre de 2011

Holiday Inn sin CNN

Hace diez años P. y yo cruzábamos en una camioneta de lado a lado la geografía de Alemania. Íbamos en un contingente nutrido, donde los únicos extranjeros éramos nosotros y el alemán al volante, obligado fuereño en su propia tierra. Todos los demás eran estadounidenses. Era después del lunch, la hora que enseñó a otros, en otro tiempo y lugar, que la siesta era inevitable. El acompasado ir y venir de dedos sobre el teclado de una lap fomentaba el sueño tanto como el vaivén de curvas anodinas, únicas posibles en un país domado hace siglos por los atrevimientos de la civilización. Una llamada al cel de alguno distrajo por un segundo la somnolencia. Algunas palabras entrecortadas y la perentoria urgencia de parar en la próxima estación de servicio, en el próximo hotel, en donde fuera que hubiera una tele. Un gran accidente en NY, se anunció. Los procedentes de un mundo donde la catástrofe es cotidiana no nos inquietamos. Sabíamos que para nuestros acompañantes cualquier desgracia en su territorio ocurría en el ombligo del universo. Paramos minutos después. Entramos a la Kantine. El televisor mostraba el humo. Escenas que se han repetido millones de veces en diez años. La catástrofe en una escala hasta entonces sólo cinematográfica. El espectro de algo que ya habíamos visto cientos de veces pero nunca vivido, cerniéndose sobre nosotros. Silencio sepulcral, palidez en los rostros, algunas llamadas histéricas, así el tono de las horas que nos faltaban hasta nuestro destino. Los días siguientes, entre la urgencia de lo inmediato, de reacomodarse a las razones por las que estábamos donde estábamos, de encontrar la forma de regresar a casa, y lo inevitable de intentar entender, de procesar, de estar seguros que algo había cambiado en el mundo para siempre. Diez años ya en los que la zozobra se instaló definitivamente entre nosotros y la inocencia se perdió en los que aún la conservaban.

Nunca olvidaré el estup0r de nuestros compañeros cuando, llegando por fin a altas horas de la noche al Holiday Inn de Wolfsburg, en lugar de CNN solamente encontraron los noticieros alemanes que, en un idioma que nunca habían soñado necesitar, daban puntual relato de la tragedia…

viernes, 9 de septiembre de 2011

A las cuatro de la tarde


Quiero parafrasear a Lorca a las cuatro de la tarde.
Quiero conjurar al toro a las cuatro de la tarde.
Que no lleguen las onerosas cinco con su carga de sombra.
La aguja perforando, entregando su veneno, a las cuatro de la tarde.
El agudo bisturí reflejando carne hecha para otra cosa, a las cuatro de la tarde.
Para la vista y el tacto, para contener fluidos que moldean grácil presencia.
Entrañable, imprescindible en mi geografía más íntima, la más profunda.
A las cuatro de la tarde.
Beethoven en el iPod, singular geometría del azar, a las cuatro de la tarde.
La precisión de los relojes, el paso ineludible de momentos ínfimos.
La incisión, la búsqueda, el encuentro con la célula traidora, rebelde, a las cuatro de la tarde.
Confiando en manos hábiles, en instrumentos precisos, en el algoritmo de la repetición que construye la experiencia.
A las cuatro de la tarde.
No quiero que lleguen las cinco, el toro, la sangre resbalada, lo irreversible.
Quiero la certeza de que estarás, que seguirás, a las seis de la tarde.
Que el toro ya no te amenaza a las seis de la tarde.
Cicatrices que ya no duelen a las seis de la tarde.
Ilusorias certidumbres, como todo en la vida, a las seis de la tarde.
No quiero las cinco en sombra de la tarde.
Quiero las seis en todos los relojes.
Las seis en punto, las seis en sol y lluvia de la tarde.