miércoles, 18 de julio de 2012

How fragile we are

A Ana Julia, in memoriam

Otra vez me he enfrentado con el vacío. Semanas en las que simplemente no he acertado a escribir un par de líneas que quiera meter en este blog, por definición solitario y preso de las mayores divagaciones. Para mi sorpresa y agradecimiento existe un par de lectores que se proclaman asiduos y que, por esa falta de constancia, ya lo son incluso de mis silencios. A ellos y a mí mismo debo una explicación.

Sucede que murió Ana Julia. Sucede que murió casi de pronto, derrotado su organismo por una enfermedad perversa de aquellas que uno quisiera creer que no existen y cuyo solo anuncio confirma nuestra impotencia. Un sabotaje íntimo que se va fraguando calladamente y de improviso se manifiesta cuando ya no hay nada que hacer. Y la aritmética de la supervivencia juega ese tramposo juego de los días contados, uno no sabe cuántos pero siempre demasiado pocos. Y en este caso en especial fueron poquísimos, sin tiempo para nada. Ana Julia me era entrañable principalmente por transferencia, por su cariño y profunda relación con mi K., que la tenía en altísima estima, por su hermosa familia (gente buena cuya mejor definición se resume, otra vez, en la palabra decencia); pero también por ella misma, por ser de esas personas que, por decirlo de alguna manera, estructuran al mundo. Hay gente que nos hace sentir, por alguna razón incomprensible, amparados y seguros. Gente que da forma a una realidad sólida y tangible de la que generosamente nos llama a ser parte. Es gente muy escasa. Si uno cuenta con suerte, a lo largo de la vida  podrá encontrar un par de personas así. Ana Julia era de ellas. Por lo dicho, uno las convierte en un referente fundamental y tiende a darlas por hecho o, como se expresa en inglés, take them for granted. Por eso es tan perturbador que muestren una vulnerabilidad que uno sabe que existe pero no se detuvo a imaginar que también en ellas. Su desaparición comprueba dolorosamente que somos más frágiles que lo que siempre habíamos supuesto.

Y lo que queda después es el silencio, un sentimiento similar a la orfandad, una sensación de que, aunque la vida de la especie sigue, la de los individuos, la de los que nos son cercanos, la nuestra propia, se mantiene colgada con débiles alfileres de una trama que no acertamos a comprender y mucho menos a controlar. Perdurar es una ilusión. Lo que queda entonces, regresando al lugar común, es única y llanamente el presente.

Un presente en el que de ahora en adelante hará falta Ana Julia…