Un comentario a la entrada del 20 de febrero me ha llevado a una reflexión que ya llevo masticando algún tiempo.
Los pueblos tienen el gobierno que merecen...
Solía defender acaloradamente tal declaración (por supuesto en el sentido negativo que aquí usamos) porque me parecía de una prístina lógica. Especialmente en México, en las postrimerías del priismo, cuando el sainete nacional revestía visos grotescos, y luego cuando la nación tomó el camino de un cambio en el que el único argumento era ése, el cambio, y así nos ha ido… Hubo optimistas que realmente creyeron que todo era producto de una mayoría de edad que mágicamente había generado ciudadanos en donde poco antes sólo había borregos. El optimismo vistiendo de fiesta a la ingenuidad…
Y, paralelamente, cuando en el escenario mundial han habido tantos ejemplos de gobiernos que caricaturizan a quienes los eligen o los permiten, mientras que los tímidos ensayos de ciudadanía se ven tan escasos y pueriles que no consiguen permear en la conciencia de la especie, suena verdaderamente de lógica simple y pura: los pueblos se merecen a quienes los gobiernan.
Sin embargo, precisamente por ese análisis que versa alrededor de las pequeñas historias, me he visto en la necesidad de primero matizar y, en los tiempos recientes, terminar por cuestionar seriamente semejante sentencia, primero por parecerme de una dureza extrema y últimamente por hallarla superficial e ingenua.
Porque no es cierto que una gran mayoría pueda hacerse, así como así, responsable de la perversidad y la codicia de unos cuantos. La responsabilidad implica necesariamente las herramientas y la voluntad para ejercerla, de otra manera es retórica vacía. El discurso liberal pregunta entonces: ¿tienen herramientas quienes apenas consiguen sobrevivir día con día en condiciones de pobreza? ¿los que han nacido marcados por la enfermedad y carecen de las oportunidades más elementales? ¿los que nunca han leído un libro ni escuchado una sinfonía?¿tienen voluntad los que habiéndolo hecho no aprendieron jamás a cuestionar su entorno?¿los que han vivido marcados desde niños por las culpas que suelen imponer las religiones?¿los que desde jóvenes han tenido que afrontar la crianza de nuevos seres y no han tenido posibilidad alguna de ver más allá?
Y el mismo discurso suele contestar que no y, por tanto, somos una especie condenada al fracaso: debemos pagar la incapacidad de trascender nuestras limitaciones teniendo, entre otras lindezas, los gobiernos que merecemos...
Por el contrario, apartándonos de ese academicismo que la ocurrente geometría ideológica suele identificar con las izquierdas altamente ofendibles, las pequeñas historias nos demuestran que, en una escala microscópica, las herramientas y la voluntad para hacernos responsables, no de algo tan pueril como de nuestros gobiernos, sino ni más ni menos que de nuestro propio y particular destino, siempre han estado ahí y son cosa de todos los días. De forma lenta, aleatoria, sin plan alguno, nos han mantenido a flote. Las pequeñas historias nos enseñan que los humanos tendemos a la nobleza y la generosidad antes que a cualquier otra actitud. Por mucho que existan desviaciones a este principio, desviaciones que, por demás, tienen una prensa lucrativa y han conducido a pavorosas y muy visibles catástrofes, permitiendo a los grandes discursos medrar en tierra fértil, lo que ha predominado, al menos en lo corto de nuestra existencia como especie, es nuestra voluntad de supervivencia y el trabajo hormiga de millones de individuos que no necesitan de los gobiernos para definirse a sí mismos y a su entorno inmediato.
Puesta en perspectiva, la necesidad de ser gobernados es sólo una fase de nuestra evolución, demasiado cercana a los atavismos del primate como para tomarla en serio en una escala mayor que los pocos milenios que llevamos de historia. Merecemos los gobiernos que tenemos sólo en la medida en la que no nos damos cuenta de lo vacío de tal aseveración y seguimos ignorando lo evidente: que en la escala individual, la de la tribu, no necesitamos gobiernos y nos valemos primordialmente al margen de ellos y por nuestros propios medios.