miércoles, 23 de marzo de 2011

Arte de la amistad

Un amigo es uno mismo en otro cuero…

A. Yupanqui

 

Recientes eventos me han hecho reflexionar sobre esa peculiar índole de las relaciones humanas que solemos denominar amistad. Es cierto que, a diferencia de las relaciones que uno establece con su familia, motivadas normalmente por la convivencia obligada, la tradición y la costumbre, o bien aquéllas que tienen su génesis en el enamoramiento y se prolongan en menor o mayor medida en el amor, universo de sí mismo, las relaciones de amistad carecen de obligatoriedad y compromiso. En ese sentido, la amistad puede convertirse en la relación más libre: no precisa de estar encadenada a convencionalismos ni requiere de justificaciones. A ella no se ligan planes de vida ni complejas perpetuidades. Por eso es tan fácil hacerse de amigos. Por eso es tan común que muy pocos perduren. Porque esa misma naturaleza permite los entusiasmos de corto plazo y el tedio subsecuente, las empatías inmediatas y las desilusiones posteriores, la comunión instantánea y el consecuente alejamiento. Por eso uno de los mayores logros a los que podemos aspirar los humanos es a cultivar un par de buenos amigos, de ésos que pese a todo permanecen, de ésos a los que ya no solamente se quiere, sino que se transforman en parte de uno. Se precisa de una buena dosis de talento, esfuerzo y constancia para conseguir y preservar esta milagrosa metamorfosis de lo improbable.

martes, 15 de marzo de 2011

Pequeño perro

En el jardín de la casa tenemos un pequeño perro. Somos una familia activa y la casa es esporádico centro de reunión en los días de trabajo. El pequeño perro pasa la mayor parte del tiempo en una soledad que confirma su señorío sobre los pocos metros cuadrados de un jardín que sólo él disfruta. Pasa largas horas sin compañía alguna y se alegra cuando alguno de nosotros llega. Su vida es simple y podría decirse que, en la medida de lo que podemos entender, recrea una forma envidiable de la felicidad. Lo vestimos de humanos atributos. Creemos que se entristece o se alegra en la misma forma en la que lo hacen los niños. Creemos que entendemos, lo que prueba nuestra soberbia. Pero lo cierto es que el pequeño perro nos trata con la condescendencia propia de los de su especie. No intenta entendernos, creemos que no ha descubierto pero en realidad desprecia la vana empresa que ello significa. Eso le da superioridad sobre los humanos. Su herencia está probada, mientras nosotros, primates sobredimensionados, seguimos en calidad de experimento. Ladra cuando llegamos y se acerca pacífico cuando invadimos su terruño, siempre vigilante de las migajas y pequeños manjares que caen de nuestra mesa.

sábado, 12 de marzo de 2011

¿Qué están mirando los muertos?

Caminaba lentamente por lo que ya no era calle. Devastación, empezaban a llamarle, pero la palabra no decía nada. Las palabras no decían nada. Abstraído, fijaba su vista en la multitud que lo miraba. Trataba de sentir, pero no. Estado de shock le llamaban, pero las palabras… Además era perfectamente dueño de sí. No sabía lo que vendría, pero por ahora tenía un perfecto control de sus actos. No era víctima de la histeria, tampoco de la apatía que muchos ya compartían con los cuerpos desperdigados. La obsesión en una sola imagen le aturdía. Aquélla previa a la tiniebla, la que le dio por un segundo la certidumbre de que el paso siguiente era estar muerto y la dulcísima sensación de que el trance no era ni con mucho el horror que toda la vida se había imaginado. Pero no, aquí seguía, sin verdaderos rastros de la violencia de la que había sido objeto. Tan sólo la ropa empapada, como si hubiera salido a pasear en la tenue llovizna. Pensó en lo que dirían - ¿quiénes? – de verlo con esa estampa tan poco digna de la magnitud del desastre. Pensó que necesitaba justificaciones y que el verdadero trance, cuando llegara, sería por mucho peor que cualquier horror que de ahora en adelante pudiera imaginarse…

miércoles, 9 de marzo de 2011

El nuevo Jean Valjean

Ruairí Mac Easmainn es el nombre en gaélico de un personaje singular, de cuya existencia apenas tenía idea y que ahora descubro como un ejemplo inaudito de la compleja naturaleza humana. El descubrimiento, predecible por demás al tratarse del protagonista de la última novela de Vargas Llosa, ha despertado en mí entusiasmos que creía superados prácticamente desde la adolescencia, cuando el sutil arte del novelista se aprovechaba de la crédula disposición del alma joven para transmitirle pasiones que, revisadas a la luz de una madurez que empieza a peinar sus canas, se terminan viendo con cierta condescendencia. Y es que si algo ha aprendido Vargas Llosa de sus mayores (léase Hugo, léase Flaubert) es a construir personajes absolutamente verosímiles. Lo que no suele hacer es urdirlos entrañables. Por eso, cuando se documenta en la historia de un hombre cuya trayectoria vital simboliza como pocos la extrema contradicción que es intrínseca a lo humano, y es capaz de contarla con esa prosa que se sabe efectiva a costa de ejercicio (prosa que, asumo que por influencia de una fama que aliviana la exigencia, cada vez consigue menos lo que el mismo autor más admira en Flaubert: pulimiento y esmero), decíamos, cuando narra las peripecias de Sir Roger Casement (que tal es el título y nombre imperiales de nuestro personaje), uno se topa con el tipo de héroe que parecía exiliado de la literatura moderna, aquél que está destinado - con esas palabras - a literalmente apropiarse del corazón del lector. Este hombre, lleno de claroscuros, pero al final congruente consigo mismo y con principios que el atormentado siglo XX ha demostrado como inseparables de la definición misma de civilización, va lentamente acaparando la atención de lector quien primero lo cataloga como un aventurero pero, posteriormente e hilando en su propia complejidad, lo observa sucesivamente como visionario, valiente, humanista, reprimido sexual, defensor de las más nobles causas, traidor, torpe, egoísta, víctima del error y la injusticia. Demasiado humano, parafraseando a Nietzsche... Pero al margen de esos calificativos, lo cierto es que uno no puede evitar admirar a quien, de alabar los presuntos afanes civilizatorios de las potencias europeas en África, termina por execrar de ellos y denunciar sin tregua la genocida explotación de caucho en el Congo, hasta  lograr el retiro de la concesión al siniestro Leopoldo II de Bélgica; quien, luego de entender que en el Amazonas ocurre lo mismo, no descansa hasta ver destruida la compañía que sacaba enormes dividendos a costa de violaciones y muerte. Tampoco puede uno dejar de simpatizar con la angustia y entender los desesperados paliativos de un solitario, condenado a no buscar el verdadero amor en una sociedad que sólo puede concebir esa ilusión de la mano de relaciones heterosexuales. Siguiendo su trayectoria vital, el irlandés regresa al corazón de su patria y se convence de que aquélla sufre una explotación genocida similar, aunque disfrazada con perversa sofisticación por un Imperio Británico que confía en su lealtad y lo ha cubierto de honores. Dedica lo que le queda de vida a combatir esa servidumbre. Su camino, que pasa por la traición y la muerte de inocentes, no deja de parecernos dolorosamente cercano y, de una manera que mucho tiene que ver con la hábil construcción literaria del personaje, termina justificándose, dejando a la muerte del héroe ese vacío que me llevó a recordar las páginas finales de Los Miserables. Tenía mucho que mis ojos no se nublaban al cerrar una novela. Lograr eso después de todo lo que hemos visto y leído no es menor, y me parece que habla de las habilidades de un autor que ha tenido por maestros - cosa que habría de rescatarse para a su vez hacer lo propio con los oscuros tiempos que corren - ni más ni menos que a los clásicos.

viernes, 4 de marzo de 2011

Oasis

“…de niño a mí me seguía el sol.”

Alfonso Reyes

Se sabe que el temperamento de la gente del desierto, así como el de los marinos, difiere en mucho del de otros grupos humanos, asentados en regiones más amables y donde la supervivencia reviste una pluralidad de opciones que favorecen la jovialidad. El habitante del desierto, forzosamente nómada, se mantiene en una acentuada reserva. Su parquedad de expresión le confiere ese gesto adusto que tan bien han explotado escritores y cineastas. Claramente, semejante talante es producto de un medio asaz hostil, en el que el sol deja de ser el loado dador de vida para tornarse en un ente amenazador. Su ausencia nocturna, en lugar de agradecible, se convierte en un peligro mayor y el viajero pierde la brújula, el viento helado llega hasta los más recónditos intersticios, ardientes unas horas antes, y la arena se mantiene como enemiga de la cordura.

En nuestras latitudes – hablo del altiplano mexicano, escenario de mis correrías -  el desierto es considerablemente benigno. Tenemos lo que, si bien recuerdo de mi geografía de secundaria, llamábase matorral tórrido. (Al margen, actualmente la secundaria enseña biomas donde antes sólo había ecosistemas, así como pone a Kyrgyzstan y vecinos donde antes sólo había Unión Soviética: definitivamente no es mundo para nostálgicos).

En estas regiones tenemos un semidesierto urbanizado. Hay polvo donde en otros sitios más dignos de tal nombre hay arena y el viento aún logra dar una ilusión de frescura ante los inmisericordes rayos de sol. Este semidesierto, matorral o como quiera llamarse, se extiende largamente hacia el norte, abandonando la meseta central e internándose en la vastísima región fronteriza.  La gente - sin por supuesto llegar a los extremos saharianos, donde la convivencia con un desierto en serio se ha hecho durante milenios a lomos de camello - tiene un carácter peculiar.  Desde los límites de los Altos de Jalisco, el Bajío y la Huasteca Potosina hasta la frontera existe una forma distinta y curiosamente uniforme de ver el mundo.  No en vano de esta región vino la gente que gestó revoluciones y procede mucha de la que ahora se dedica a acuchillarse y hacer lo propio con quien se ponga en medio.

Para fortuna de todos cada desierto tiene sus oasis, en los que el ánimo del beduino se aligera y transforma, volviéndose benévolo y dicharachero; en nuestra particular versión de lo desértico los hay innumerables, tanto naturales como de humana factura. Y descansar en ellos es, por la lógica simple de los contrastes, una fascinante y renovadora experiencia.

martes, 1 de marzo de 2011

¿Merecemos a quienes nos gobiernan?

Un comentario a la entrada del 20 de febrero me ha llevado a una reflexión que ya llevo masticando algún tiempo.
Los pueblos tienen el gobierno que merecen...
Solía defender acaloradamente tal declaración (por supuesto en el sentido negativo que aquí usamos) porque me parecía de una prístina lógica. Especialmente en México, en las postrimerías del priismo, cuando el sainete nacional revestía visos grotescos, y luego cuando la nación tomó el camino de un cambio en el que el único argumento era ése, el cambio, y así nos ha ido…  Hubo optimistas que realmente creyeron que todo era producto de una mayoría de edad que mágicamente había generado ciudadanos en donde poco antes sólo había borregos. El optimismo vistiendo de fiesta a la ingenuidad…
Y, paralelamente, cuando en el escenario mundial han habido tantos ejemplos de gobiernos que caricaturizan a quienes los eligen o los permiten, mientras que los tímidos ensayos de ciudadanía se ven tan escasos y pueriles que no consiguen permear en la conciencia de la especie, suena verdaderamente de lógica simple y pura: los pueblos se merecen a quienes los gobiernan.
Sin embargo, precisamente por ese análisis que versa alrededor de las pequeñas historias, me he visto en la necesidad de primero matizar y, en los tiempos recientes, terminar por cuestionar seriamente semejante sentencia, primero por parecerme de una dureza extrema y últimamente por hallarla superficial e ingenua.
Porque no es cierto que una gran mayoría pueda hacerse, así como así, responsable de la perversidad y la codicia de unos cuantos. La responsabilidad implica necesariamente las herramientas y la voluntad para ejercerla, de otra manera es retórica vacía. El discurso liberal pregunta entonces:  ¿tienen herramientas quienes apenas consiguen sobrevivir día con día en condiciones de pobreza? ¿los que han nacido marcados por la enfermedad y carecen de las oportunidades más elementales? ¿los que nunca han leído un libro ni escuchado una sinfonía?¿tienen voluntad los que habiéndolo hecho no aprendieron jamás a cuestionar su entorno?¿los que han vivido marcados desde niños por las culpas que suelen imponer las religiones?¿los que desde jóvenes han tenido que afrontar la crianza de nuevos seres y no han tenido posibilidad alguna de ver más allá?
Y el mismo discurso suele contestar que no y, por tanto, somos una especie condenada al fracaso: debemos pagar la incapacidad de trascender nuestras limitaciones teniendo, entre otras lindezas, los gobiernos que merecemos...
Por el contrario, apartándonos de ese academicismo que la ocurrente geometría ideológica suele identificar con las izquierdas altamente ofendibles, las pequeñas historias nos demuestran que, en una escala microscópica, las herramientas y la voluntad para hacernos responsables, no de algo tan pueril como de nuestros gobiernos, sino ni más ni menos que de nuestro propio y particular destino, siempre han estado ahí y son cosa de todos los días. De forma lenta, aleatoria, sin plan alguno, nos han mantenido a flote. Las pequeñas historias nos enseñan que los humanos tendemos a la nobleza y la generosidad antes que a cualquier otra actitud. Por mucho que existan desviaciones a este principio, desviaciones que, por demás, tienen una prensa lucrativa y han conducido a pavorosas y muy visibles catástrofes, permitiendo a los grandes discursos medrar en tierra fértil, lo que ha predominado, al menos en lo corto de nuestra existencia como especie, es nuestra voluntad de supervivencia y el trabajo hormiga de millones de individuos que no necesitan de los gobiernos para definirse a sí mismos y a su entorno inmediato.
Puesta en perspectiva, la necesidad de ser gobernados es sólo una fase de nuestra evolución, demasiado cercana a los atavismos del primate como para tomarla en serio en una escala mayor que los pocos  milenios  que llevamos de historia. Merecemos los gobiernos que tenemos sólo en la medida en la que no nos damos cuenta de lo vacío de tal aseveración y seguimos ignorando lo evidente: que en la escala individual, la de la tribu, no necesitamos gobiernos y nos valemos primordialmente al margen de ellos y por nuestros propios medios.