viernes, 4 de marzo de 2011

Oasis

“…de niño a mí me seguía el sol.”

Alfonso Reyes

Se sabe que el temperamento de la gente del desierto, así como el de los marinos, difiere en mucho del de otros grupos humanos, asentados en regiones más amables y donde la supervivencia reviste una pluralidad de opciones que favorecen la jovialidad. El habitante del desierto, forzosamente nómada, se mantiene en una acentuada reserva. Su parquedad de expresión le confiere ese gesto adusto que tan bien han explotado escritores y cineastas. Claramente, semejante talante es producto de un medio asaz hostil, en el que el sol deja de ser el loado dador de vida para tornarse en un ente amenazador. Su ausencia nocturna, en lugar de agradecible, se convierte en un peligro mayor y el viajero pierde la brújula, el viento helado llega hasta los más recónditos intersticios, ardientes unas horas antes, y la arena se mantiene como enemiga de la cordura.

En nuestras latitudes – hablo del altiplano mexicano, escenario de mis correrías -  el desierto es considerablemente benigno. Tenemos lo que, si bien recuerdo de mi geografía de secundaria, llamábase matorral tórrido. (Al margen, actualmente la secundaria enseña biomas donde antes sólo había ecosistemas, así como pone a Kyrgyzstan y vecinos donde antes sólo había Unión Soviética: definitivamente no es mundo para nostálgicos).

En estas regiones tenemos un semidesierto urbanizado. Hay polvo donde en otros sitios más dignos de tal nombre hay arena y el viento aún logra dar una ilusión de frescura ante los inmisericordes rayos de sol. Este semidesierto, matorral o como quiera llamarse, se extiende largamente hacia el norte, abandonando la meseta central e internándose en la vastísima región fronteriza.  La gente - sin por supuesto llegar a los extremos saharianos, donde la convivencia con un desierto en serio se ha hecho durante milenios a lomos de camello - tiene un carácter peculiar.  Desde los límites de los Altos de Jalisco, el Bajío y la Huasteca Potosina hasta la frontera existe una forma distinta y curiosamente uniforme de ver el mundo.  No en vano de esta región vino la gente que gestó revoluciones y procede mucha de la que ahora se dedica a acuchillarse y hacer lo propio con quien se ponga en medio.

Para fortuna de todos cada desierto tiene sus oasis, en los que el ánimo del beduino se aligera y transforma, volviéndose benévolo y dicharachero; en nuestra particular versión de lo desértico los hay innumerables, tanto naturales como de humana factura. Y descansar en ellos es, por la lógica simple de los contrastes, una fascinante y renovadora experiencia.

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