martes, 1 de marzo de 2011

¿Merecemos a quienes nos gobiernan?

Un comentario a la entrada del 20 de febrero me ha llevado a una reflexión que ya llevo masticando algún tiempo.
Los pueblos tienen el gobierno que merecen...
Solía defender acaloradamente tal declaración (por supuesto en el sentido negativo que aquí usamos) porque me parecía de una prístina lógica. Especialmente en México, en las postrimerías del priismo, cuando el sainete nacional revestía visos grotescos, y luego cuando la nación tomó el camino de un cambio en el que el único argumento era ése, el cambio, y así nos ha ido…  Hubo optimistas que realmente creyeron que todo era producto de una mayoría de edad que mágicamente había generado ciudadanos en donde poco antes sólo había borregos. El optimismo vistiendo de fiesta a la ingenuidad…
Y, paralelamente, cuando en el escenario mundial han habido tantos ejemplos de gobiernos que caricaturizan a quienes los eligen o los permiten, mientras que los tímidos ensayos de ciudadanía se ven tan escasos y pueriles que no consiguen permear en la conciencia de la especie, suena verdaderamente de lógica simple y pura: los pueblos se merecen a quienes los gobiernan.
Sin embargo, precisamente por ese análisis que versa alrededor de las pequeñas historias, me he visto en la necesidad de primero matizar y, en los tiempos recientes, terminar por cuestionar seriamente semejante sentencia, primero por parecerme de una dureza extrema y últimamente por hallarla superficial e ingenua.
Porque no es cierto que una gran mayoría pueda hacerse, así como así, responsable de la perversidad y la codicia de unos cuantos. La responsabilidad implica necesariamente las herramientas y la voluntad para ejercerla, de otra manera es retórica vacía. El discurso liberal pregunta entonces:  ¿tienen herramientas quienes apenas consiguen sobrevivir día con día en condiciones de pobreza? ¿los que han nacido marcados por la enfermedad y carecen de las oportunidades más elementales? ¿los que nunca han leído un libro ni escuchado una sinfonía?¿tienen voluntad los que habiéndolo hecho no aprendieron jamás a cuestionar su entorno?¿los que han vivido marcados desde niños por las culpas que suelen imponer las religiones?¿los que desde jóvenes han tenido que afrontar la crianza de nuevos seres y no han tenido posibilidad alguna de ver más allá?
Y el mismo discurso suele contestar que no y, por tanto, somos una especie condenada al fracaso: debemos pagar la incapacidad de trascender nuestras limitaciones teniendo, entre otras lindezas, los gobiernos que merecemos...
Por el contrario, apartándonos de ese academicismo que la ocurrente geometría ideológica suele identificar con las izquierdas altamente ofendibles, las pequeñas historias nos demuestran que, en una escala microscópica, las herramientas y la voluntad para hacernos responsables, no de algo tan pueril como de nuestros gobiernos, sino ni más ni menos que de nuestro propio y particular destino, siempre han estado ahí y son cosa de todos los días. De forma lenta, aleatoria, sin plan alguno, nos han mantenido a flote. Las pequeñas historias nos enseñan que los humanos tendemos a la nobleza y la generosidad antes que a cualquier otra actitud. Por mucho que existan desviaciones a este principio, desviaciones que, por demás, tienen una prensa lucrativa y han conducido a pavorosas y muy visibles catástrofes, permitiendo a los grandes discursos medrar en tierra fértil, lo que ha predominado, al menos en lo corto de nuestra existencia como especie, es nuestra voluntad de supervivencia y el trabajo hormiga de millones de individuos que no necesitan de los gobiernos para definirse a sí mismos y a su entorno inmediato.
Puesta en perspectiva, la necesidad de ser gobernados es sólo una fase de nuestra evolución, demasiado cercana a los atavismos del primate como para tomarla en serio en una escala mayor que los pocos  milenios  que llevamos de historia. Merecemos los gobiernos que tenemos sólo en la medida en la que no nos damos cuenta de lo vacío de tal aseveración y seguimos ignorando lo evidente: que en la escala individual, la de la tribu, no necesitamos gobiernos y nos valemos primordialmente al margen de ellos y por nuestros propios medios.

2 comentarios:

Cosmic Mouse dijo...

Querida Eminencia Gris... Esta frase también ha estado dando vueltas en mi cabeza de roedor últimamente. Yo la he estado reflexionando viendo lo que pasa en Libia. Ahí está un gobierno totalmente autocrático, brutal, ofensivo, que ha permanecido sin moverse un centímetro a lo largo de cuatro décadas. Hasta que, un buen día, de buenas a primeras,el pueblo libio decidió no aguantarlo más. Los inspiró Túnez, luego Egipto. Pero les ha ido mucho peor en su intento. Y aún así, aguantan, bajo ráfagas de fuego, bombas y actos que no pueden describirse más que como de lesa humanidad. ¿Se merecían el gobierno que tenían? Tal vez las generaciones que lo instauraron y glorificaron, sí. Las que se durmieron en comodidad. Pero esta generación, que está dispuesta a todo, no. ¿Cuándo dejaron de merecerlo? Tal vez hace mucho--cuando la autocomplascencia empezó a desdibujarse, pero la solución aún no empezaba a tomar forma. Lamentablemente, tenemos que dejar de estar cómodos para batirnos por algo diferente. Y, lamentablemente, hay demasiada gente, bajo esos gobiernos, que están muy cómodos, beneficiándose de la exclusión de otros. Si habrías de ser irresponsable, y echar un cálculo "a ojo de buen cubero", ¿qué porcentaje de nuestra población crees que sigue estando en franca comodidad? ¿Cuánto falta para que nos arriesguemos para estar dispuestos a enfrentar lo que no merecemos?

Eminencia Gris dijo...

Creo que el meollo de esta discusión está en la escala de lo que vemos. ¿Cómo puede un pueblo como el de Libia o Cuba soportar una dictadura por cuatro décadas? Efectivamente,la comodidad de muchos es un elemento nodal que tiende a mantener el status quo. Pero si hablas de comodidad estás pasando de la escala general ("un pueblo como el de Libia")a la de los individuos y pequeños grupos. Ahí la diversidad se impone. Ahí existen toda índole de combinaciones. Ahí lo que normalmente no hay y es muy difícil que se forme es el aglutinamiento en torno a un principio de descontento básico que lleve a una acción de protesta o rebeldía. Regreso a mi cantilena: estamos en el nivel de las pequeñas historias, y en ésas no hay forma de generalizar. Hablar del porcentaje de México que vive en la comodidad es forzar nuevamente al brinco de la pequeña a la gran escala. Lo que para algunos puede significar comodidad (como el tener un techo sobre la cabeza) para otros está tan dado que no tiene siquiera relevancia, pero para éstos a lo mejor la comodidad está basada en otros parámetros (como poder salir de paseo sin miedo a que te asalten o secuestren). Ahora aglutina eso en algo coherente. Por eso, cuando contra todo pronóstico se dan elementos aglutinadores, como ha sido el caso reciente en el norte de Africa, no hay coherencia ni programa detrás, no hay ideología y el futuro se ve inicerto, por decir lo menos. En la confusión normalmente alguien saca provecho y estos movimientos han tendido históricamente al fracaso. Vivimos sin embargo una nueva era y eso me llena de esperanza, porque finalmente puede ser que haya muchos que estén llegando a la conclusión de que hay que hacerse responsables de sus propias historias, siendo por supuesto afectados pero sin depender de lo que ocurra en la gran escala.