jueves, 26 de mayo de 2011

De arqueros y metralletas

El arte zen de la arquería es una muestra de lo que el ser humano es capaz cuando dedica la vida a conocerse a sí mismo. Si lo pensamos bien, ello equivale a conocer el universo. En la pausadísima secuencia de actos que empiezan con aprestar el arco y la flecha, pasan por la identificación y lo que podría llamarse la comunión con el blanco, y terminan con el certero disparo, se resumen años de ejercicio introspectivo y  meditación que resultan materialmente incomprensibles para nuestra mente occidental. Esa preparación se cifra en la construcción de una realidad íntima que borra los conceptos y clasificaciones a los que es propensa la conciencia y toma de la observación del mundo todos los elementos que permiten al arquero reconocerse como indistinguible de su instrumento y su blanco. Acertar es lo de menos porque una vez logrado el verdadero objetivo, la redefinición del ser, lo que en realidad sería imposible es errar.
En las antípodas tenemos al soldado o al sicario que nos son tan familiares, disparando cientos de balas por minuto y a pesar de – ¿o debido a? - tanto despliegue técnico, tanta muerte y destrucción, siendo incapaces de dar una sola vez en el blanco.

jueves, 5 de mayo de 2011

Acabando con Lex Luthor

Históricamente los imperios siempre han generado sentimientos contradictorios. Desde Roma hasta nuestros días imperio es sinónimo de poder y fuerza, de tesón y astucia, pero también de soberbia y atropello, de ambición desmedida y decadencia moral. Los imperios han mantenido su vigencia en las diversas etapas de la Humanidad sedentaria; antes de imponerlas, empiezan por adaptarse a estructuras políticas y modelos económicos. Antes de dominarlos, primero buscan venderse bien con el resto de los pueblos.

Sean cuales fueren sus peculiaridades y el origen de su riqueza, la fórmula ineludible para crear y mantener un imperio es, sin duda, la supremacía militar.

Seguimos siendo los mismos que en el Paleolítico y la dominación por la fuerza bruta se mantiene como la más efectiva. Para ser un imperio en tiempos modernos se necesita una industria fuerte, la capacidad de generar ciencia y tecnología pero, sobre todo, el cinismo y la voluntad para usar esos recursos en hacerse de armamento y un ejército respetables.

Una vez conseguido eso es posible, como se ha demostrado en los días que corren, meterse en la cocina de quien sea y aniquilar a quien sea, si ello es pertinente para los intereses del imperio. No es necesario pedir permiso ni dar cuentas a nadie.

Hacia sus ciudadanos los imperios dirigen armas que van desde la imposición más abierta hasta la sutilísima propaganda, y así logran consensos que niegan en el fondo principios y valores inherentes a la condición humana. Así es posible, como se ha visto, que el asesinato del malvado sea independiente de su identidad o, incluso, de su existencia objetiva, y resulte lo mismo acabar con Bin Laden que con Lex Luthor o Darth Vader.

Lo que de esto se desprende es que seguimos siendo los mismos: necesitamos dominar, necesitamos avasallar a los otros. Y el imperio usa también esos instintos primitivos para legitimarse y lograr que los muchos, acríticamente, salgan a las calles a celebrar la muerte del enemigo, como si festejar la aniquilación de quien sea no fuera el principio y el fin de la maldad humana.

domingo, 1 de mayo de 2011

Escombros y realidad

La casa en el campo en la que crecí ya no existe más. Ha sido demolida y en su lugar se erige desde hace algún tiempo alguna otra construcción con la que ya nada tengo que ver. Los viejos árboles tampoco están más.

Es cierto que puede darse rienda suelta a la nostalgia, y hacerlo sobre aquello que de alguna manera nos definió en nuestra infancia es una de las formas más recurrentes para despertar el agridulce sabor de la melancolía. Sin embargo, aquí me ocupa una reflexión sobre algo diferente, que más tiene que ver con nuestra precepción y la manera en la que procesamos el mundo.

Empecé esta nota sin dudar en decir que esa casa ya no existe más. Sin embargo cierro los ojos y ahí está, de una forma mucho más profunda y perfecta que la que puedo encontrar en muchos otros lugares a los que aún  tengo acceso. Tengo grabados en la memoria una plétora de detalles mínimos que me permiten recorrer cada centímetro de esa casa como si siguiera viviendo en ella. Recuerdo cada escalón y cada grieta, las texturas de paredes, la ubicación, tamaño y forma precisa de los árboles. Recuerdo la posición y color de cada mueble,  su peso, el esfuerzo que significaba arrastrar éste o aquél por la alfombra. Recuerdo crujidos, la luz por las ventanas a diferentes horas del día, el sonido de los escalones al bajarlos caminando o corriendo, la mayor o menor resistencia de los picaportes, en dónde había mosaicos sueltos en la cochera, el polvo que se acumulaba sobre las columnas. Recuerdo exactamente y podría reproducir con precisión el ajuste que había que darle al cerrojo de la reja de entrada… Llevo más de veinte años que abandoné esa casa, casi quince sin pisarla y tiene diez que ¿desapareció? de la faz de la tierra. Y así como de esa casa, de igual manera tengo grabados en mi memoria las calles de la colonia Nápoles y la Ciudad Universitaria, ciertas rutas en la primera sección del bosque de Chapultepec y cada curva de la autopista a Toluca. No hay duda de que las percepciones que se vuelven hábito y los recuerdos que de ellas se forman esculpen la realidad de maneras que no alcanzamos aún a aprehender. Elucubrar sobre estos misterios y cuestionar nuestras definiciones al respecto, además de entretenido, nos lleva hacia algunas de las preguntas nodales de nuestra filosofía, aquéllas que se refieren a lo real, a lo objetivo y a lo existente.