Históricamente los imperios siempre han generado sentimientos contradictorios. Desde Roma hasta nuestros días imperio es sinónimo de poder y fuerza, de tesón y astucia, pero también de soberbia y atropello, de ambición desmedida y decadencia moral. Los imperios han mantenido su vigencia en las diversas etapas de la Humanidad sedentaria; antes de imponerlas, empiezan por adaptarse a estructuras políticas y modelos económicos. Antes de dominarlos, primero buscan venderse bien con el resto de los pueblos.
Sean cuales fueren sus peculiaridades y el origen de su riqueza, la fórmula ineludible para crear y mantener un imperio es, sin duda, la supremacía militar.
Seguimos siendo los mismos que en el Paleolítico y la dominación por la fuerza bruta se mantiene como la más efectiva. Para ser un imperio en tiempos modernos se necesita una industria fuerte, la capacidad de generar ciencia y tecnología pero, sobre todo, el cinismo y la voluntad para usar esos recursos en hacerse de armamento y un ejército respetables.
Una vez conseguido eso es posible, como se ha demostrado en los días que corren, meterse en la cocina de quien sea y aniquilar a quien sea, si ello es pertinente para los intereses del imperio. No es necesario pedir permiso ni dar cuentas a nadie.
Hacia sus ciudadanos los imperios dirigen armas que van desde la imposición más abierta hasta la sutilísima propaganda, y así logran consensos que niegan en el fondo principios y valores inherentes a la condición humana. Así es posible, como se ha visto, que el asesinato del malvado sea independiente de su identidad o, incluso, de su existencia objetiva, y resulte lo mismo acabar con Bin Laden que con Lex Luthor o Darth Vader.
Lo que de esto se desprende es que seguimos siendo los mismos: necesitamos dominar, necesitamos avasallar a los otros. Y el imperio usa también esos instintos primitivos para legitimarse y lograr que los muchos, acríticamente, salgan a las calles a celebrar la muerte del enemigo, como si festejar la aniquilación de quien sea no fuera el principio y el fin de la maldad humana.
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