jueves, 26 de mayo de 2011

De arqueros y metralletas

El arte zen de la arquería es una muestra de lo que el ser humano es capaz cuando dedica la vida a conocerse a sí mismo. Si lo pensamos bien, ello equivale a conocer el universo. En la pausadísima secuencia de actos que empiezan con aprestar el arco y la flecha, pasan por la identificación y lo que podría llamarse la comunión con el blanco, y terminan con el certero disparo, se resumen años de ejercicio introspectivo y  meditación que resultan materialmente incomprensibles para nuestra mente occidental. Esa preparación se cifra en la construcción de una realidad íntima que borra los conceptos y clasificaciones a los que es propensa la conciencia y toma de la observación del mundo todos los elementos que permiten al arquero reconocerse como indistinguible de su instrumento y su blanco. Acertar es lo de menos porque una vez logrado el verdadero objetivo, la redefinición del ser, lo que en realidad sería imposible es errar.
En las antípodas tenemos al soldado o al sicario que nos son tan familiares, disparando cientos de balas por minuto y a pesar de – ¿o debido a? - tanto despliegue técnico, tanta muerte y destrucción, siendo incapaces de dar una sola vez en el blanco.

No hay comentarios: