lunes, 20 de diciembre de 2010

Road movie

En el último mes recorrí en auto una distancia similar a la del radio de nuestro planeta. A diferencia del avión, viajar en auto permite mantener viva la noción de distancia. Mientras las distancias que solemos cubrir volando son mucho mayores, la única posible referencia que tenemos de ellas es la que nos dan los mapas y sus modernos sucedáneos. El tiempo en tránsito aéreo - única ancla, así sea indirecta, de la percepción de distancia- es muy variable, y generalmente se disloca desde el principio, con la incomodidad de las terminales aéreas, sus controles y sus esperas, que provocan una insana ilusión de que ya estamos viajando, cuando en realidad permanecemos lastimosamente en el mismo abarrotado sitio.

En cambio, uno empieza el viaje desde el momento en que pone el pie en el acelerador. La distancia se convierte entonces en una medida que no sólo arrojan tacómetros y computadoras de viaje, sino también la gradual mutación de orografías, que la convierten en un hecho absolutamente tangible.

Viajar en auto se ha transformado para mí de un mal necesario ligado con mi actividad profesional en un cotidiano placer. Como todos los placeres roba tiempo y es causante de un desgaste físico y mental notables. Sin embargo, recorrer las autopistas y carreteras de este país se ha tornado en una experiencia fabulosa, plena, sobre todo, de paisaje. La forma en la que viajo y las razones por las que lo hago no me desvían demasiado de las autopistas de paga y, consecuentemente, el país que recorro así no es el mismo que el que se vive yéndose por la libre. Viajando de esta forma me privo en general de pueblos y gente (cosa que por otro lado me ha facilitado el sortear lo peor de una violencia en ascenso y que no paga cuota), pero me permite cultivar la contemplación de paisajes, a cual más inquietantes, de geografías imposibles, de sorprendentes equilibrios y vegetaciones. Ello, combinado con el portento tecnológico del automóvil, ente arcaico y primitivo, ineficiente y depredador por naturaleza, pero por lo mismo significativo representante de nuestra contradictoria civilización, construye una combinación que podría imaginarse como imposible: la tranquila naturaleza del paisaje y su contemplación al borde de la adrenalina. Juntemos a esto el tercer elemento, la música, disfrutable en semejante ámbito gracias también a esa tecnología que nos define y nos pierde, y tenemos una mezcla que, al menos en mi caso, ya no puedo calificar sino de adictiva.

Y el último elemento, ilusorio en la medida en que depende de infraestructuras susceptibles de falla, es la sensación de libertad. A diferencia del vuelo comercial, viajar en auto significa hacerlo en los tiempos y con los ritmos que uno defina, significa la posibilidad de la pausa, de iniciar y terminar en términos propios. Por eso las ciudades en sus horas pico son enemigas de la libertad. A las ciudades hay que abordarlas de noche o madrugada, cuando pueden verse como meras extensiones de la carretera. Y así concebido, el recorrido motorizado de las grandes distancias define y explica con creces la pasión por el camino que es legendaria y se ha hecho literatura y cine allende nuestra frontera.

Es claro que esa cultura tiene una caducidad, no solamente producto de la escasez e inconveniencia de los combustibles fósiles, sino de la saturación de espacios en los que ya no habrá dónde colocar más pavimento. Me veo por ahora, pues, irresponsablemente  instalado en el goce de esta realidad atractiva y estimulante, y sé que si en mi periodo vital llega a darse un cambio sustancial en estos usos tan criticables guardaré, como de los peores horrores, una dulce e inevitable nostalgia.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Evocación de la noche

La música, recurrencia inevitable. Y regreso a ese doble álbum de Jordi Savall, maestro en el arte de urdir misterios sonoros, confabulado ahora para que sea la penumbra de la noche, al filo de un rayo de luna, el único escenario digno para escuchar el portentoso producto de su viola.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Diles que no me maten

Hace unos días, camino a Aguascalientes e inspirado por esa autopista que atraviesa paisajes que no puedo sino calificar de rulfianos, se me ocurrió ir escuchando las grabaciones de algunos cuentos de El Llano en Llamas, en la voz del autor. No cabe duda de que si a alguien debemos uno de las más elocuentes retratos de esta tierra y esta gente, aparte de los construidos por la lucidez de Paz, es a Rulfo. Tenía mucho que no me reencontraba con estos textos tan cristalinos, tan perfectos, tan pulidos por esa alquimia del lenguaje que da la ilusión de la más absoluta simplicidad cuando, en el fondo, están plagados de profundas alusiones, de intrincados espejismos, de una música laberíntica, secreta e irrepetible. Eso es Rulfo, irrepetible. Imagino a pocos autores tan difíciles de imitar sin que el producto se vea precisamente como eso: una burda imitación. Hay estilos amables que  permiten la repetición hasta el cansancio, sin por ello resultar especialmente chocantes. García Márquez fue el creador de uno de ellos, y así tenemos a una plétora de narradores, menores y no tanto, que han abrevado de ese estilo y producido una buena cantidad de obras, en muchos casos entretenidas, algunas incluso legibles. Con Rulfo eso se antoja imposible, tanto así que su obra, al final, terminó siendo necesariamente breve, me arriesgo a pensar que porque él mismo llegó a un punto en el que se convenció de que no había otro remedio porque ¿qué más puede jamás escribirse sobre Comala?
El estremecimiento que va invadiendo mi espalda cada vez que recorro la narración circular de Diles que no me maten y que, lejos de resolverse al culminar el cuento se queda ahí, largamente, anidado en una adrenalina irresoluble, es una de las más irrefutables muestras que he vivido del hipnótico poder de la literatura.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Y al final la música

Reflexionando sobre el tiempo, cosa harto común en la edad por la que transito y transitamos la mayoría de quienes me son caros, doy, una vez más, toda la razón a Borges, maestro como nadie en la elegante arquitectura de las frases definitivas. Si uno no puede estar más de acuerdo con aquéllo de que la lluvia es una cosa que sucede en el pasado, o bien que la arena parece destinada a medir el tiempo de los muertos, también es innegable que la música es, si algo, una misteriosa forma del tiempo. Quienes nos permitimos el ejercicio de su contemplación - imagino que aún más y de forma más profunda, quienes la interpretan - entendemos, fugazmente, que la eternidad puede cifrarse en unas cuantas notas geniales y, como materia dúctil y cotidiana, es merecedora de todas las admiraciones pero no, como la tradición helénica nos hizo creer, del menor de nuestros desvelos.

viernes, 29 de octubre de 2010

De literatura chatarra

En su inspirador recuento de ensayos literarios La verdad de las mentiras, Vargas Llosa titula "Elogio de la mala novela" a su sugerente escrito sobre una de las - coincido - peores novelas de la buena literatura, East of Eden de John Steinbeck la cual, sin embargo, leí de un tirón y me pareció la mar de entretenida. Vargas Llosa apela a lo que también Umberto Eco se ha dedicado ampliamente a analizar, que es ese hecho de que los humanos tenemos una marcada simpatía - yo diría por herencia evolutiva - por cierto tipo de eventos y personajes, lo cual convierte en una apuesta bastante segura el armar una narrativa, ya sea literaria o - más modernamente - cinematográfica, sobre esos modelos. La épica y el sacrificio heroico siempre nos van a hipnotizar, al igual que ciertos estereotipos (el héroe trágico, la madre desesperada, la doncella virtuosa, el joven que pierde la inocencia). El superhéroe de masas, como lo acuña Eco, llámese D'Artagnan, Emma Bovary o James Bond, se repite en nuestra cultura con variaciones más o menos aventuradas. Si algo tiene Steinbeck en la susodicha novela es, sin embargo, el tino de introducir variaciones algo más arriesgadas a las de la novela romántica y que terminan funcionando. Así, el personaje de Kathy, una exageración folletinesca de la Milady de Dumas, se mueve en claroscuros tan marcados que al final uno queda en el limbo, no sabiendo si ese sensual atractivo que el personaje consigue despertar puede justificarse de alguna manera, ya que moralmente no tiene perdón. (El mismo Vargas Llosa explota una variante de este tipo de fémina en sus Travesuras de la niña mala, novela insostenible salvo por el buen oficio del autor, capaz de convertir lo que sea en algo legible). En la literatura del siglo XX se llevaron estos juegos hasta extremos formidables, dejándonos personajes entrañables a la vez que execrables, como el Humbert Humbert de Nabokov. Siguiendo el hilo y apartándonos de lo que podemos calificar de literario, la fórmula del superhéroe de masas funciona muy bien y ha sido explotada ad nauseam por el comercio editorial, con productos tan disímiles como Harry Potter y sus trescientas variantes (sagas todas que abrevan del mismo tipo de superhéroe y temática, al final herederas de Tolkien, éste sí un escritor en toda la regla), pasando por los panfletos kilométricos de Ken Follet y Dan Brown hasta aterrizar en, y aquí el meollo de este texto, el fenómeno que muchos no dudan en considerar como un nuevo clásico: Stieg Larsson y su saga Millenium. Habiendo escuchado que más de uno de quienes yo catalogaba como buenos lectores hablaba maravillas de estos libros y habiendo llegado a mis manos el primer tomo, decidí meterme en él con la firme idea de entender porqué podía ser mejor que el resto de la literatura que mi K., siempre atinada e implacable, no duda en señalar a sus alumnos como "chatarra". Llegué a pensar que tal vez estábamos ante uno de esos raros casos, más propios de otros tiempos, en los que cierta literatura - que efectivamente se ganó el calificativo de clásica - empezó siendo un éxito comercial fabuloso (las imágenes de un atiborrado puerto de Nueva York esperando las entregas, si no me equivoco, de Oliver Twist, permanecen en el imaginario como fehaciente prueba).
Debo decir que mi sorpresa no fue menor: pocas veces he leído algo tan mal concebido y peor armado. Y mi estupefacción no se debió a la pobrísima calidad de lo que leía, cosa predecible y en línea con su apabullante éxito comercial, sino al hecho de que hubiera quien lo defendiera, fuera del nutrido círculo de consumidores cotidianos de literatura chatarra. Saber que gente no ajena a las letras pudiera considerar estos libros como algo rescatable me pareció un enigma y me llevó a reflexionar más a fondo lo qué puede estar detrás, aparte del fenómeno de marketing que, sin duda, hace que la sociedad de consumo acepte engaños monumentales de los que, por ejemplo, el iPad es una elocuente muestra. Se precisaba de un ejercicio de introspección porque, pese a lo débil del entramado narrativo, lleno de salidas a modo y con múltiples costuras groseramente visibles, debo confesar que no tuve dificultad alguna en leer sus varios cientos de páginas, cuando en general no suelo pasar de un par cuando intento abordar esta índole de escritos, siendo, lo admito, rápidamente dominado por mis prejuicios y mi anhelo de ocupar el precioso tiempo en leer lo que sí vale la pena. Haciendo agua por todas partes y con una escritura que lo que parece buscar es complacer a un guionista, clamando así por su rápida adaptación al cine - cosa que, lógicamente, ya ocurrió -, la novela Los hombres que no amaban a la mujeres (e imagino que lo mismo se aplica al resto de la famosa trilogía) tiene, sin embargo, un elemento que comparte con la gran literatura y, si es posible decirlo, deja una salida para entender el de otra manera incomprensible efecto sobre el lector versado: propone ("construye" sería decir demasiado) una variante de personaje protagónico femenino que, sin llegar (ni eso le concedo) a una originalidad extrema, sí lo convierte en uno muy atractivo, superior al que presumo es común en este tipo de narraciones, y que confirma una vez más la receta de Eco. Lisbeth Salander tiene todo lo necesario para ser admirada, querida e incluso deseada por prácticamente quien sea. De una antipatía patológica y una irrenunciable rebeldía, atesora rabiosamente una ternura y una determinación adorables (en eso se parece a la creación maestra de Eastwood en "Million Dollar Baby"), al tiempo que mantiene una mente aguda y portentosa en un bajo perfil que la hace parecer estúpida. Sin ser bonita, tiene ese atractivo sensual que el autor, en otro de sus amarres artificiosos pero efectivos, aprovecha para sentar la relación con el protagonista masculino, éste sí tan plano y bobo que solamente nos cae bien por ser el representante de una medianía que es la nuestra y la que pulula en las sociedades "decentes" ("I'm a family man, and my bark is much worse than my bite"). El otro elemento de la novela que resulta llamativo es esa explotación de la brutal violencia arropada por una sociedad que, de puertas para afuera, parece un prodigio de civilización y orden, pero que en los espacios íntimos de la alcoba y la oficina es capaz de las peores atrocidades (y de ahí se obliga "Festen", el otro referente cinematográfico).

Lisbeth Salander y el morbo, combinación perfecta  que, sin poder escapar del implacable calificativo de "chatarra", logra urdir un best seller con una singular eficacia narrativa.

Tal vez una de las marcas que delatan a la chatarra literaria sea que, en general, sus adaptaciones al cine son mejores (en el sentido de más entretenidas o más sostenibles) que el texto escrito. Sin haberlo visto, puedo apostar a que disfrutaré viendo cine sueco con - imagino - alguna actriz bien seleccionada para encarnar a la joven Salander y redondear la fantasía que la carencia de talento literario del Sr. Larsson dejó coja.


Si queremos una novela con un personaje femenino al límite y que, a su vez, sea una verdadera obra maestra, una reinvención del lenguaje y del género, busquemos a la inolvidable Violeta de Diablo Guardián, y preguntémonos porqué Xavier Velasco, fuera del Premio Alfaguara, no ha logrado un fenómeno editorial que, éste sí digno émulo de Dickens, combine calidad y mercado; ¿será porque a su manera es una suerte de Lisbeth Salander marginal en un país en el que lo que sobra es violencia?

lunes, 25 de octubre de 2010

No quisiera ...

En su última intervención en la revista Letras Libres, Guillermo Sheridan hace un ejercicio interesante que, en mi opinión, retrata de forma elocuente una de las caras más significativas de la realidad que viven importantes zonas de nuestro país, en donde no sólo se ha generado una cultura (en su acepción antropológica más amplia) en torno al narcotráfico, sino que ésta ha trascendido los límites meramente narrativos para enquistarse en la realidad cotidiana de mucha gente, en especial jóvenes, que encuentran en capos y sicarios modas y modelos tan atractivos como en otros sectores pudieran ser, por decir algo, los Jonas Brothers. Baste ver el video que propone Sheridan y la, como él atinadamente nombra, "mesa redonda", formada por los miles de comentarios en torno a él:  

http://www.youtube.com/watch?v=7x93aqiZ51w 

Se obliga una reflexión. Las sociedades modernas, bajo el modelo liberal de democracia, buscan idealmente fortalecerse en el disenso, en la posibilidad de que muchas voces puedan dialogar en el marco de una libertad irrestricta de expresión. Ninguna de las variantes que hemos encontrado de este modelo es perfecta, como difícilmente puede serlo una empresa humana, pero al menos establecen bases de convivencia que comparten el respeto, también indiscutible, a derechos que nos son comunes por el sólo hecho de pertenecer a nuestra especie. Por eso es inaceptable la pena de muerte, la tortura o la esclavitud. Por eso también es inaceptable que muchos de nuestros jóvenes, por la espiral de descomposición social en la que se precipita México, la falta de desarrollo económico, la pobreza de opciones educativas y de pensamiento crítico, el imperdonable oportunismo y miopía de los gobiernos, la indiferencia de las mayorías, la mercadotecnia salvaje, vean como natural el limpiar un campo a bazucazos, el hacer levantones "de los mejores", y encuentren que torturar y degollar a la gente es divertidísimo y lo conviertan en lo que está "in".

Siguiendo a Voltaire, daría mi vida por el derecho de los demás a expresar lo que piensan, pero honestamente no quisiera hallarme en el trance de tener que discutir de derechos con "El Komander"...

 

jueves, 21 de octubre de 2010

Denise

No siempre de acuerdo, muchas veces no compartiendo cierta estridencia que suele usar como método, lo que sí es un hecho es que tengo con Denise Dresser un affaire intelectual que ya peina canas. Affaire que, como signo de una modernidad que también ya peina las suyas, es previsiblemente unidireccional - aunque ya hubo alguna vez que tuvimos un brevísimo intercambio epistolar que, ahora que lo pienso, habría de rescatar. Como sucede con todo affaire que se precie, la vida de todos los días y el tiempo - ese cínico - se confabulan para diluirlo, y tenía ya rato que no leía algo de ella, hasta que, gracias a mi K. y a una carambola de varias bandas que involucra a la tan execrada USEBEQ, cae en mis manos el texto siguiente, con el que, ahora sí Denise, no podría estar más de acuerdo...



Y en los tiempos oscuros, ¿habrá canto?
Sí. Habrá el canto sobre los tiempos oscuros.
                                                           Bertolt Brecht


Hace unos días, el presidente Felipe Calderón criticó a los críticos y convocó a hablar bien de México: "Hablar bien de México, de las ventajas que México tiene... es la manera de construir, precisamente, el futuro del país". Y de allí, siguiendo su propio exhorto, pasó a congratularse porque la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes aquí es más baja que en Colombia, Brasil, El Salvador o Nueva Orleáns. Las ventajas de México quedarán claras cuando decidamos hablar bien del país, concluyó.

Escribo ahora para pedirte -lector o lectora- que hagas exactamente lo contrario a lo que el Presidente exige. Escribo ahora para recordarte que el estoicismo, la resignación, la complicidad, el silencio, y la impasibilidad de tantos explican por qué un país tan majestuoso como México ha sido tan mal gobernado. Es la tarea del ciudadano, como lo apuntaba Günter Grass, vivir con la boca abierta. Hablar bien de los ríos claros y transparentes, pero hablar mal de los políticos opacos y tramposos; hablar bien de los árboles erguidos y frondosos pero hablar mal de las instituciones torcidas y corrompidas; hablar bien del país pero hablar mal de quienes se lo han embolsado.

El oficio de ser un buen ciudadano parte del compromiso de llamar a las cosas por su nombre. De descubrir la verdad aunque haya tantos empeñados en esconderla. De decirle a los corruptos que lo han sido; de decirle a los abusivos que deberían dejar de serlo; de decirle a quienes han expoliado al país que no tienen derecho a seguir haciéndolo; de mirar a México con la honestidad que necesita; de mostrar que somos mejores que nuestra clase política y no tenemos el gobierno que merecemos. De vivir anclado en la indignación permanente: criticando, proponiendo, sacudiendo. De alzar la vara de medición. De convertirte en autor de un lenguaje que intenta decirle la verdad al poder. Porque hay pocas cosas peores -como lo advertía Martin Luther King- que el apabullante silencio de la gente buena. Ser ciudadano requiere entender que la obligación intelectual mayor es rendirle tributo a tu país a través de la crítica.

Ahora bien, ser un buen ciudadano en México no es una tarea fácil. Implica tolerar los vituperios de quienes te exigen que te pases el alto, cuando insistes en pararte allí. Implica resistir las burlas de quienes te rodean cuando admites que pagas impuestos, porque lo consideras una obligación moral. Lleva con frecuencia a la sensación de desesperación ante el poder omnipresente de los medios, la gerontocracia sindical, los empresarios resistentes al cambio, los empeñados en proteger sus privilegios.

Aun así me parece que hay un gran valor en el espíritu de oposición permanente y constructiva versus el acomodamiento fácil. Hay algo intelectual y moralmente poderoso en disentir del statu quo y encabezar la lucha por la representación de quienes no tienen voz en su propio país. Como apunta el escritor J.M. Coetzee, cuando algunos hombres sufren injustamente, es el destino de quienes son testigos de su sufrimiento padecer la humillación de presenciarlo. Por ello se vuelve imperativo criticar la corrupción, defender a los débiles, retar a la autoridad imperfecta u opresiva. Por ello se vuelve fundamental seguir denunciando las casas de Arturo Montiel y los pasaportes falsos de Raúl Salinas de Gortari y las mentiras de Mario Marín y los abusos de Carlos Romero Deschamps y el escandaloso Partido Verde y los niños muertos de la guardería ABC y los cinco millones de pobres más.

No se trata de desempeñar el papel de quejumbroso y plañidero o erigirse en la Casandra que nadie quiere oír. No se trata de llevar a cabo una crítica rutinaria, monocromática, predecible. Más bien un buen ciudadano busca mantener vivas las aspiraciones eternas de verdad y justicia en un sistema político que se burla de ellas. Sabe que el suyo debe ser un papel puntiagudo, punzante, cuestionador. Sabe que le corresponde hacer las preguntas difíciles, confrontar la ortodoxia, enfrentar el dogma. Sabe que debe asumirse como alguien cuya razón de ser es representar a las personas y a las causas que muchos preferirían ignorar. Sabe que todos los seres humanos tienen derecho a aspirar a ciertos estándares decentes de comportamiento de parte del gobierno. Y sabe que la violación de esos estándares debe ser detectada y denunciada: hablando, escribiendo, participando, diagnosticando un problema o fundando una ONG para lidiar con él.

Ser un buen ciudadano en México es una vocación que requiere compromiso y osadía. Es tener el valor de creer en algo profundamente y estar dispuesto a convencer a los demás sobre ello. Es retar de manera continua las medias verdades, la mediocridad, la corrección política, la mendacidad. Es resistir la cooptación. Es vivir produciendo pequeños shocks y terremotos y sacudidas. Vivir generando incomodidad. Vivir en alerta constante. Vivir sin bajar la guardia. Vivir alterando, milímetro tras milímetro, la percepción de la realidad para así cambiarla. Vivir, como lo sugería George Orwell, diciéndoles a los demás lo que no quieren oír.

Quienes hacen suyo el oficio de disentir no están en busca del avance material, del avance personal o de una relación cercana con un diputado o un delegado o un presidente municipal o un Secretario de Estado o un Presidente. Viven en ese lugar habitado por quienes entienden que ningún poder es demasiado grande para ser criticado. El oficio de ser incómodo no trae consigo privilegios ni reconocimiento, ni premios, ni honores. Uno se vuelve la persona que nadie sabe en realidad si debe ser invitada, o el colaborador de una revista a la cual le recortan la publicidad.

Pero el ciudadano crítico debe poseer una gran capacidad para resistir las imágenes convencionales, las narrativas oficiales, las justificaciones circuladas por televisoras poderosas o Presidentes porristas. La tarea que le toca -te toca- precisamente es la de desenmascarar versiones alternativas y desenterrar lo olvidado. No es una tarea fácil porque implica estar parado siempre del lado de los que no tienen quién los represente, escribe Edward Said. Y no por idealismo romántico, sino por el compromiso con formar parte del equipo de rescate de un país secuestrado por gobernadores venales y líderes sindicales corruptos y monopolistas rapaces. Aunque la voz del crítico es solitaria, adquiere resonancia en la medida en la que es capaz de articular la realidad de un movimiento o las aspiraciones de un grupo. Es una voz que nos recuerda aquello que está escrito en la tumba de Sigmund Freud en Viena: "la voz de la razón es pequeña pero muy persistente".

Vivir así tiene una extraordinaria ventaja: la libertad. El enorme placer de pensar por uno mismo. Eso que te lleva a ver las cosas no simplemente como son, sino por qué llegaron a ser de esa manera. Cuando asumes el pensamiento crítico, no percibes a la realidad como un hecho dado, inamovible, incambiable, sino como una situación contingente, resultado de decisiones humanas. La crisis del país se convierte en algo que es posible revertir, que es posible alterar mediante la acción decidida y el debate público intenso. La crítica se convierte en una forma de abastecer la esperanza en el país posible. Hablar mal de México se vuelve una forma de aspirar al país mejor.

Esta es una posición vital extraordinariamente útil pero heterodoxa en un lugar que cambia pero muy lentamente debido a la complicidad de sus habitantes y sus gobernantes. Porque hay tantos que parten de la premisa: "así es México". Tantos que parten de la inevitabilidad. Tantos que parten de la conformidad. Ya lo decía Octavio Paz: "Y si no somos todos estoicos e impasibles -como Juárez y Cuauhtémoc- al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de nuestras victorias nos conmueve nuestra entereza ante la adversidad". Allí está nuestro conformismo con la corrupción cuando es compartida. Nuestra propensión a compararnos hacia abajo y congratularnos -como lo hace Felipe Calderón- porque por lo menos México no es tan violento como la ciudad de Nueva Orleáns.

Ante esa propensión al conformismo te invito a hablar mal de México. A formar parte de los ciudadanos que se rehúsan a aceptar la lógica compartida del "por lo menos". A los que ejercen a cabalidad el oficio de la ciudadanía crítica. A los que alzan un espejo para que un país pueda verse a sí mismo tal y como es. A los que dicen "no". A los que resisten el uso arbitrario de la autoridad. A los que asumen el reto de la inteligencia libre. A los que piensan diferente. A los que declaran que el emperador está desnudo. A los que se involucran en causas y en temas y en movimientos más grandes que sí mismos. A los que en tiempos de grandes disyuntivas éticas no permanecen neutrales. A los que se niegan a ser espectadores de la injusticia o la estupidez. A los que critican a México porque están cansados de aquello que Carlos Pellicer llamó "el esplendor ausente". A los que cantan en la oscuridad porque es la única forma de iluminarla - Denise Dresser.

martes, 19 de octubre de 2010

La guerra que no entendemos

Reflexiono sobre el editorial del expresidente colombiano Ernesto Samper en El País (5 de octubre de 2010), en el sentido de que la guerra contra el narcotráfico emprendida por el gobierno de México es el único camino que evitará una eventual toma del país y sus instituciones por las fuerzas del mal y que, en ese sentido, las críticas a la estrategia del presidente Calderón adolecen de una fatídica falta de patriotismo y compromiso, siendo parciales o insensatas, concluyendo que México, como un todo y como Colombia en su tiempo, debe asumir los cruentos saldos que ya estamos viendo. Me parece que, como en muchos de los análisis que cunden sobre este tema, éste adolece de una enorme estrechez de miras. Puede uno dejarse impresionar por quien firma, pero - hablando desde una cómoda ignorancia, porque desconozco el caso Colombia -  alcanzo a ver varios hechos que a mi parecer acotan la eficacia de los conejos que el ínclito expresidente pueda dar. El primero es que Colombia, pese a haber aparentemente “derrotado” a los cárteles más violentos, sigue siendo el primer productor de droga del hemisferio y una parte importante de su territorio está totalmente controlada por la guerrilla asociada al narco. Da más la impresión de que, en algún momento, se alcanzaron equilibrios dentro de una guerra que a nada llevaba y actualmente se vive un “status quo” que se ve de cuando en cuando sacudido por golpes como el reciente ataque al enclave de las FARC en el que se ultimó a uno de sus caudillos más importantes. El segundo es que la complejidad organizacional y la variedad de cárteles en México definen una realidad muy diferente a la que Colombia llegó a vivir, además de que los cárteles mexicanos están cifrados en el negocio ilícito, sin estar asociados a ninguna agenda guerrillera que abandere una ideología de reivindicación social. La pugna por territorios ha sido la base de la pelea entre los cárteles en México, exacerbada hasta lo indecible por los golpes poco hábiles de un gobierno que empezó esta lucha con la idea de legitimarse, más que con la de realmente buscar resolver un problema que tiene mil aristas. A todas luces, la miopía del gobierno mexicano está saliendo muy cara. Me parece que intentar comparar el problema mexicano con el colombiano de hace 25 años es un error de lógica, porque las premisas no son las mismas y los escenarios son radicalmente distintos.
Y lo que me parece más relevante de todo, y es algo que los políticos y muchos analistas dejan de lado en la mayoría de las discusiones por lo delicado de ciertos temas, el narcotráfico antes que nada es un gran negocio, funciona de acuerdo con las leyes de la oferta y la demanda, y se ha desarrollado a la par que los demás negocios comerciales del mundo moderno (se ha diversificado, se ha globalizado, ha hecho alianzas estratégicas, ha ampliado sus redes de distribución, etc.): atacar a balazos un engrane de una maquinaria mucho más grande, sin buscar estrategias para desarmarla en todos los frentes y desde el inicio de la cadena (la producción en Colombia y México) hasta la distribución y el consumo en los grandes mercados (EU principalmente), pasando por los demás elementos concomitantes (como el tráfico de personas y de armas) me parece, siendo amables, ingenuo, siendo realistas, un gran error, por no decir una estupidez. Que nadie me diga que el problema se acaba cruzando la frontera con EU, que la droga “mágicamente” llega a las manitas de Lindsay Lohan en Beverly Hills y de los junkies en el Bronx sin que en medio haya una red de distribución más parecida a la de Wal-Mart que lo que imaginamos, y que esa red no existe con la colusión de autoridades y el acuerdo de gobiernos en todos los órdenes (todos éstos al norte de la frontera). Ciertamente, para el “establishment” estadounidense es muy cómodo que México, el de por sí corrupto e inepto, ponga los muertos, mientras que su industria manufacturera de armas - una de las pocas que le quedan -  tiene en los cárteles mexicanos una clientela segura y que paga en efectivo.
El tema da para largo y temo que seguiremos viviéndolo por mucho tiempo, pero al final sigo apostando porque en este país, así como hay muchos metidos en esa actividad económica arriesgada y que en muchos casos exige la renuncia a principios que deberían ser la base para la convivencia social, también hay una mayoría que todos los días hace su chamba y le pone empeño, alegría y talento. Yo lo veo todos los días y lo agradezco, porque como se ven las cosas es fácil dejarse llevar por la desesperanza, y son nuestros mismos compatriotas los que me están enseñando a diario que la vida también es noticia.

viernes, 8 de octubre de 2010

La verdad de las mentiras

Cuando murió Borges escuché decir a alguien, quizás a mi padre, lo que luego fue lugar común: que si algo deprestigiaba al Nobel era no habérselo dado. Los que vivimos el universo paralelo de los laberintos y los espejos, esa urdimbre borgiana que simula la realidad -o acaso la sustituye - no podemos estar más de acuerdo. No obstante y por criticable que se le considere, en especial por quienes deja fuera y por algunos de los que incluye, el Nobel de Literatura es un referente. Uno puede estar relativamente seguro de que quienes han sido tocados por la insigne vara son, cuando menos, legibles. Si se cuela algún Saramago se debe a la fragilidad de las empresas humanas, siempre propensas al error o a la simulación (que a todas luces permite dudas sobre si las inclusiones de un turco o un judío húngaro se debieron a la calidad literaria o a agendas que nada tienen que ver con ella). Más graves suelen ser las omisiones, cuando aparte de Borges  reclamamos la ausencia de Rulfo, ni se diga de Cortázar, por hablar solamente de las letras iberoamericanas. Semejante reclamo, no obstante, nos lo ahorraremos ahora con el nombramiento de otro mentiroso de cepa, como seguramente él mismo aceptaría calificarse, y cuya obra literaria, si algo tiene, es la referencia a un humanismo renacentista, cojo desde que se fue Paz, y que en estos días y en esta América Latina resulta casi un milagro y un patrimonio invaluable. Mientras es la narrativa la que permite juzgar a un Coetzee o a un García Márquez y ubicarlos entre los artífices de la reinvención literaria en sus respectivas lenguas, es en el ensayo donde Vargas Llosa se expande a sus anchas y consigue lo que pocos con un género más presto a la divagación analítica que a la paleta del pintor. Para mí sus novelas, de factura sin discusión solvente, adolecen con frecuencia de inconstancia, a veces se regocijan en el exceso y no logran, al menos en mí y con sus dignísimas excepciones, tanto como sus ensayos. En cambio, sus libros acerca de libros son uno de los estimulantes más fabulosos que he encontrado para leer y releer. Gracias a ellos la relectura, siempre un ejercicio entrañable, se ha tornado en algunos casos en una aventura de vuelos inimaginables, y así Victor Hugo y Flaubert dejan el ámbito de lo sagrado para andar entre los hombres, enseñando con sus muy humanas virtudes y defectos lo que significa la empresa de dotar a la imaginación de sustancia, a las mentiras de verdad. La literatura - en ello no puede negar su pertenencia a la esfera de las artes - trasciende al creador y se convierte en pertenencia de aquéllos a los que ha cambiado la vida, y sólo un alquimista como Vargas Llosa, que sabe discurrir sobre el discurso, conocedor por propia experiencia de la dificultad de la empresa y de los dones que se precisan para acometerla y salir avante, puede hechizar en el camino a quienes, llamados por el canto de sirenas de su hipnótica prosa, no podemos sino brincar de ahí a releer a Faulkner y adorar a Virgina Woolf. Salve pues, Maestro, y dejémonos alegrar por tu entrada a semejante lista.

martes, 21 de septiembre de 2010

Propósito

Los humanos tenemos características, hijas de nuestra capacidad de procesar el mundo a través del lenguaje, que nos definen y, en numerosas ocasiones, suelen convertirnos en una sutil caricatura. Veamos si no la soberbia, que es una extensión patológica del orgullo, ese sentimiento, traducido en comportamiento, que en los animales superiores más bien sirve para definir territorios y zanjar disputas jerárquicas. Los humanos somos soberbios. Entendemos un poco, demasiado poco, de nuestro universo, y así y todo asumimos que podemos dominarlo con la mano izquierda mientras la derecha hace cosas más importantes. Y nos creemos con un propósito. Sostenemos que lo que hacemos debe tener una trascendencia que nos justifique, que aclare sin visos de duda las razones detrás de nuestros actos, que al final explique porqué no fuimos más atentos, o más empáticos, o más pacientes, o menos nerviosos, o tuvimos más tiempo, o... Y vamos por la vida sin percatarnos de que la trascendencia individual, si algo, es un concepto pleno de extrema soberbia. No existe tal cosa como un propósito último, porque el universo mismo carece de él. La eterna discusión entre el ser y el deber ser que, siempre he creído, carece absolutamente de sentido porque lo que es, simplemente, es. Entonces tenemos, como es costumbre, de dos: o nos dejamos llevar por la existencia, sin mayores complicaciones, sin mayores propósitos, siendo simplemente en el mundo (fácil, nuestra civilización no sabe cómo hacerlo y solamente contados místicos - entre ellos algunos científicos y poetas - lo han logrado), o bien nos inventamos propósitos propios, únicos, individuales, que nos apasionen tanto que aprendamos a dar la vida por ellos. Propósitos que no tengan que significar nada para nadie más que para uno mismo, que no busquen perdurar ni justificarse de manera alguna (salvo, si acaso, de forma funcional, para mantenerlos vivos en un mundo material). Me queda claro que quienes se fijan propósitos así y viven en concordancia, son los seres de los que más se aprende y con quienes es más estimulante compartir el mundo, así el propósito sea encerar coches, dar ponencias magistrales, operar montacargas o luchar contra el calentamiento global. Al final de los días ninguno de ellos contará más que los otros, pero en el día de cada día cada uno tiene un valor en sí mismo, que depende exclusivamente de quien vive para él.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Stardust

Uno de los más extraordinarios conceptos que encontré en mi infancia y que ha marcado de forma indeleble mi visión del mundo es otra aportación del maestro Sagan y su serie televisiva de los setentas, la cual con motivo de la entrada anterior he estado revisitando. Existe el descubrimiento de la física moderna de que las estrellas son inmensos reactores nucleares que transforman unos elementos en otros, partiendo de la primigenia fusión del hidrógeno en helio, y continúan, a lo largo de sus existencias que abarcan eones, con una cadena de reacciones que van llevando a la materia por un recorrido complejo y fascinante por la tabla periódica. A su muerte, ya sea portentosa y espectacular como supernovas, o triste y lóbrega como enanas blancas, las estrellas dejan como herencia para el universo una riqueza química que se esparce por doquier. Y esa riqueza, a través de las eras cósmicas, se ha condensado en planetas y lunas. Muy poca, casi nada, de la materia que existe en nuestra Tierra se ha originado aquí, si acaso lo mínimo que ha dejado la desintegración de elementos readiactivos y los primeros intentos humanos de dominar al átomo en el siglo XX. Viene aquí la estremecedora conclusión: somos materia estelar. Pensémoslo con cuidado... Mira tu mano, esa parte de ti que eres tú, que te permite interactuar con el mundo, que siente y acaricia, esa parte tuya que no te puedes imaginar separada de ti... Toda la materia que construye ese portento biológico y mecánico que es tu mano estuvo alguna vez, hace millones de años, en una estrella... Viajó años luz por el cosmos... Formó parte de múltiples estructuras, inorgánicas y orgánicas, de muy diversa complejidad... Ahora es tu mano, eres tú, polvo de estrellas que busca, de manera inconsciente, el regreso a casa...

lunes, 23 de agosto de 2010

The Pale Blue Dot

Para quienes nos negamos a las salidas simples, a la milagrería religiosa o la fe gratuita, resulta difícil cuadrar la existencia con la confianza de que podremos trascender tiempos oscuros, como los que sin duda corren. Uno de los bálsamos intelectuales más emotivos que he encontrado se encuentra, otra vez, en las palabras de Carl Sagan, humanista moderno y defensor de la única fe a la que los escépticos damos algún crédito: la fe en la razón...

http://www.youtube.com/watch?v=MnFMrNdj1yY&feature=related

jueves, 19 de agosto de 2010

¿Cuántos amigos has borrado del Facebook?

Judith Torrea, premio de periodismo Ortega y Gasset 2010 en la categoría de publicación en Internet, puso en su blog http://juarezenlasombra.blogspot.com (entrada del pasado 5 de agosto) el dedo en la llaga de forma inmisericorde: vivimos en un país donde los jóvenes empiezan a borrar a sus muertos de las redes sociales. Pocas descripciones más elocuentes de lo que ocurre. Ciudad Juárez lleva rato siendo un extremo, pero el actual ejemplo de Monterrey nos ilustra que en todos lados la espada de Damocles pende ineludible sobre una ciudadanía que ya se divide en dos: los que todavía se niegan a ver y los que han sido obligados a ver. Lo perturbador es que el tránsito de un grupo al otro ha ido ligado, las más de las veces, con tener algún muerto cercano que lamentar. El mismo M. intercambió amables saludos con el recién sacrificado edil neoloenés un par de días antes de que lo montaran en la negra espalda del tiempo. Gente de a pie que se pierde, arrastrada por una espiral de violencia que ya no puede sernos ajena. Durante años ignoramos a Juárez, primero a sus muertas y luego, cuando la democracia de la muerte se instaló con el cinismo que la caracteriza, preferimos voltear para otro lado, si es que improbablemente estábamos mirando. Pero ahora ya no hay hacia dónde voltear. Ocurre lo que en tantas guerras; parafraseando, creo, a Brecht: "dejé que se llevaran a los otros, ahora vienen por mí y es demasiado tarde". Tiempo atrás me impresionaban los rostros de los jóvenes estadounidenses muertos en Irak, convertidos en una trama de pixeles en la página web del NYT y escribí: esperemos no ver el rostro de quienes amamos convertido en pixeles. Ahora la democracia de la muerte - esa cínica - se ha instalado tan cerca que lo que termino haciendo es votos por no tener que empezar a borrar amigos del directorio de Outlook (ni modo, el FB no es lo mío). Ya hay compatriotas, tantos jóvenes - imaginemos lo que eso significa -, que han empezado a hacerlo. Dolor, miedo y vacío por lo que no queremos que sea y no podemos seguir ignorando que para muchos ya es. Ciertamente la desesperanza es un peligro latente y tenemos la responsabilidad, en tanto podamos mantenernos a salvo, de prevalecer sobre ella.

martes, 10 de agosto de 2010

La guerra que esperábamos

Platicando con M - prueba inequívoca de que uno de los sellos más definitorios de la amistad es la constancia -  recordábamos que llevamos al menos quince años de, prácticamente semana a semana, departir sobre cualquier multitud de temas y, entre ellos, recurrente por ineludible, en primerísimo sitio el de la realidad de nuestro muy agobiado país. Y así hemos recorrido una historia que terminará escribiéndose con mayúsculas y que, por acotarla de alguna manera, inicia en las postrimerías de la era salinista, con el cierre de un sexenio que se presumía brillante hasta que se estrelló contra una realidad más grande que cualquier ilusión neoliberal. Y de ahí a Marcos y Colosio, a los sangrientos saldos de la violencia política, a la caída de facto de un régimen y la angustiosa de una economía, a la negociación zedillista, al cambio de bandera, a los corruptos ineptos del foxismo, a la reedición de la duda electoral casi veinte años después y, ahora, a la pequeñez de Calderón, rey chiquito en cruzada contra las fuerzas de un mal que no entiende.
Y durante todos esos años la otra constante era la relación de los agravios que se acumulaban uno tras otro. En sus tiempos de oro el priismo supo negociar los agravios. La famosa política del pan y el garrote mantuvo al México bravo a raya durante décadas. Los primeros signos, se sabe, de que las cosas iban cambiando, se remontan al 68, y aun así se requirieron de muchos años más y de una suma incalculable de atropellos e injusticias para que pudiésemos pensar seriamente en un estallido social. En los noventa veíamos claramente que la vieja escuela de corporativizar sectores abusados y comprar líderes, columna vertebral del tradicional sostenimiento de la paz social, empezaba realmente a tambalearse, mucho por desgaste, pero también por relevos generacionales y reacomodos dramáticos en los sectores del poder. Y vinieron Acteal y Atenco, y la crisis del 95 y la toma de la UNAM, y las muertas de Juárez, y la ley Televisa y la elección del 2006, y Oaxaca, y el góber precioso y la liquidación de Luz y Fuerza, y la reedición de Cananea y un largo, larguísimo etcétera. Todo mezclado sin orden ni concierto en un caos de quince años. Y llevamos muchos de éstos diciendo que la cantidad de inconformes ha ido aumentando geométricamente, sin paliativos, y que eso nos llevaría necesariamente a una inestabilidad social incontrolable.
Instalados en conceptos de otras épocas, pensábamos que en algún momento no muy lejano estaríamos viendo algo similar a una revolución. Algunos la creímos cuando Chiapas, pero ésta traía una agenda no despreciable pero muy puntual, logró lo que se propuso y se retrajo. El alzamiento zapatista, sin embargo, vino a corroborar lo que M. distingue como inherente a las revoluciones sociales, al menos como las entendemos los nostálgicos, y es que van necesariamente ligadas con ideología. Por ello, la inestabilidad que avizorábamos no podía, por la pluralidad de agravios y agraviados, sumada a la caída de los grandes constructos ideológicos y el triunfo de la pragmática, resolverse en una revolución.
Así, impensadamente, esperábamos una revolución y, sin habernos percatado, la guerra civil entró por la puerta trasera y se ha instalado por sus fueros en nuestra realidad nacional, de forma harto dramática y tan peculiar que la amplia mayoría no acierta a tomarla como tal, en primer lugar porque se niega a verla. ¿Y cómo no negarse cuando lo que experimentamos los más es un tangencial, pero no por ello menos inquietante, contacto con la más exacerbada violencia? Y pese a ello y hasta ahora es posible pasearse por México como si nada pasara, manteniendo en nuestras mentes ese constructo de "yo no tengo nada que ver, así que no corro riesgos". Hasta que pasa. Y lo que muchos nos negamos a ver es que la probabilidad de acabar en el lugar incorrecto en el momento inoportuno ha aumentado enormemente. Nos negamos como defensa sicológica (en ese sentido nuestro funcionamiento como sociedad es, efectivamente, el propio de la que se ve envuelta en una guerra civil, y si no preguntémosles a los irlandeses o a los bosnios), pero también por ignorancia y discriminación.
Ignorancia, porque la violencia que se ha desatado en todo México no es ni con mucho ajena y, estoy firmemente convencido, tiene gran parte de su origen en la suma de agravios de la que hablábamos. Agravios sólo posibles, al final del día, en una sociedad que vive discriminando, donde las desigualdades, especialmente económicas, han generado un odio entre clases que sólo halla salida en la agresión. ¿Por qué si no hay amplios sectores de la población que veladamente - o ni tanto - se alegran por el secuestro del Jefe Diego?¿Por qué si no hubo muchos que dijeron "ya era hora de que también a ellos les tocara" cuando acribillaron al candidato priista en Tamaulipas (tengo la impresión de que muy pocos lo pensaron cuando Colosio)? ¿Por qué pudo un excandidato presidencial arrancar aplausos en una multitud cuando habló despectivamente de la “marcha de los pirrurris"?¿Cuántos sicarios del crimen organizado son chicos apenas salidos de la adolescencia que no ven opciones en su vida y se dejan seducir por la droga y el dinero (que, no nos equivoquemos, no se llama "fácil", se llama simplemente dinero) para, de alguna retorcida manera, sacar sus frustraciones y “desquitarse” con la aniquilación de los otros?¿Cuánta gente vive agradecida con el capo en turno, moderna caricatura del otrora señor feudal, que ha llevado la protección y el progreso a pueblos y comunidades, y sienten que ello está más que justificado porque, en el mejor de los casos, nunca habían recibido otra cosa del sistema que migajas durante las campañas políticas?¿Cuántos no pagan, incluso gustosos, en dinero o en especie, la protección de personajes que, en el vacío generado por la falta de líderes humanistas y estadistas comprometidos, se han convertido en verdaderos héroes en el imaginario popular?¿Cuántos de éstos no se han ganado la más abierta admiración, nada más (y nada menos) porque se enfrentan ferozmente con las mismas instituciones de seguridad que en incontables ocasiones han violentado los derechos de quienes los admiran? (Pavoroso por significativo en los últimos días fue leer el manejo de los medios del "épico" sacrificio de un capo en Guadalajara. Me apunto para componerle un corrido).
Digresión: Lo sabemos y la Historia nos alecciona: la violencia genera violencia. Tenemos violencia y tendremos más, así que más vale que hagamos algo.
Lo que tenemos que entender es que no se trata, nunca se ha tratado, de "ellos" y "nosotros": se trata de "nosotros", nada más. Y esto no es mera retórica. Una sociedad es un "nosotros", un organismo que funciona por la suma de individualidades. La metáfora es aplicable en toda su extensión. Si el organismo está enfermo hay de dos sopas: amputamos todo lo que le duela y, entonces sí, tal vez lo matemos, o apelamos a la buena ciencia médica y nos esforzamos en ver las interrelaciones, en sanar lo que está fallando, en tratar el todo con cuidado, decisión y respeto. Como individuos, cual otras tantas células, estoy cierto de que los ciudadanos podemos sumarnos para que sane el organismo que somos todos juntos. Desde la modestia de nuestra trinchera necesitamos, cada uno, intentar comprenderlo, generar en nuestro entorno entendimiento, tolerancia, empatía hacia los otros. Pelear con todas nuestras fuerzas contra los prejuicios, especialmente de clase y de género. Defender con pasión los derechos humanos. Volverse ciudadanos activos en el respeto hacia los demás, en la creación de conciencia, en el cuestionamiento de los absolutos, en la difusión del saber y del sentir. Suena positivista y lo es, pero a estas alturas creo que es materia de elemental supervivencia.

miércoles, 28 de julio de 2010

Cuando ya no es juego

Quienes nos formamos en la educación superior pública en México, especialmente en el último cuarto del siglo XX, heredamos una visión de la Revolución Cubana que nos ha sido complicado deconstruir. Hay quienes aún se aferran a la admiración de viejas hazañas y glorias que parecían incuestionables, pero que la realidad de una de las dictaduras más largas e inhumanas de le era moderna ha ido desmontando. Los que nacimos luego de los hechos del 59, o quienes los vivieron antes de tener edad para recordarlos, construimos nuestra percepción basados en las admiraciones o rechazos de nuestros padres y maestros. Para quienes crecimos en un medio liberal y que tendía a simpatizar con el marxismo, ya al borde del precipicio (aquél de los últimos años de la Guerra Fría) una cosa era irrebatible: la Revolución Cubana era admirable por lo carismático de sus figuras y, especialmente, por su extraordinaria dignidad ante las imposiciones de la gran potencia del hemisferio, potencia hacia la que tirios y troyanos sentían una antipatía producto no sólo de la ideología, sino de una historia propia como víctimas del abuso. Así las cosas en nuestro imaginario, no supimos bien a bien cuándo la Revolución se traicionó y el héroe se convirtió, primero, en patriarca, posteriormente en tirano y al final en patética caricatura de sí mismo. La Historia juzgará y, muy posiblemente, de los destinos históricos del siglo XX uno de los más trágicos termine siendo el de Fidel Castro, no sólo por los detalles de cómo termine sus días, sino por el grado de su final pequeñez.

Sirva esto para introducir una de las más rescatables aventuras intelectuales y humanas con las que me he topado. En la Cuba de los Castro el Internet (al igual que la gran mayoría de los satisfactores materiales que en estas latitudes damos por hechos) está vetado para la mayoría de la gente. Los restringidos accesos están en los sitios turísticos y a precios que son impagables para el cubano medio (que es decir, para todo aquél no miembro de la “nomenklatura”, o que no reciba alguna arriesgada remesa de Miami). Tener una cuenta de email es ilusorio, un blog es un lujo y las redes sociales en las que muchos de nuestros jóvenes dedican días enteros a escribirse nimiedades son conceptos tan lejanos como el agua en Marte. En medio de eso tenemos a una mujer cubana, filóloga de profesión, que descubrió en Suiza las claves de la libertad en la improbable forma de códigos binarios, como ella misma escribe, y regresó a La Habana para usarlos contra el monstruo. Y así lleva años escribiendo un blog que es una delicia, que critica desde la más sencilla cotidianeidad, que denuncia con la simple relación de hechos, a la manera de los clásicos, y que se ha convertido en un fenómeno global que, una vez más, nos lleva a la reflexión sobre la clase de mundo que estamos viviendo gracias a la revolución tecnológica. Y como el fenómeno de la red es múltiple e impredecible, se añaden blogs de muchos otros, algunos de calidad indiscutible, muchos como genuinas botellas lanzadas desde la isla del náufrago. Blogs cuya escritura cuesta lo indecible y entraña pavorosos riesgos. Vale la pena darse un clavado en esto, y para ello nada mejor que la principal inspiradora, Yoani Sánchez, y su blog:

http://www.desdecuba.com/generaciony/

Lo que hagamos con ello los que estamos de este lado de la trinchera es cosa propia, pero me queda claro que la indiferencia no puede ser opción para quien se presuma noble de espíritu.

martes, 20 de julio de 2010

Aún hay muchas Alhóndigas por incendiar

Se puede escribir sobre la comunión de las almas, pero ello precisa de otro espacio y un género literario de mayor lirismo que la crónica o el ensayo breve. Escribamos entonces de lo que fue un digno complemento de aquélla en los días pasados: la comunión con lugares y espacios, si queremos vernos ambiciosos, con la Historia, así con mayúsculas. El gozo de la caminata por la antigua Guanajuato, la entrañable Cuévano de Ibargüengoitia. La Historia (con mayúsculas) es un espejo que retrata relojes levógiros, una ruleta cuyo azar nos explica, si se quiere parcialmente, porqué somos como somos. Un espejo que también, se sabe, delinea reflejos imperfectos y manipulados, hijos de las pasiones, usualmente de quienes han vencido y gozado de la impunidad de la reseña. Y así recorrimos esos espacios, tan a la vista ahora que se cumplen aniversarios - los hombres, ni modo, somos intérpretes de símbolos -, como la célebre Alhóndiga y sus historias de sangre, traición y muerte, y en medio del efectismo narrativo de los guías de turistas, podemos adivinar un trasfondo de complejidad y confusión indescriptibles, donde lo único que queda es esa risa congelada de la Muerte Catrina, porque mucho de lo que seguramente sí pasó en esos días aciagos del inicio de la guerra independentista pudo haberse evitado, de forma harto simple, si, desde entonces, desde antes y para siempre, no fuéramos como somos, condenados a la confusión y el desorden, pero asimismo al heroísmo y el sacrificio, en cierto sentido, a algo que podría incluso confundirse con predestinación.Y por eso la más precisa relación, seguramente no de los hechos, pero sí de sus reflejos - a la manera de los impresionistas franceses - viene de Ibagüengoitia, que tuvo que crear al padre Periñón y su cofradía de conspiradores para dar cuenta de una historia que, de tan cómica, no puede ser sino trágica, como mucho de lo que hemos vivido y seguimos viviendo en este país de claroscuros. Pese a sus saldos, salud por esa Historia que, si algo merece, es ser narrada en clave de son, de corrido y de guapango.

viernes, 9 de julio de 2010

Colofón

Por definición de opuestos, los tiempos oscuros no pueden durar eternamente.

Ella cantaba boleros

Mis correrías por la más variada literatura me han dado un amplio repertorio de satisfacciones a lo largo de mis muchos años de lector. Mi gusto por los retos intelectuales me ha llevado a disfrutar grandemente de las narrativas de compleja trama pero, sobre todo, de aquéllas en las que el contenido es definido por la forma. No en vano la mejor prosa termina siendo una variante alotrópica de la poesía. Aún así, sigo sin atreverme con el Ulises de Joyce, aunque el entrenamiento de Faulkner, Virgina Woolf , Nabokov y, más recientemente, Coetzee, me hace pensar que voy llegando a la madurez requerida para emprender la aventura. Mientras me convenzo de abordar semejante empresa me encuentro con gratísimos hallazgos, como el  muy reciente de Guillermo Cabrera Infante, de quien había leído tiempo atrás los cuentos reunidos en el volumen "Delito por bailar el chachachá", y que ahora me deja sin habla con su novela "Tres tristes tigres". Si hubiera alguna duda de que cada idioma imprime una clave particular a su literatura, esta obra es una refutación en toda regla. Así como Mrs. Dalloway solamente puede pensarse en inglés, los personajes de Cabrera Infante se definen por el español habanero, por ese español que no puede separarse de la entrañable música, sino que es música en sí mismo. Una novela narrada en tiempo de mambo y salsa, de danzón y chachachá, de percusiones antiguas - herencia del oculto poder de los dioses africanos-, de vienesas cuerdas, blancas vírgenes ahogadas por la portentosa voz que nació para cantar boleros. La Habana del antes y el después, la que ha permanecido incólume y triunfante a pesar de Batista y de Castro - dos polos de la misma patética, pequeña ambición humana -, la que a pesar de sus ruinas materiales mantiene su vigor en el alma de un pueblo, por extensión, de una América Latina que, oh dolor, hace agua por todos lados, pero sigue tocando sus violines con pasión arrobadora. Nuestra Cuba, definitoria de una cultura que se mantiene por sus propios fueros, que ha generado, en ese sincretismo fabuloso del fin de todos los tiempos, fenómenos como "Tres tristes tigres" y los Klazz Brothers, que tanto enojo me causaron la vez primera que oí "Mambozart" y ahora no puedo imaginarme sin tenerlos en mi iPod, a todo volumen mientras recorro interminables carreteras.

viernes, 2 de julio de 2010

El universo en un cubículo

Escritorios en modernas oficinas. Espacios breves, mínimos, y sin embargo sensibles recordatorios de universos completos. Hoy existen los cubículos, euclidiano eufemismo, producto de la compresión de los ámbitos vitales, de la inevitable pérdida de la batalla por los territorios, que de reducidos se han vuelto íntimos. Espacios también que carecen de nombre, que son permutables, nunca definitivos, construidos de mamparas de facilísimo movimiento, alojando al empleado que hoy está y mañana no, en la oficina que hoy está y mañana tampoco; signo de los tiempos que corren, donde, a la manera de Quevedo, lo fugitivo es lo único que permanece. Y no obstante ahí están, todos los días, plenos de detalles que nos acercan a la humanidad de quienes los habitan diariamente por periodos, siempre, demasiado largos. La foto del bebé en su primera cunita, la de la boda o la cena de aniversario, la de los amigos en la predecible excursión imposible de olvidar, el portarretratos salido de manos infantiles con la leyenda "Para el mejor papá del mundo", la colección de juguetitos de los empaques de cereal. Y los que transitamos por ahí, de visita, los que somos invitados por razones de nuestra labor a permanecer sentados breves minutos ante estos universos íntimos nos sentimos solidarios, hacemos referencia a los propios, vestidos de semejante manera con aquello que es caro a nuestras existencias y, de alguna manera más profunda de lo que parece, nos justifica.

jueves, 10 de junio de 2010

Lastre

La extraordinaria capacidad evocadora de la poesía, nuevamente ese "horizonte de perros, ladrando muy lejos del río", y nuestro JEP, naturalmente...

Lastre

A este día le queda sólo un lastre de luz.
Se dispone a arrojarlo y ascender
Y se demora andando por las ramas.
Al fin se eleva hacia su nunca más
Y cuando se ha deshecho de su arena de sol
Las tinieblas cubren la Tierra.

viernes, 4 de junio de 2010

Derechos Humanos

"Mi máquina despegará la cabeza en un parpadeo, y la víctima no sentirá nada más que en el pescuezo un cierto frescor refrescante. No podemos apresurarnos demasiado, señores, en permitir que nuestro país disfrute de este adelanto."
J.I. Guillotin, 1789

El final de la inocencia

Ligado con eventos de mucha actualidad en mi vida personal y familiar he dedicado algunos minutos, los pocos que deja un día normalmente ocupado en el trabajo y la divagación, a la cuidadosa reflexión de lo que significa llegar a una cierta edad, típica y comercialmente identificada con la transición entre la cuarta y quinta décadas, y que implica, por regla general, el salto al vacío y el tomar las riendas de las decisiones que las generaciones mayores empiezan a abandonar y las menores no tienen elementos para acometer.Y de buenas a primeras, sin saber realmente en qué momento se cruzó la sutil línea, unos antes que otros, empezamos a ocuparnos de lo que vimos hacer a nuestros padres, normalmente - nos parecía - con extraordinaria habilidad. Desde enterrar a un anciano hasta renunciar a un trabajo, desde emprender un negocio hasta organizar una fiesta.Y nos movemos por el mundo dándonos cuenta de que nada sabemos y las herramientas que hemos adquirido son insuficientes, cuando no inútiles del todo.

viernes, 28 de mayo de 2010

Pillar of Salt

"This book is a failure, because it was written by a pillar of salt". Con esta demoledora frase, luego de una larga disertación que la justifica, arranca Kurt Vonnegut un librito que se describe antibélico y me prestaron. Maravillosa la naturaleza del libro, creatura dúctil que encuentra caminos impensables y cae, si la fortuna lo permite, en manos asaz improbables. Ello para decir que en la vida hubiera comprado un libro de este señor, en primera, porque para mí era absolutamente desconocido y, en segunda y aún obviando lo anterior, porque me hubiera parecido otra de las creaciones panfletarias que viven acogidas por la moderna industria de las letras. Y lo es.  El Sr. Vonnegut arma la justificación que acaba en la susodicha frase y lo que logra es una joya de la filosofía light. Relata cómo en uno de sus viajes por la múltiple geografía de los EU, en el predecible hotel aburrido en donde apagar la tele deja como previsible opción hojear la Biblia de los Gedeones, reencontró el famoso pasaje de la destrucción de Sodoma y Gomorra, y cita todo su despiadado - no hay otra palabra - contenido, deteniéndose en la reacción de la esposa de Lot, incapaz de resistir el mirar hacia atrás. "It was so human, I love her for it" confiesa el escritor. Se sabe, la mujer fue castigada convirtiéndose en estatua de sal (interesante el juego de las traducciones, quién sabe qué dirá la Biblia primigenia, ya que "estatua" y "pillar" no son la misma cosa, pero ése es otro tema; como también lo es la extraordinaria significación de las metáforas en ésta y cualquier otra mitología: no en vano mantienen su vigencia pese a la implacable erosión de los siglos). Y luego, para relatar con un humor tan negro que resulta políticamente incorrecto - cosa que salva al libro - sus vivencias durante la Segunda Guerra, en particular el pavoroso bombardeo de Dresde (n, si lo queremos en alemán), es que el Sr. Vonnegut se describe a sí mismo como la metafórica estatua, acepta lo fallido de su libro y declara, cita igualmente memorable, que en adelante no volverá la mirada y "the next book is gonna be fun". Filosofía light en pleno esplendor. Disfrutable a cual más. Signo de los tiempos y digno homenaje a Schopenhauer, que la vio venir.

martes, 25 de mayo de 2010

Prescindible arranque de cuento policíaco

Durante años mis noches fueron forjadas por el insomnio. La resignada contemplación de mi fatiga en esas horas de vigilia me hacía concluir que la falta de sueño no era atributo de las mentes torcidas por el crimen o el arrepentimiento. Imaginaba, ahora lo sé, que hay muchos en esos trances que duermen lo más tranquilos. Somos solamente la legión de los obsesivos, los que hemos desarrollado la manía de pensar y repensar, los que no conseguimos acotar la maraña de nuestras elucubraciones, somos nosotros, empero, los que dejamos de soñar por seguir hilos invisibles que conducen al vacío. Discretos testigos de las noches de ruidos lejanos - el horizonte de perros, la sirena de otro mundo que habla de un muerto más, la indiferente bomba que sube un agua aún posible a alturas absurdas -, somos nosotros, los que no podemos embarcarnos en el misterio de la inconciencia, los que en lugar de lamentar crímenes llegamos a urdirlos como simple distracción que nos justifique - ¿ante quién? - en esas horas. Y así fue como imaginé éste, del que ahora escribo. Y lo escribo a plena luz del día, porque gracias a él he conseguido, por fin, reconquistar el único ámbito en el que nos sabemos libres.

domingo, 9 de mayo de 2010

Materia del insomnio

Inconstante la marcha de las horas. Con el fondo de una ecléctica mezcla de lo más granado de la interpretación musical europea y el ritmo latino más pegajoso escribo esto, luego de quizás meses de no poner un acento en este pobre blog que espero que, por pura consideración a su salud mental, nadie siga. Y es que la narración de lo que la vida va siendo se convierte en un ejercicio harto inconveniente, si lo que quiere uno es precisamente vivir la vida. Así, en los días recientes ha habido el maravilloso encuentro con gente y arte que, en la urgencia de seguir viviendo, dejaré para crónica posterior. Sirva esta entrada nada más para decir que, tal vez, vaya encontrando la madurez requerida para, ahora sí, dedicar tiempo y esfuerzo a la relación de días y horas. 

lunes, 5 de abril de 2010

Somos

Somos la suma de cuantos fuimos, inacabable aritmética de lo que pudimos ser. Somos por afirmación que niega lo contrario, opuestos indistinguibles.

sábado, 3 de abril de 2010

Y aquí otra vez...

Complicado lo de mantenerme en un registro que lo primero que demanda es el gadget tecnológico que, por añadidura, es el mismo que uso para trabajar y, por ende, tiendo a limitar a las horas de oficina y algunas que colindan con aquéllas, quedando vedado para los momentos en los que, normalmente, tiene lugar lo que vanidosamente podría denominar inspiración. Las mejores ideas se me aparecen a altas horas de la noche, o bien en el transcurso de actividades de poco lucimiento intelectual, como mis largas travesías en auto, las horas de ejercicio o aguardando en la antesala de algún cliente. De ahí que me haya reencontrado con la pertinencia del cuaderno de viaje, largamente abandonado, y que en días pasados retomó de forma inesperada el lugar que le corresponde. Y así, en lugar de caer en este espacio, me he dedicado gozoso al abandonado oficio de la caligrafía y lo encuentro de lo más bien. Imagino que una cosa no excluye a la otra y, en realidad, bien podrían alimentarse mutuamente, por lo que mantendré la fe en este ejercicio y, huelga decirlo, en el otro recién rescatado.

viernes, 12 de marzo de 2010

miércoles, 10 de marzo de 2010

Breve lista de imágenes, reales y no, inspiradoras de posibles grandes cuentos, de terror y no

Siguiendo la célebre lección de Cortázar, en el sentido de que las novelas se ganan por puntos y los cuentos necesariamente por nocaut, a continuación una lista inicial, susceptible de todas las extensiones que la creatividad o la náusea sugieran:

- Una anciana cargando un pequeño gato cojo
- Un retén militar con el crepúsculo de fondo
- La última tarde de Sócrates
- Variante humorística: cámbiese la cicuta por licor de Bärwurzel (que, aparte de imbebible bebida tradicional del bosque bávaro, al parecer es un eficaz remedio homeopático contra el dolor de cabeza).
- La voz de una niña pequeña dejando un mensaje amenazador en la contestadora
- Siete monedas conmemorativas del Bicentenario
- El pago de la tenencia de un coche robado
- El silencioso ventilador que súbitamente empieza a recitar un poema de López Velarde.
- Variante posmoderna: el iPod que espontáneamente genera una lista de reproducción con todos los Lacrymosa que se han compuesto.
- La Coca Zero que entre sorbo y sorbo se convierte en Coca Light.
- Variante patética: la Coca Light que entre sorbo y sorbo se torna en Sprite Zero.
- Variante trágica de todo lo anterior: el lector de blogs que incomprensiblemente se convence de la pertinencia de alguno de ellos.

sábado, 20 de febrero de 2010

Reencuentros

Escribió Borges en más de una ocasión que la verdadera lectura es la relectura, y que en realidad el verdadero lector es aquel que apenas posee unos cuantos títulos a los que regresa una y otra vez. En ese sentido la capacidad totalizadora que puede tener la Ilíada o el Quijote en nuestra experiencia queda fuera de discusión. Creo que la significancia de tales aseveraciones se extiende además a la idea de que, en suma, la relectura no es otra cosa que un reencuentro, y es de reencuentros o, mejor, de su promesa, de los que se arma una de las más poderosas justificaciones de la existencia humana. Transitamos por la vida con la esperanza del reencuentro, de la repetición de experiencias que nos han sido gratas, de compañías que hemos disfrutado. Visitamos lugares que rápidamente se convierten en entrañables y a los que sabemos que difícilmente regresaremos, y los abandonamos con esa vaga esperanza del retorno, la que se reproduce cuando nos despedimos del amigo que vive muy lejos o cuando terminamos con la última página de la novela que muy probablemente no volveremos a leer. Nuevamente la finitud de la existencia impone su larga sombra sobre nosotros y nos defendemos con la expectativa del retorno, del reencuentro. Por eso, cuando éste se realiza, cuando el amigo querido reaparece, cuando volvemos a la ciudad que tan bien recordábamos, cuando regresa a nuestras manos el libro de cabecera de otra época, nos invade una alegría insondable, un sentimiento de plena justificación de nuestros actos, una quimérica promesa de eternidad. No hay fórmulas perfectas pero creo, como Borges, en el poder de la relectura, en limitar los títulos a los que regresamos, para tener la posibilidad del retorno, disfrutar una y otra vez a cierta gente y ciertos lugares, seguros como siempre de que, al final, la vida misma no más que que sólo eso, un sencillo e inevitable reencuentro, singularidad en el extendido fluir del tiempo.

martes, 9 de febrero de 2010

Negra espalda del tiempo

La mala aventura - de conclusión providencialmente no trágica - de unos queridos amigos hace un par de días, me llevó a recordar uno de los conceptos más significativos que ubico en la literatura moderna. Quizás en un sentido diferente a aquél que el maestro Marías ha delineado, pero al fin con esa connotación cuyo trasfondo lo único que indica es nuestra permanente zozobra ante el fluir del tiempo, agua más líquida que el agua, me refiero a esos minutos, horas, incluso días y semanas, en los que vivimos en la incertidumbre o, peor aún, en la más completa ignorancia de que nuestra vida ha cambiado, de que la tragedia que temíamos se ha cernido sobre nosotros, de que en algún momento ineludible nos llegará la llamada telefónica, el mail, el mensaje en el celular, incluso la visita de algún elegido que confirma o comunica, en un par de frases, siempre con rodeos, que no hemos dejado de ser parte de la precisa geometría del mundo y, por tanto, vivimos ajenos a toda posible escapatoria. Y así nos enteramos, sin realmente desearlo, sin agradecer e incluso odiando al portador de la noticia, de que llevamos un tiempo, mientras más largo más doloroso, ignorando que quien amamos ha muerto, ha enfermado gravemente, ha sufrido algún ataque... Y una vez superada la impresión inicial queda el amargo ejercicio de la memoria, la búsqueda absurda de las señales que indiquen cómo fue posible que, durante ese tiempo, la vida continuase sin alteraciones, sin conciencia de la desgracia, instalada siempre en la latente posibilidad de la pérdida, pero en la pueril tranquilidad de que ésta podía ser invariablemente pospuesta.
Damos al tiempo condición humana, debemos por tanto atender a su anatomía y reconocer la existencia de su lúgubre y tenebrosa espalda...

jueves, 4 de febrero de 2010

Diez (posibles) razones sobre la tristeza del pensamiento

Mi lectura del librito de Steiner así titulado me ha dejado muy pensativo. ¿Hay forma de desactivar una tradición tan larga y fructífera, basada primordialmente en la certeza de que pensar conlleva siempre una implícita catástrofe? Observando la calamitosa realidad que nos rodea, cabe también cuestionarse si al fin de cuentas no es mejor instalarse en esa permanente melancolía...

viernes, 29 de enero de 2010

Prodigioso arte de ver

De dejarse ir en la contemplación, de extenderse suave y largamente por el mundo, de dejar que el tiempo, ese ente que nos hemos inventado para creer en la eternidad,  nos acoja en su trama inabarcable de segundos.

miércoles, 27 de enero de 2010

Mundanal ruido

Y como este espacio debe construirse, primordialmente y siguiendo al maestro Hiriart, de miniaturas y digresiones, con la pretensión si acaso de alguna vez tocar el arte del aforismo, tengo la reflexión de la tarde:

Deja para mañana todo lo que no quieras hacer hoy; si la suerte te acompaña podrías no despertar de un sueño eterno...

viernes, 22 de enero de 2010

Y bueno, ¿a qué se debe?

El tema no me deja desde que lo elaboré ayer y me lleva a uno más amplio y apasionante: ¿cómo sucede que uno relaciona ideas?¿cómo es que vagamente sabía que mi uso de "Los Trabajos y los Días", bello nombre procedente de algún clásico, rozaba las despreciadas fronteras del plagio, pero aún así estaba convencido de que era producto de mi inventiva, de mi capacidad de paráfrasis?¿cómo se puede olvidar y al mismo tiempo mantener con prístina claridad el fragmento de un recuerdo? El asunto no es trivial, porque nos lleva a la médula misma de lo que significa procesar la realidad, construir el pasado a través de la memoria, el futuro mediante la expectativa, esas labores que han caracterizado a la mente humana y son la base misma de la civilización.

jueves, 21 de enero de 2010

De dónde viene

Lo que pomposamente llamamos cultura - sin meternos en retruécanos antropológicos - es un ente inaprehensible, por decir lo menos. No sé quién definió alguna vez que cultura es lo que nos queda cuando hemos leído mucho y olvidado todo. El enunciado me gusta porque puede aplicarse a mis escarceos intelectuales. Así, el título de este blog, que me parece la mar de poético, fue tomado de un clásico de Hesíodo, cosa que yo explícita, conscientemente ignoraba. Lo ligaba originalmente con una paráfrasis que mi ocurrente inventiva había ideado sobre el título de otro clásico, este de Proust, que aludía a "placeres" en lugar de "trabajos. Así, "Les Plaisirs et les Jours", que no he acabado de decidir si se trata de una obra maestra o de un magnífico embuste, me dieron el ya perdido párrafo introductorio de un blog precursor que tenía como epígrafe: "Causas para parafrasear a un francés".
Ahora es la siempre acomedida Wikipedia la que me ha restregado en los ojos el tamaño de mi ignorancia, solamente comparable con la suya: al buscar en Google el sitio del antiguo y perdido blog aparece Hesíodo y la necesidad de superar la Teogonía y leer algo más del ilustre heleno, para así justificar la inspiración de un nombre, eso sí, la mar de significativo.

Como primera entrada

Podemos empezar desde donde sea. Podemos iniciar preguntándonos si los que esto leen realmente puede decirse que existen. Podemos detenernos por un momento y observarnos, percatarnos de lo extraordinariamente extraño de nuestra existencia, del hecho de que nos vemos a nosotros mismos y nos aplicamos el pronombre "yo".