martes, 19 de octubre de 2010

La guerra que no entendemos

Reflexiono sobre el editorial del expresidente colombiano Ernesto Samper en El País (5 de octubre de 2010), en el sentido de que la guerra contra el narcotráfico emprendida por el gobierno de México es el único camino que evitará una eventual toma del país y sus instituciones por las fuerzas del mal y que, en ese sentido, las críticas a la estrategia del presidente Calderón adolecen de una fatídica falta de patriotismo y compromiso, siendo parciales o insensatas, concluyendo que México, como un todo y como Colombia en su tiempo, debe asumir los cruentos saldos que ya estamos viendo. Me parece que, como en muchos de los análisis que cunden sobre este tema, éste adolece de una enorme estrechez de miras. Puede uno dejarse impresionar por quien firma, pero - hablando desde una cómoda ignorancia, porque desconozco el caso Colombia -  alcanzo a ver varios hechos que a mi parecer acotan la eficacia de los conejos que el ínclito expresidente pueda dar. El primero es que Colombia, pese a haber aparentemente “derrotado” a los cárteles más violentos, sigue siendo el primer productor de droga del hemisferio y una parte importante de su territorio está totalmente controlada por la guerrilla asociada al narco. Da más la impresión de que, en algún momento, se alcanzaron equilibrios dentro de una guerra que a nada llevaba y actualmente se vive un “status quo” que se ve de cuando en cuando sacudido por golpes como el reciente ataque al enclave de las FARC en el que se ultimó a uno de sus caudillos más importantes. El segundo es que la complejidad organizacional y la variedad de cárteles en México definen una realidad muy diferente a la que Colombia llegó a vivir, además de que los cárteles mexicanos están cifrados en el negocio ilícito, sin estar asociados a ninguna agenda guerrillera que abandere una ideología de reivindicación social. La pugna por territorios ha sido la base de la pelea entre los cárteles en México, exacerbada hasta lo indecible por los golpes poco hábiles de un gobierno que empezó esta lucha con la idea de legitimarse, más que con la de realmente buscar resolver un problema que tiene mil aristas. A todas luces, la miopía del gobierno mexicano está saliendo muy cara. Me parece que intentar comparar el problema mexicano con el colombiano de hace 25 años es un error de lógica, porque las premisas no son las mismas y los escenarios son radicalmente distintos.
Y lo que me parece más relevante de todo, y es algo que los políticos y muchos analistas dejan de lado en la mayoría de las discusiones por lo delicado de ciertos temas, el narcotráfico antes que nada es un gran negocio, funciona de acuerdo con las leyes de la oferta y la demanda, y se ha desarrollado a la par que los demás negocios comerciales del mundo moderno (se ha diversificado, se ha globalizado, ha hecho alianzas estratégicas, ha ampliado sus redes de distribución, etc.): atacar a balazos un engrane de una maquinaria mucho más grande, sin buscar estrategias para desarmarla en todos los frentes y desde el inicio de la cadena (la producción en Colombia y México) hasta la distribución y el consumo en los grandes mercados (EU principalmente), pasando por los demás elementos concomitantes (como el tráfico de personas y de armas) me parece, siendo amables, ingenuo, siendo realistas, un gran error, por no decir una estupidez. Que nadie me diga que el problema se acaba cruzando la frontera con EU, que la droga “mágicamente” llega a las manitas de Lindsay Lohan en Beverly Hills y de los junkies en el Bronx sin que en medio haya una red de distribución más parecida a la de Wal-Mart que lo que imaginamos, y que esa red no existe con la colusión de autoridades y el acuerdo de gobiernos en todos los órdenes (todos éstos al norte de la frontera). Ciertamente, para el “establishment” estadounidense es muy cómodo que México, el de por sí corrupto e inepto, ponga los muertos, mientras que su industria manufacturera de armas - una de las pocas que le quedan -  tiene en los cárteles mexicanos una clientela segura y que paga en efectivo.
El tema da para largo y temo que seguiremos viviéndolo por mucho tiempo, pero al final sigo apostando porque en este país, así como hay muchos metidos en esa actividad económica arriesgada y que en muchos casos exige la renuncia a principios que deberían ser la base para la convivencia social, también hay una mayoría que todos los días hace su chamba y le pone empeño, alegría y talento. Yo lo veo todos los días y lo agradezco, porque como se ven las cosas es fácil dejarse llevar por la desesperanza, y son nuestros mismos compatriotas los que me están enseñando a diario que la vida también es noticia.

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