miércoles, 5 de diciembre de 2012
Justificando escribir
viernes, 9 de noviembre de 2012
Muro de Berlín
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Y seréis como pájaros
miércoles, 18 de julio de 2012
How fragile we are
A Ana Julia, in memoriam
Otra vez me he enfrentado con el vacío. Semanas en las que simplemente no he acertado a escribir un par de líneas que quiera meter en este blog, por definición solitario y preso de las mayores divagaciones. Para mi sorpresa y agradecimiento existe un par de lectores que se proclaman asiduos y que, por esa falta de constancia, ya lo son incluso de mis silencios. A ellos y a mí mismo debo una explicación.
Sucede que murió Ana Julia. Sucede que murió casi de pronto, derrotado su organismo por una enfermedad perversa de aquellas que uno quisiera creer que no existen y cuyo solo anuncio confirma nuestra impotencia. Un sabotaje íntimo que se va fraguando calladamente y de improviso se manifiesta cuando ya no hay nada que hacer. Y la aritmética de la supervivencia juega ese tramposo juego de los días contados, uno no sabe cuántos pero siempre demasiado pocos. Y en este caso en especial fueron poquísimos, sin tiempo para nada. Ana Julia me era entrañable principalmente por transferencia, por su cariño y profunda relación con mi K., que la tenía en altísima estima, por su hermosa familia (gente buena cuya mejor definición se resume, otra vez, en la palabra decencia); pero también por ella misma, por ser de esas personas que, por decirlo de alguna manera, estructuran al mundo. Hay gente que nos hace sentir, por alguna razón incomprensible, amparados y seguros. Gente que da forma a una realidad sólida y tangible de la que generosamente nos llama a ser parte. Es gente muy escasa. Si uno cuenta con suerte, a lo largo de la vida podrá encontrar un par de personas así. Ana Julia era de ellas. Por lo dicho, uno las convierte en un referente fundamental y tiende a darlas por hecho o, como se expresa en inglés, take them for granted. Por eso es tan perturbador que muestren una vulnerabilidad que uno sabe que existe pero no se detuvo a imaginar que también en ellas. Su desaparición comprueba dolorosamente que somos más frágiles que lo que siempre habíamos supuesto.
Y lo que queda después es el silencio, un sentimiento similar a la orfandad, una sensación de que, aunque la vida de la especie sigue, la de los individuos, la de los que nos son cercanos, la nuestra propia, se mantiene colgada con débiles alfileres de una trama que no acertamos a comprender y mucho menos a controlar. Perdurar es una ilusión. Lo que queda entonces, regresando al lugar común, es única y llanamente el presente.
Un presente en el que de ahora en adelante hará falta Ana Julia…
domingo, 24 de junio de 2012
Definiciones
Estamos estos días inmersos en la discusión. No sabría decir si es porque ya llegamos a la edad en la que los elementos para ciertos análisis se hacen prístinos, o bien porque hemos encontrado a los compañeros de ruta idóneos para, por fin, polemizar sin que ello implique las heridas y berrinches de otras épocas. Estamos a una semana de las elecciones y la polémica, cuando menos en esa minoría (¿minoría?) del twitter y las redes sociales se mantiene en lo más alto. Estoy convencido de que las fórmulas tradicionales han dejado de ser válidas y que quedarse en la antigua comodidad de quien ve frustradas sus esperanzas ya no es opción. Me parece que hay gente, cada vez más, que no está de acuerdo con aceptar ese paternalismo al que nos habíamos habituado y preferirá instalarse en la protesta o el desacuerdo. Temo por otro lado que se exacerbe el fanatismo de quienes se crean robados o, peor aún, de quienes se solacen irresponsablemente en su victoria.
viernes, 15 de junio de 2012
Gato ausente
K y yo salimos a hacer ejercicio todas las mañanas. El parque cercano a la casa es un lugar amable que mantiene un aire de ya decadente provincianismo. En un extremo del andador está el acceso a una universidad bancaria (whatever that means) y, junto a éste, un salón de fiestas cuyas oficinas despliegan aparadores con arreglos para banquetes: mesas adornadas con manteles, flores, vajillas y cristalería. Salimos a la hora que, en esta temporada del año, marca un dilatado límite entre la noche y el día, por lo que los aparadores están iluminados con esa luz blanca que da a las pinturas de Hopper esa melancólica intimidad que puede tocarse con los pétalos de la nostalgia.
La repetición es la materia prima para el hábito que, como quería Borges, nos repite como un espejo. Así los dichosos aparadores llevaban un largo tiempo en que para nosotros habían perdido cualquier novedad, así mudaran de atuendo de cuando en cuando, se hiciese algún añadido en este o aquel florero o se cambiase la disposición de un par de sillas. Por eso resultó todo un acontecimiento el día en que mi K, que camina a un ritmo distinto del que yo corro, lo cual nos permite el renovado flirteo del fingido encuentro casual, me dijo al toparse conmigo: “¿ya viste al gato?”. Y sí, unos metros más adelante entraba en mi campo visual el escenario tan repetido pero ahora, sobre una mesa, sentado con esa inmovilidad estatuaria de la que solo son capaces los de su especie, estaba un magnífico gato negro. Criaturas portentosas, los gatos tienen una personalidad única que los distingue de cualesquiera otras criaturas con las que los humanos tenemos cotidiano contacto. No en vano Eliot dedica un libro entero de su música verbal al juego de alabarlos. Y nuestro gato negro estuvo un par de días en ese aparador, ora sentado, ora acostado sobre la mesa, ora paseando al pie de la ventana una vez que el día clareaba y el mundo exterior empezaba a ponerse interesante. Sabiéndose objeto de las miradas, nuestro personaje se solazaba en su confortable lecho de mantelería fina, convirtiéndose en el atractivo principal de un aparador que durante esos días debió seguramente inaugurar su existencia para más de un somnoliento transeúnte. Justo cuando empezaba a dejar su carácter de novedad, a los tres o cuatro días, cuando ya estaba siendo una presencia agradable y apreciada, pero peligrosamente cercana al hábito, nuestro gato, fiel a sus principios ermitaños y hechiceros, desapareció. Dejó su ausencia en un aparador que, desde entonces, no dejamos de escudriñar como nunca antes en la búsqueda de su afelpada negrura…
domingo, 27 de mayo de 2012
Torre tres Dama
Aprendí el ajedrez de mi padre, quien parece ser que en su juventud alcanzó a tener aspiraciones de Bobby Fischer. Lo cierto es que nunca me ha gustado jugar con él: toda competencia entre padres e hijos es en el fondo una oscura lucha por otros motivos. La imposibilidad de ganar se convirtió en mí más que en un reto en una frustración repetida que me alejó muy pronto de un pétreo tablero de elegante ónix que adornaba los espacios de la casa familiar. Más amable era disfrutar del juego con mi abuelo, quien era un fanático de la carnicería y parecía confundir el noble juego de la guerra con el más pedestre de las damas, consistiendo su estrategia en comer y ser comido hasta que la batalla acababa en una desaforada carrera de peones buscando coronación. Así y todo era simpático jugar con él y más aún cuando, sintiéndose solitario aficionado de un juego del que muy pocos en su medio, más propicio al dominó, gustaban, se hizo de uno de los primeros tableros electrónicos que salieron al mercado en Estados Unidos (hablo de finales de los setentas). Era fascinante ser derrotado implacablemente por una máquina que, a diferencia de mi padre, no tenía –al menos eso creo - intenciones ocultas de dominación, y sí la simpleza de una capacidad altísima de procesamiento de datos. Posteriormente, con el triunfo de la informática y del Sr. Gates, seguí jugando contra computadoras con programas cada vez más sofisticados, que permitían ya acotar el nivel de juego e, incluso, simular a contrincantes humanos, aparentes dueños de una inquietante personalidad. Sin embargo, y es un hecho que se corrobora por cualquiera medianamente interesado en este juego, que se ha equiparado con arte y deporte, el adversario humano es otra cosa. Carecí de uno durante décadas y los pocos encuentros que llegué a establecer con esporádicos contendientes fueron en general poco gratificantes. También me convencí de que lo mío era la admiración por la intrincada arquitectura de que es capaz esta singular metáfora, como quería Borges, de la vida, y mucho menos el afán de un triunfo contra reloj, de la mente rápida o del reflejo defensivo.
Por eso ha sido una estimulante revelación encontrar en la figura de MS al adversario perfecto y, en el mismo recurso que antes se limitaba a ofrecer la hostil frialdad del puro algoritmo, el medio de comunicación ideal para, rescatando el preciso lenguaje de la notación descriptiva, entablar combates pletóricos de sutilezas, emoción y caballeroso antagonismo. Por vez primera he disfrutado a mis anchas de esa estética que hermana al ajedrez con la matemática de quien, por otra parte, recibe esa cristalina racionalidad que lo distingue del mero juego de azar.
Y como complemento delicioso de esa contemplación estética intercambiamos razones y argumentos, admiraciones y amenazas, nos escribimos retos y aceptamos superioridades, en una conversación que, por no estar contra reloj ni en la presión de la respuesta inminente, se torna relajada y ocurrente, dando a la contienda un aire de cordialidad que nos permite incluso olvidar la ambición del triunfo o la amargura de la derrota. Y así, siguiendo todavía al maestro Borges, el tablero de negras noches y blancos días es émulo, en efecto, de esta vida que discurre entre dos colores que no necesariamente se odian.
martes, 8 de mayo de 2012
Deriva
Curioso mecanismo el de la conciencia, que nos permite observarnos como si nos fuéramos ajenos, como si el ancla que nos ata a nosotros mismos pudiera en ciertas circunstancias aflojarse y regalarnos una ilusoria deriva.
miércoles, 2 de mayo de 2012
El bigote de Samsa
Platicando con mi K. se me ocurrió sugerir un ejercicio para sus alumnos de secundaria con quienes, como ya es tradición por varias generaciones, se recrea leyendo La Metamorfosis. ¿Tiene bigote Gregorio Samsa? Imaginé que la discusión de esta pregunta sería apasionante ya que en el texto, al menos que yo recuerde, no existe dato alguno que indique nada acerca del susodicho mostacho. Sin embargo, quienes hemos leído el inquietante devenir del hombre convertido en alimaña (Ungeziefer, según se lee en original, o vermin, como se ha traducido al inglés, que van más allá del deslucido término insecto, con el que se echó a perder la más comercial de las traducciones al español, ya se sabe, erróneamente atribuida Borges, pero eso es otra historia) tenemos una imagen mental más o menos clara de un rostro que, presumo casi es consenso, carece de bigote.
Si Kafka lo imaginó sin bigote, si en los sentidos ocultos del texto se logra establecer alguna certidumbre al respecto, si lo que se quiera, es en realidad cuestión superflua. Lo fascinante es la discusión que algo así puede generar en un grupo de entusiastas.
Esta divagación, ligada con otras de las que estoy por dar cuenta, me ha llevado en los últimos días a reflexionar, otra vez, sobre la naturaleza de los tiempos que corren.
Disfrutando – no hay otra palabra que califique mejor lo que uno puede hacer con esa película, cosa no menor después de tanta filmografía oscura y desoladora – de Midnight in Paris, caíamos en la cuenta de la delicia de la tertuila y de cómo su sustancia suele – o solía – ser el tema inocente y baladí. Si pensar en la mejor palabra que defina a un rinoceronte hembra o en lo que haría un grupo de gente que no supiera salir de un cuarto, puede parecernos a nosotros, engendros perdidos en la era del gadget, que apenas despunta, irreparable gasto de tiempo y neuronas, también es cierto que la inspiración que disquisiciones semejantes llegó a generar fue elemento crucial para revolucionar la pintura o las letras occidentales y, a fin de cuentas, nuestro concepto del mundo todo.
Ligándolo con el prólogo a la nueva edición de La República y la declaración de cómo Platón en sus diálogos lo que menos mostraba era solemnidad, voy concluyendo que en estos tiempos si algo sobra en las conversaciones es seriedad en los temas y la búsqueda desesperada de que todo quepa en un contexto. Se ve claramente en las reuniones de amigos, incluso con los que se comparten afinidades intelectuales que podrían permitir la alegre pero al cabo profundísima digresión sobre las alas de la paloma. Hoy día esas pláticas raramente trascienden lo cotidiano, lo que se cree urgente, lo que los medios sirven con una carga de trivialidad que no por estar disfrazada del morbo de lo inmediato puede dejar de calificarse así.
Por eso se agradece cuando atípicamente logramos desprendernos de eso, que se ha tornado en pernicioso hábito, y regresamos a la mosca que, como escribía Monterroso, es uno de los tres temas de la vida.
Ya si uno lo piensa bien Gregorio Samsa debe tener bigote…
viernes, 27 de abril de 2012
De dignidad y decencia
Al Dr. Giovanni P, in memoriam
I.
Uno va por el mundo conociendo gente y es sello de la naturaleza humana el que cada quien tenga peculiaridades que lo hagan único e irrepetible. Sin embargo, es poco frecuente que una persona prácticamente desconocida sea capaz de generar un impacto duradero en otra con un simple acto. Normalmente eso ya es materia de la épica.
De cómo un gesto y una frase pueden dibujar el carácter de un hombre es algo a lo que se hace constante alusión en la literatura. Personajes que forman parte de un extenso imaginario que raya en el heroísmo y son explotados con maestría por autores como Dumas y Hugo, Dostoievski y Tolstoi, establecen un modelo difícil de encontrar en el mundo de todos los días.
No se puede olvidar la dignidad, sea real o inventada, del Cardenal Richelieu cuando es burlado por los habilidosos mosqueteros, tampoco la de Javert cuando toma la decisión de la autoinmolación, convencido de la incompatibilidad entre la Justicia y lo justo. Emma Bovary no existiría sin los gestos de genuino encanto y feroz individualismo que la perdieron y Napoléon quedaría como el acartonado personaje de los libros de historia, a no ser por el huguiano retrato de su desoladora cabalgata entre muertos en el campo de Waterloo.
II.
Conocí al Dr. P., quién lo diría, en un sepelio, el primero al que asistí en mi vida, especialmente triste por tratarse del de una jovencita, hermana de una compañera de clase. Yo tendría 11 o 12 y recuerdo que en el dramático momento en que la caja fue depositada en la fosa, por una razón inexplicable que no pude entender sino hasta mucho después, de lo único que tenía ganas era de reír. Me costó un esfuerzo enorme no soltar una carcajada que hubiera apenado hasta lo indecible a mi madre, con quien había asistido al doloroso evento. Tuvieron que pasar años - en los que mi madre, al igual que aquella niña, pasó también a formar parte de esa misteriosa comunidad de ausentes presencias que son nuestros muertos – para aprender que risa y llanto suelen ser una y la misma cosa.
Pero regresando a esa ocasión, en medio del verdor de un cementerio que por entonces estaba en medio del campo y ahora debe habérselo tragado la implacable urbe, recuerdo que mi madre y el Dr. P. intercambiaron algunas palabras, de las que guardo una frase y un gesto que, por razones que también tardé en comprender, quedaron materialmente troquelados en mi memoria. Con una grave sonrisa, que en contraste con mi reprimida carcajada no era sino de una elegante concordancia con la trágica situación, el Dr. P. se despidió de mi madre diciendo algo así como: “Ha sido un placer conocerla, señora, a pesar de las circunstancias”.
III.
No puedo olvidar la dignidad de ese gesto y esa frase, y lo atinadamente que dibujaron el retrato de ese hombre que, pasando por ser mi tardío pediatra se mantuvo a lo largo de décadas como una presencia más o menos notable, padre de una entrañable amiga y referente en su entorno del más puro y primigenio significado del término “decencia “, tan devaluado por el burdo maniqueísmo de las izquierdas y la orfandad intelectual de las derechas.
IV.
Ahora el Dr. P ha muerto, presumo que siendo congruente con esa misma dignidad y decidiendo no languidecer en la discapacidad a la que lo condenó un prematuro cáncer. No fui a su sepelio. Tendrá que ser en algún otro en el que pueda decir a alguien que fue un gusto conocerlo, a pesar de las circunstancias…
miércoles, 18 de abril de 2012
Convencimiento
No me queda duda alguna de que este lapsus de absoluta falta de narcisismo, expresado por mi súbita renuncia a escribir por escribir, lo debo a un simple y sólo hecho concreto: la incertidumbre, amiga, que significó tenerte bajo la cruel espada. Estamos en días, si se quiere, más inciertos, viviendo, regreso como Borges a sus laberintos, en la negra espalda del tiempo.
Pero de alguna manera el que hayas trascendido una etapa terriblemente dolorosa y ahí sigas, imbatible, renueva la confianza y me inspira, en esta singular noche hidrocálida, a por fin hilar un par de frases y pensar en lo que viene con inquietud y esperanza.
Lacrymosa
Las notas de Preisner llenaban el aire. Réquiem por el amigo perdido. Conjunción de talentos que estremece hasta la médula. Teníamos mucho que decirnos y poco tiempo. La vigilia, lo benéfica que solía ser. De qué puede servirnos entonces la nostalgia. Hablamos casi hasta el amanecer. Andares citadinos poblando el aire fresco. Te levantas y miras por la ventana. Ahí está. Sabíamos que ahí estaría y no nos habíamos atrevido a mencionarlo. Todo lo compartimos. El amor, la excepción confirmadora. Ella cruzando la calle con andar ligero, la rutinaria espera en la parada. Los ojos ávidos que la siguen. Yo mirándola a través de ti y sabiendo, con el réquiem de fondo, cuán doloroso es, cuán cruel será. Me levanto también. No necesito voltear. La ventana dibujada en tus ojos. Todo lo compartimos. El cortaplumas afilado, hundiéndose en fibras que ceden, tan fácilmente. La ventana no se borra de tus pupilas, vidriosas de súbito. Lágrimas de dolor o de tristeza. Misma cosa. Eres noble hasta el final. En esos postreros instantes mantienes la mirada fija en la rubia cabellera, la misma que ahora acaricio entre mis dedos, triunfantes en la amarga extensión de mi pasmoso disimulo.
Retorno
Sucede que escribir, esa singular manera de verse en el espejo, no es algo que se me dé últimamente. Me refiero a escribir por escribir, por precisamente admirarme en la pulida superficie, no a la escritura como un hábito de la modernidad. Porque en realidad escribo siempre y a todas horas. Mi formación, aliada con la tecnología en su afán de rescate y reinvención de un género de comunicación que hace décadas se daba por perdido, me llevan a escribir incansablemente. (Viéndolo bien, las teclas de la laptop son fascinantes, y merecen el homenaje de abandonar el lugar común de los ríos de tinta por una propia y aún por proponerse designación). Pero escribir por escribir, por poder leerse luego y presumirse que eso, con la debida promoción, podría convertirse en alguna basura para la ovación multitudinaria, y luego consolarse mediante la fácil salida de que, por supuesto, no es así, y que solamente siendo Dickens o Tolstoi podría uno a aspirar a la gloria terrenal sin sacrificar el buen arte, escribir por escribir, decíamos, es algo que últimamente no se me da.
Hasta que se me vaya dando y vuelva a reconocer la necesidad vital que está debajo de teclear alegremente lo que venga a la cabeza…