miércoles, 7 de noviembre de 2012

Y seréis como pájaros

Sucede que sabemos volar. La rutina que aún no cumple ni el siglo de existencia nos ha vuelto insensibles a algo que no puede dejar de admirarse. Si me pongo a pensar que estoy escribiendo esto en un aparato electrónico mientras me desplazo por encima de racimos de nubes observando de vez en vez la trama luminosa de pueblos y ciudades que llenan el horizonte de la noche tejana, puedo sentir una renovada sorpresa: carecemos de alas y volamos. Logramos transportarnos por millares de un lado a otro con una velocidad y eficiencia que superan las de cualquier otro ser evolutivamente dotado para ello. Y sin embargo, es cierto, por más que nos asomemos a la ventana del avión y recordemos la emoción de esa primera vez que, cuando niños, nos sorprendíamos de ver árboles, casas y coches en miniatura, somos ajenos a la experiencia del pájaro. Ignoramos en el vuelo un equivalente de la caminata, esa sensación del cuerpo que ejecuta y controla el movimiento. Nuestros medios para volar, en ese sentido, se desarrollaron prácticos pero asépticos. Apenas ahora existen materiales y mecanismos para que algunos atrevidos, poniendo en ello un empeño en el que incluso apuestan su vida, empiecen a ensayar alas y artificios varios, emulando curiosamente aquellos primeros intentos en la materia y que ya se aproximan a los del ave, especialmente a los del águila o el albatros, elegantes en su vuelo, pero que están por desgracia muy lejos aún de los de la urraca o el gorrión, que aplican despeinados aleteos para conseguir elevar sus poco gráciles cuerpos y serían, sin dudarlo, el ideal para que al ciudadano común, a ti y a mí, nos fuera dado volar sin garbo, disfrutándolo sin adrenalina y sin poner en tanto riesgo el pellejo.

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