sábado, 20 de febrero de 2010

Reencuentros

Escribió Borges en más de una ocasión que la verdadera lectura es la relectura, y que en realidad el verdadero lector es aquel que apenas posee unos cuantos títulos a los que regresa una y otra vez. En ese sentido la capacidad totalizadora que puede tener la Ilíada o el Quijote en nuestra experiencia queda fuera de discusión. Creo que la significancia de tales aseveraciones se extiende además a la idea de que, en suma, la relectura no es otra cosa que un reencuentro, y es de reencuentros o, mejor, de su promesa, de los que se arma una de las más poderosas justificaciones de la existencia humana. Transitamos por la vida con la esperanza del reencuentro, de la repetición de experiencias que nos han sido gratas, de compañías que hemos disfrutado. Visitamos lugares que rápidamente se convierten en entrañables y a los que sabemos que difícilmente regresaremos, y los abandonamos con esa vaga esperanza del retorno, la que se reproduce cuando nos despedimos del amigo que vive muy lejos o cuando terminamos con la última página de la novela que muy probablemente no volveremos a leer. Nuevamente la finitud de la existencia impone su larga sombra sobre nosotros y nos defendemos con la expectativa del retorno, del reencuentro. Por eso, cuando éste se realiza, cuando el amigo querido reaparece, cuando volvemos a la ciudad que tan bien recordábamos, cuando regresa a nuestras manos el libro de cabecera de otra época, nos invade una alegría insondable, un sentimiento de plena justificación de nuestros actos, una quimérica promesa de eternidad. No hay fórmulas perfectas pero creo, como Borges, en el poder de la relectura, en limitar los títulos a los que regresamos, para tener la posibilidad del retorno, disfrutar una y otra vez a cierta gente y ciertos lugares, seguros como siempre de que, al final, la vida misma no más que que sólo eso, un sencillo e inevitable reencuentro, singularidad en el extendido fluir del tiempo.

martes, 9 de febrero de 2010

Negra espalda del tiempo

La mala aventura - de conclusión providencialmente no trágica - de unos queridos amigos hace un par de días, me llevó a recordar uno de los conceptos más significativos que ubico en la literatura moderna. Quizás en un sentido diferente a aquél que el maestro Marías ha delineado, pero al fin con esa connotación cuyo trasfondo lo único que indica es nuestra permanente zozobra ante el fluir del tiempo, agua más líquida que el agua, me refiero a esos minutos, horas, incluso días y semanas, en los que vivimos en la incertidumbre o, peor aún, en la más completa ignorancia de que nuestra vida ha cambiado, de que la tragedia que temíamos se ha cernido sobre nosotros, de que en algún momento ineludible nos llegará la llamada telefónica, el mail, el mensaje en el celular, incluso la visita de algún elegido que confirma o comunica, en un par de frases, siempre con rodeos, que no hemos dejado de ser parte de la precisa geometría del mundo y, por tanto, vivimos ajenos a toda posible escapatoria. Y así nos enteramos, sin realmente desearlo, sin agradecer e incluso odiando al portador de la noticia, de que llevamos un tiempo, mientras más largo más doloroso, ignorando que quien amamos ha muerto, ha enfermado gravemente, ha sufrido algún ataque... Y una vez superada la impresión inicial queda el amargo ejercicio de la memoria, la búsqueda absurda de las señales que indiquen cómo fue posible que, durante ese tiempo, la vida continuase sin alteraciones, sin conciencia de la desgracia, instalada siempre en la latente posibilidad de la pérdida, pero en la pueril tranquilidad de que ésta podía ser invariablemente pospuesta.
Damos al tiempo condición humana, debemos por tanto atender a su anatomía y reconocer la existencia de su lúgubre y tenebrosa espalda...

jueves, 4 de febrero de 2010

Diez (posibles) razones sobre la tristeza del pensamiento

Mi lectura del librito de Steiner así titulado me ha dejado muy pensativo. ¿Hay forma de desactivar una tradición tan larga y fructífera, basada primordialmente en la certeza de que pensar conlleva siempre una implícita catástrofe? Observando la calamitosa realidad que nos rodea, cabe también cuestionarse si al fin de cuentas no es mejor instalarse en esa permanente melancolía...