La mala aventura - de conclusión providencialmente no trágica - de unos queridos amigos hace un par de días, me llevó a recordar uno de los conceptos más significativos que ubico en la literatura moderna. Quizás en un sentido diferente a aquél que el maestro Marías ha delineado, pero al fin con esa connotación cuyo trasfondo lo único que indica es nuestra permanente zozobra ante el fluir del tiempo, agua más líquida que el agua, me refiero a esos minutos, horas, incluso días y semanas, en los que vivimos en la incertidumbre o, peor aún, en la más completa ignorancia de que nuestra vida ha cambiado, de que la tragedia que temíamos se ha cernido sobre nosotros, de que en algún momento ineludible nos llegará la llamada telefónica, el mail, el mensaje en el celular, incluso la visita de algún elegido que confirma o comunica, en un par de frases, siempre con rodeos, que no hemos dejado de ser parte de la precisa geometría del mundo y, por tanto, vivimos ajenos a toda posible escapatoria. Y así nos enteramos, sin realmente desearlo, sin agradecer e incluso odiando al portador de la noticia, de que llevamos un tiempo, mientras más largo más doloroso, ignorando que quien amamos ha muerto, ha enfermado gravemente, ha sufrido algún ataque... Y una vez superada la impresión inicial queda el amargo ejercicio de la memoria, la búsqueda absurda de las señales que indiquen cómo fue posible que, durante ese tiempo, la vida continuase sin alteraciones, sin conciencia de la desgracia, instalada siempre en la latente posibilidad de la pérdida, pero en la pueril tranquilidad de que ésta podía ser invariablemente pospuesta.
Damos al tiempo condición humana, debemos por tanto atender a su anatomía y reconocer la existencia de su lúgubre y tenebrosa espalda...
martes, 9 de febrero de 2010
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1 comentario:
Jamás podríamos saber lo que la vida nos depara--y pocas veces vivimos el día a día, el hoy, el presente, como el único espacio y la única dimensión real. Pensamos demasiado en el futuro, nos lamentamos demasiado del pasado y así, sin darnos cuenta, vivimos atrapados en momentos que ya no son, o todavía no son--y quizá nunca van a ser. ¿Qué nos hace dejar de vivir el segundo de realidad, para revivir o anticipar lo que no es? Parece una mala broma del destino, o de la psique humana, no vivir el momento y, en cambio, amarrarnos al futuro y al pasado. Y cuando llega ese momento, esa llamada, esa noticia que no queremos vivir, es como si nos engraparan a la cruda realidad. He aquí lo que no puedes evitar--y lo tienes que enfrentar en este preciso instante. Y si tienes suerte, como nosotros la tuvimos, el momento temido rápidamente se convierte en una anécdota más, que para el hoy y el ahora, ya no tiene relevancia--porque la esencia, lo más querido, aquello sin lo que no nos podemos imaginar vivir, sigue inalterado.
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