Estamos estos días inmersos en la discusión. No sabría decir si es porque ya llegamos a la edad en la que los elementos para ciertos análisis se hacen prístinos, o bien porque hemos encontrado a los compañeros de ruta idóneos para, por fin, polemizar sin que ello implique las heridas y berrinches de otras épocas. Estamos a una semana de las elecciones y la polémica, cuando menos en esa minoría (¿minoría?) del twitter y las redes sociales se mantiene en lo más alto. Estoy convencido de que las fórmulas tradicionales han dejado de ser válidas y que quedarse en la antigua comodidad de quien ve frustradas sus esperanzas ya no es opción. Me parece que hay gente, cada vez más, que no está de acuerdo con aceptar ese paternalismo al que nos habíamos habituado y preferirá instalarse en la protesta o el desacuerdo. Temo por otro lado que se exacerbe el fanatismo de quienes se crean robados o, peor aún, de quienes se solacen irresponsablemente en su victoria.
domingo, 24 de junio de 2012
viernes, 15 de junio de 2012
Gato ausente
K y yo salimos a hacer ejercicio todas las mañanas. El parque cercano a la casa es un lugar amable que mantiene un aire de ya decadente provincianismo. En un extremo del andador está el acceso a una universidad bancaria (whatever that means) y, junto a éste, un salón de fiestas cuyas oficinas despliegan aparadores con arreglos para banquetes: mesas adornadas con manteles, flores, vajillas y cristalería. Salimos a la hora que, en esta temporada del año, marca un dilatado límite entre la noche y el día, por lo que los aparadores están iluminados con esa luz blanca que da a las pinturas de Hopper esa melancólica intimidad que puede tocarse con los pétalos de la nostalgia.
La repetición es la materia prima para el hábito que, como quería Borges, nos repite como un espejo. Así los dichosos aparadores llevaban un largo tiempo en que para nosotros habían perdido cualquier novedad, así mudaran de atuendo de cuando en cuando, se hiciese algún añadido en este o aquel florero o se cambiase la disposición de un par de sillas. Por eso resultó todo un acontecimiento el día en que mi K, que camina a un ritmo distinto del que yo corro, lo cual nos permite el renovado flirteo del fingido encuentro casual, me dijo al toparse conmigo: “¿ya viste al gato?”. Y sí, unos metros más adelante entraba en mi campo visual el escenario tan repetido pero ahora, sobre una mesa, sentado con esa inmovilidad estatuaria de la que solo son capaces los de su especie, estaba un magnífico gato negro. Criaturas portentosas, los gatos tienen una personalidad única que los distingue de cualesquiera otras criaturas con las que los humanos tenemos cotidiano contacto. No en vano Eliot dedica un libro entero de su música verbal al juego de alabarlos. Y nuestro gato negro estuvo un par de días en ese aparador, ora sentado, ora acostado sobre la mesa, ora paseando al pie de la ventana una vez que el día clareaba y el mundo exterior empezaba a ponerse interesante. Sabiéndose objeto de las miradas, nuestro personaje se solazaba en su confortable lecho de mantelería fina, convirtiéndose en el atractivo principal de un aparador que durante esos días debió seguramente inaugurar su existencia para más de un somnoliento transeúnte. Justo cuando empezaba a dejar su carácter de novedad, a los tres o cuatro días, cuando ya estaba siendo una presencia agradable y apreciada, pero peligrosamente cercana al hábito, nuestro gato, fiel a sus principios ermitaños y hechiceros, desapareció. Dejó su ausencia en un aparador que, desde entonces, no dejamos de escudriñar como nunca antes en la búsqueda de su afelpada negrura…