jueves, 17 de noviembre de 2011

Darmstadt

Hubo un tiempo, no lejano, en que esto, en verdad, era una selva. Tiempo en el que los follajes no daban paso ni tan sólo a una tenue luz en el verano, en el que las murallas de nieve en el invierno perdían al caminante y éste se encontraba a merced de lo desconocido. Es tan fácil confundir el rumbo en dos metros cuadrados cuando el frío y la oscuridad imponen su imperio.  Duendes y elfos, toda índole de criaturas del bosque , se imaginaron en estas tierras. Las que no había porqué inventar, lobos y osos, sabían de supervivencia y no tenían empacho en garantizarla a costa de nuestra carne.

Solemos pensar en la Amazonía, en el Sahara, en los grandes páramos solitarios y olvidados de nuestra vasta Tierra, en los que incontables aventureros extraviados, simplemente por insignificancia, dejaron cuerpo y alma.

Olvidamos que aquí también, donde ahora un puñado de satélites saben definir posición y rumbo con la pericia del milímetro, se vivió en otro tiempo la angustia del camino perdido y la dulce recompensa del paraíso recuperado junto a una fogata o ante el muro en ruinas de un castillo centenario.

No hay duda de que cabe la soberbia pero, al final, siempre queda la inquietud de perder el edén y ser tragado, una vez más, por la implacable nieve del invierno.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Limbo

Históricamente, la Iglesia Católica ha demostrado un gusto especial por inventar lugares pintorescos, de los que el Infierno es el que ha tenido la mayor prensa, tal vez por nuestra innata fascinación por lo grotesco. Inventado éste, llegó un momento en el que no tener acomodo para los que pecaban “poquito” representó un reto mercadológico importante.  Algún genio a quien mi ignorancia en estos temas no identifica, pero que sin duda tenía una inventiva comparable a la del tan en boga Mr. Jobs, tuvo la inspiración de idear el Purgatorio, a quien la ilimitada imaginación de Dante supo poblar nutridamente, y cuya promoción a lo largo de siglos significó una de las fuentes primarias de enriquecimiento de la Iglesia, tan magistralmente simbolizadas hasta nuestros días en los tesoros vaticanos. De no ser por el en muchos aspectos lamentable Lutero, la piadosa institución hubiera continuado por algunos siglos más el pingüe comercio de perdones y mantenido su vena creativa para sostener un tinglado que en ocasiones ni la misma fe podía justificar. Véase por ejemplo el concepto de “Limbo”, a mi entender igualmente producto de afiebradas elucubraciones, y que sirvió para dar salida a casos tan complicados como dónde poner a un bebé – pecador por ser hijo de Eva - que muriera sin ser bautizado. En el Limbo quedaron todos aquéllos cuya indefinida situación o actos no daban para enviarlos a alguno de los dos sitios que se merecen de manera contundente, el Cielo o el Infierno, o bien a aquél donde aún cabe - y conviene - la negociación, el Purgatorio. Encima de eso todavía se consideró, lógicamente, que ante semejante desorden habría que hacerse en algún momento una revisión, y entonces surgió el Juicio Final, para el que me encantaría estudiar abogacía y vender a plazos paquetes de defensa para cuando ocurra (que, según quienes creen leer maya, podría ser tan cerca como 2012).

En fin, que ese concepto, el “limbo”, lleva el día dando vueltas en mi cabeza, al confirmar lo que ni el mismo Dante fue capaz de imaginar: hemos logrado su representación perfecta en nuestros modernos aeropuertos y salas de espera, donde cual almas en pena vagamos los viajeros, sin pecado ni virtud, dejándonos llevar dócilmente por fuerzas que no controlamos, esperando un feliz final en el momento del juicio, la llegada al destino, en el que aquello que nos empujó a esa indefinición incómoda nos devuelva la certeza de que todo fue para algo y que, a diferencia de lo que sostienen los adalides de la filosofía light,  no se trataba de disfrutar del viaje sino de, simple y llanamente, llegar al destino.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Traumas

Mi mejor amiga tiene cáncer. Parece el inicio de una novela que o bien promete revolucionar las letras o bien termina siendo una bazofia. El caso es que no se trata de una novela, al menos no de una cuya inspiración, por real que pueda ser, define una distancia que el narrador puede usar a su gusto para construir sus artificios sin necesariamente dejar, literalmente, el alma en ello.

Depende de cómo se vea la vida, porque si por el contrario uno la entiende como una mala novela, entonces empieza a tener algún sentido el que, además, mi mejor amiga tenga el mismo cáncer que mató a mi madre, y ello haya puesto de cabeza un cúmulo de estructuras que me hacían creer que tenía el tema, maduramente, bajo control desde hacía décadas. Sabiduría que llega de donde menos se espera, mi pequeña A. salió conque, según preclaros seguidores del Dr. Freud, tiene clarísimos los traumas de su señor padre y lo demuestra mediante los propios, haciendo del asunto un embrollo aún más delirante.

En fin, que la vida, como quiera que sea, no se nos presenta aburrida, y de alguna manera hay que buscar cuadrarla, porque al final del día es lo único que, provisional y frágilmente, tenemos la ilusión de poseer.