Mi mejor amiga tiene cáncer. Parece el inicio de una novela que o bien promete revolucionar las letras o bien termina siendo una bazofia. El caso es que no se trata de una novela, al menos no de una cuya inspiración, por real que pueda ser, define una distancia que el narrador puede usar a su gusto para construir sus artificios sin necesariamente dejar, literalmente, el alma en ello.
Depende de cómo se vea la vida, porque si por el contrario uno la entiende como una mala novela, entonces empieza a tener algún sentido el que, además, mi mejor amiga tenga el mismo cáncer que mató a mi madre, y ello haya puesto de cabeza un cúmulo de estructuras que me hacían creer que tenía el tema, maduramente, bajo control desde hacía décadas. Sabiduría que llega de donde menos se espera, mi pequeña A. salió conque, según preclaros seguidores del Dr. Freud, tiene clarísimos los traumas de su señor padre y lo demuestra mediante los propios, haciendo del asunto un embrollo aún más delirante.
En fin, que la vida, como quiera que sea, no se nos presenta aburrida, y de alguna manera hay que buscar cuadrarla, porque al final del día es lo único que, provisional y frágilmente, tenemos la ilusión de poseer.
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