Si nos atenemos al pesimismo que permea la mayoría de los análisis que corren sobre la situación de nuestro atormentado país debemos concluir que no hay salvación y que el futuro se antoja como un cada vez más pavoroso hundimiento en el peor de los mundos imaginables. No se ve por ningún lado qué pueda acotar una violencia cada vez más desmedida, el Estado coquetea con el fascismo y los ciudadanos se sumen en el miedo y la incertidumbre, dejando las decisiones en manos de quienes detentan los poderes de hecho. El cambio de gobierno, venga como venga, es muy probable que no afecte demasiado la dinámica de deterioro y crisis moral profunda que se encuentra en la base de lo que ocurre. Estamos solos y nadie de fuera tiene intención de venir a auxiliarnos.
¿Será?
La crisis moral está en la base, pero no es la causa. La causa está en actividades económicas ilegales que se rigen por las leyes del mercado. La crisis moral permite que exista el material humano que forma cada eslabón de una cadena de producción, transporte, distribución y consumo, pero tal cadena se gobierna por los mismos factores que se encuentran en todas partes y sostienen el funcionamiento de nuestro triunfante capitalismo salvaje. La diferencia entre esta cadena y, digamos, la equivalente en la industria tabacalera, es su ilegalidad. Siguiendo este razonamiento parece de perogrullo la conclusión: legalicemos la droga. Pero no, no tan fácil ni tan rápido. La economía que subyace al narcotráfico no está al margen de los fenómenos que experimentan otros sectores: también se ha diversificado y globalizado. Legalizar la droga no significará legalizar la trata de personas, la piratería o el tráfico de armas. Habrá partes de la cadena que no podrán aceptarse de todas formas por instituciones que se buscan democráticas. La violencia seguirá pero, no hay duda, sin uno de sus factores más decisivos. Legalizar las drogas no es la solución pero la solución pasa, necesariamente, por legalizar las drogas. Es tarea de los gobiernos trabajar en el análisis y las decisiones que permitan hacerlo de la mejor manera posible.
Y los ciudadanos de a pie tenemos que continuar, en pequeño, la labor hormiga de recomponer nuestra sociedad y detener la crisis moral que la agobia, para que empiece a escasear ese material humano que la economía del crimen encuentra en estos tiempos con suma facilidad. Al final del día, es sólo así como se podrá, en los largos plazos, apostar por la viabilidad de nuestra sociedad, nuestra nación y nuestra especie.
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