En su inspirador recuento de ensayos literarios La verdad de las mentiras, Vargas Llosa titula "Elogio de la mala novela" a su sugerente escrito sobre una de las - coincido - peores novelas de la buena literatura, East of Eden de John Steinbeck la cual, sin embargo, leí de un tirón y me pareció la mar de entretenida. Vargas Llosa apela a lo que también Umberto Eco se ha dedicado ampliamente a analizar, que es ese hecho de que los humanos tenemos una marcada simpatía - yo diría por herencia evolutiva - por cierto tipo de eventos y personajes, lo cual convierte en una apuesta bastante segura el armar una narrativa, ya sea literaria o - más modernamente - cinematográfica, sobre esos modelos. La épica y el sacrificio heroico siempre nos van a hipnotizar, al igual que ciertos estereotipos (el héroe trágico, la madre desesperada, la doncella virtuosa, el joven que pierde la inocencia). El superhéroe de masas, como lo acuña Eco, llámese D'Artagnan, Emma Bovary o James Bond, se repite en nuestra cultura con variaciones más o menos aventuradas. Si algo tiene Steinbeck en la susodicha novela es, sin embargo, el tino de introducir variaciones algo más arriesgadas a las de la novela romántica y que terminan funcionando. Así, el personaje de Kathy, una exageración folletinesca de la Milady de Dumas, se mueve en claroscuros tan marcados que al final uno queda en el limbo, no sabiendo si ese sensual atractivo que el personaje consigue despertar puede justificarse de alguna manera, ya que moralmente no tiene perdón. (El mismo Vargas Llosa explota una variante de este tipo de fémina en sus Travesuras de la niña mala, novela insostenible salvo por el buen oficio del autor, capaz de convertir lo que sea en algo legible). En la literatura del siglo XX se llevaron estos juegos hasta extremos formidables, dejándonos personajes entrañables a la vez que execrables, como el Humbert Humbert de Nabokov. Siguiendo el hilo y apartándonos de lo que podemos calificar de literario, la fórmula del superhéroe de masas funciona muy bien y ha sido explotada ad nauseam por el comercio editorial, con productos tan disímiles como Harry Potter y sus trescientas variantes (sagas todas que abrevan del mismo tipo de superhéroe y temática, al final herederas de Tolkien, éste sí un escritor en toda la regla), pasando por los panfletos kilométricos de Ken Follet y Dan Brown hasta aterrizar en, y aquí el meollo de este texto, el fenómeno que muchos no dudan en considerar como un nuevo clásico: Stieg Larsson y su saga Millenium. Habiendo escuchado que más de uno de quienes yo catalogaba como buenos lectores hablaba maravillas de estos libros y habiendo llegado a mis manos el primer tomo, decidí meterme en él con la firme idea de entender porqué podía ser mejor que el resto de la literatura que mi K., siempre atinada e implacable, no duda en señalar a sus alumnos como "chatarra". Llegué a pensar que tal vez estábamos ante uno de esos raros casos, más propios de otros tiempos, en los que cierta literatura - que efectivamente se ganó el calificativo de clásica - empezó siendo un éxito comercial fabuloso (las imágenes de un atiborrado puerto de Nueva York esperando las entregas, si no me equivoco, de Oliver Twist, permanecen en el imaginario como fehaciente prueba).
Debo decir que mi sorpresa no fue menor: pocas veces he leído algo tan mal concebido y peor armado. Y mi estupefacción no se debió a la pobrísima calidad de lo que leía, cosa predecible y en línea con su apabullante éxito comercial, sino al hecho de que hubiera quien lo defendiera, fuera del nutrido círculo de consumidores cotidianos de literatura chatarra. Saber que gente no ajena a las letras pudiera considerar estos libros como algo rescatable me pareció un enigma y me llevó a reflexionar más a fondo lo qué puede estar detrás, aparte del fenómeno de marketing que, sin duda, hace que la sociedad de consumo acepte engaños monumentales de los que, por ejemplo, el iPad es una elocuente muestra. Se precisaba de un ejercicio de introspección porque, pese a lo débil del entramado narrativo, lleno de salidas a modo y con múltiples costuras groseramente visibles, debo confesar que no tuve dificultad alguna en leer sus varios cientos de páginas, cuando en general no suelo pasar de un par cuando intento abordar esta índole de escritos, siendo, lo admito, rápidamente dominado por mis prejuicios y mi anhelo de ocupar el precioso tiempo en leer lo que sí vale la pena. Haciendo agua por todas partes y con una escritura que lo que parece buscar es complacer a un guionista, clamando así por su rápida adaptación al cine - cosa que, lógicamente, ya ocurrió -, la novela Los hombres que no amaban a la mujeres (e imagino que lo mismo se aplica al resto de la famosa trilogía) tiene, sin embargo, un elemento que comparte con la gran literatura y, si es posible decirlo, deja una salida para entender el de otra manera incomprensible efecto sobre el lector versado: propone ("construye" sería decir demasiado) una variante de personaje protagónico femenino que, sin llegar (ni eso le concedo) a una originalidad extrema, sí lo convierte en uno muy atractivo, superior al que presumo es común en este tipo de narraciones, y que confirma una vez más la receta de Eco. Lisbeth Salander tiene todo lo necesario para ser admirada, querida e incluso deseada por prácticamente quien sea. De una antipatía patológica y una irrenunciable rebeldía, atesora rabiosamente una ternura y una determinación adorables (en eso se parece a la creación maestra de Eastwood en "Million Dollar Baby"), al tiempo que mantiene una mente aguda y portentosa en un bajo perfil que la hace parecer estúpida. Sin ser bonita, tiene ese atractivo sensual que el autor, en otro de sus amarres artificiosos pero efectivos, aprovecha para sentar la relación con el protagonista masculino, éste sí tan plano y bobo que solamente nos cae bien por ser el representante de una medianía que es la nuestra y la que pulula en las sociedades "decentes" ("I'm a family man, and my bark is much worse than my bite"). El otro elemento de la novela que resulta llamativo es esa explotación de la brutal violencia arropada por una sociedad que, de puertas para afuera, parece un prodigio de civilización y orden, pero que en los espacios íntimos de la alcoba y la oficina es capaz de las peores atrocidades (y de ahí se obliga "Festen", el otro referente cinematográfico).
Lisbeth Salander y el morbo, combinación perfecta que, sin poder escapar del implacable calificativo de "chatarra", logra urdir un best seller con una singular eficacia narrativa.
Tal vez una de las marcas que delatan a la chatarra literaria sea que, en general, sus adaptaciones al cine son mejores (en el sentido de más entretenidas o más sostenibles) que el texto escrito. Sin haberlo visto, puedo apostar a que disfrutaré viendo cine sueco con - imagino - alguna actriz bien seleccionada para encarnar a la joven Salander y redondear la fantasía que la carencia de talento literario del Sr. Larsson dejó coja.
Si queremos una novela con un personaje femenino al límite y que, a su vez, sea una verdadera obra maestra, una reinvención del lenguaje y del género, busquemos a la inolvidable Violeta de Diablo Guardián, y preguntémonos porqué Xavier Velasco, fuera del Premio Alfaguara, no ha logrado un fenómeno editorial que, éste sí digno émulo de Dickens, combine calidad y mercado; ¿será porque a su manera es una suerte de Lisbeth Salander marginal en un país en el que lo que sobra es violencia?
viernes, 29 de octubre de 2010
lunes, 25 de octubre de 2010
No quisiera ...
En su última intervención en la revista Letras Libres, Guillermo Sheridan hace un ejercicio interesante que, en mi opinión, retrata de forma elocuente una de las caras más significativas de la realidad que viven importantes zonas de nuestro país, en donde no sólo se ha generado una cultura (en su acepción antropológica más amplia) en torno al narcotráfico, sino que ésta ha trascendido los límites meramente narrativos para enquistarse en la realidad cotidiana de mucha gente, en especial jóvenes, que encuentran en capos y sicarios modas y modelos tan atractivos como en otros sectores pudieran ser, por decir algo, los Jonas Brothers. Baste ver el video que propone Sheridan y la, como él atinadamente nombra, "mesa redonda", formada por los miles de comentarios en torno a él:
http://www.youtube.com/watch?v=7x93aqiZ51w
Se obliga una reflexión. Las sociedades modernas, bajo el modelo liberal de democracia, buscan idealmente fortalecerse en el disenso, en la posibilidad de que muchas voces puedan dialogar en el marco de una libertad irrestricta de expresión. Ninguna de las variantes que hemos encontrado de este modelo es perfecta, como difícilmente puede serlo una empresa humana, pero al menos establecen bases de convivencia que comparten el respeto, también indiscutible, a derechos que nos son comunes por el sólo hecho de pertenecer a nuestra especie. Por eso es inaceptable la pena de muerte, la tortura o la esclavitud. Por eso también es inaceptable que muchos de nuestros jóvenes, por la espiral de descomposición social en la que se precipita México, la falta de desarrollo económico, la pobreza de opciones educativas y de pensamiento crítico, el imperdonable oportunismo y miopía de los gobiernos, la indiferencia de las mayorías, la mercadotecnia salvaje, vean como natural el limpiar un campo a bazucazos, el hacer levantones "de los mejores", y encuentren que torturar y degollar a la gente es divertidísimo y lo conviertan en lo que está "in".
Siguiendo a Voltaire, daría mi vida por el derecho de los demás a expresar lo que piensan, pero honestamente no quisiera hallarme en el trance de tener que discutir de derechos con "El Komander"...
jueves, 21 de octubre de 2010
Denise
No siempre de acuerdo, muchas veces no compartiendo cierta estridencia que suele usar como método, lo que sí es un hecho es que tengo con Denise Dresser un affaire intelectual que ya peina canas. Affaire que, como signo de una modernidad que también ya peina las suyas, es previsiblemente unidireccional - aunque ya hubo alguna vez que tuvimos un brevísimo intercambio epistolar que, ahora que lo pienso, habría de rescatar. Como sucede con todo affaire que se precie, la vida de todos los días y el tiempo - ese cínico - se confabulan para diluirlo, y tenía ya rato que no leía algo de ella, hasta que, gracias a mi K. y a una carambola de varias bandas que involucra a la tan execrada USEBEQ, cae en mis manos el texto siguiente, con el que, ahora sí Denise, no podría estar más de acuerdo...
Y en los tiempos oscuros, ¿habrá canto?
Sí. Habrá el canto sobre los tiempos oscuros.
Bertolt Brecht
Hace unos días, el presidente Felipe Calderón criticó a los críticos y convocó a hablar bien de México: "Hablar bien de México, de las ventajas que México tiene... es la manera de construir, precisamente, el futuro del país". Y de allí, siguiendo su propio exhorto, pasó a congratularse porque la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes aquí es más baja que en Colombia, Brasil, El Salvador o Nueva Orleáns. Las ventajas de México quedarán claras cuando decidamos hablar bien del país, concluyó.
Escribo ahora para pedirte -lector o lectora- que hagas exactamente lo contrario a lo que el Presidente exige. Escribo ahora para recordarte que el estoicismo, la resignación, la complicidad, el silencio, y la impasibilidad de tantos explican por qué un país tan majestuoso como México ha sido tan mal gobernado. Es la tarea del ciudadano, como lo apuntaba Günter Grass, vivir con la boca abierta. Hablar bien de los ríos claros y transparentes, pero hablar mal de los políticos opacos y tramposos; hablar bien de los árboles erguidos y frondosos pero hablar mal de las instituciones torcidas y corrompidas; hablar bien del país pero hablar mal de quienes se lo han embolsado.
El oficio de ser un buen ciudadano parte del compromiso de llamar a las cosas por su nombre. De descubrir la verdad aunque haya tantos empeñados en esconderla. De decirle a los corruptos que lo han sido; de decirle a los abusivos que deberían dejar de serlo; de decirle a quienes han expoliado al país que no tienen derecho a seguir haciéndolo; de mirar a México con la honestidad que necesita; de mostrar que somos mejores que nuestra clase política y no tenemos el gobierno que merecemos. De vivir anclado en la indignación permanente: criticando, proponiendo, sacudiendo. De alzar la vara de medición. De convertirte en autor de un lenguaje que intenta decirle la verdad al poder. Porque hay pocas cosas peores -como lo advertía Martin Luther King- que el apabullante silencio de la gente buena. Ser ciudadano requiere entender que la obligación intelectual mayor es rendirle tributo a tu país a través de la crítica.
Ahora bien, ser un buen ciudadano en México no es una tarea fácil. Implica tolerar los vituperios de quienes te exigen que te pases el alto, cuando insistes en pararte allí. Implica resistir las burlas de quienes te rodean cuando admites que pagas impuestos, porque lo consideras una obligación moral. Lleva con frecuencia a la sensación de desesperación ante el poder omnipresente de los medios, la gerontocracia sindical, los empresarios resistentes al cambio, los empeñados en proteger sus privilegios.
Aun así me parece que hay un gran valor en el espíritu de oposición permanente y constructiva versus el acomodamiento fácil. Hay algo intelectual y moralmente poderoso en disentir del statu quo y encabezar la lucha por la representación de quienes no tienen voz en su propio país. Como apunta el escritor J.M. Coetzee, cuando algunos hombres sufren injustamente, es el destino de quienes son testigos de su sufrimiento padecer la humillación de presenciarlo. Por ello se vuelve imperativo criticar la corrupción, defender a los débiles, retar a la autoridad imperfecta u opresiva. Por ello se vuelve fundamental seguir denunciando las casas de Arturo Montiel y los pasaportes falsos de Raúl Salinas de Gortari y las mentiras de Mario Marín y los abusos de Carlos Romero Deschamps y el escandaloso Partido Verde y los niños muertos de la guardería ABC y los cinco millones de pobres más.
No se trata de desempeñar el papel de quejumbroso y plañidero o erigirse en la Casandra que nadie quiere oír. No se trata de llevar a cabo una crítica rutinaria, monocromática, predecible. Más bien un buen ciudadano busca mantener vivas las aspiraciones eternas de verdad y justicia en un sistema político que se burla de ellas. Sabe que el suyo debe ser un papel puntiagudo, punzante, cuestionador. Sabe que le corresponde hacer las preguntas difíciles, confrontar la ortodoxia, enfrentar el dogma. Sabe que debe asumirse como alguien cuya razón de ser es representar a las personas y a las causas que muchos preferirían ignorar. Sabe que todos los seres humanos tienen derecho a aspirar a ciertos estándares decentes de comportamiento de parte del gobierno. Y sabe que la violación de esos estándares debe ser detectada y denunciada: hablando, escribiendo, participando, diagnosticando un problema o fundando una ONG para lidiar con él.
Ser un buen ciudadano en México es una vocación que requiere compromiso y osadía. Es tener el valor de creer en algo profundamente y estar dispuesto a convencer a los demás sobre ello. Es retar de manera continua las medias verdades, la mediocridad, la corrección política, la mendacidad. Es resistir la cooptación. Es vivir produciendo pequeños shocks y terremotos y sacudidas. Vivir generando incomodidad. Vivir en alerta constante. Vivir sin bajar la guardia. Vivir alterando, milímetro tras milímetro, la percepción de la realidad para así cambiarla. Vivir, como lo sugería George Orwell, diciéndoles a los demás lo que no quieren oír.
Quienes hacen suyo el oficio de disentir no están en busca del avance material, del avance personal o de una relación cercana con un diputado o un delegado o un presidente municipal o un Secretario de Estado o un Presidente. Viven en ese lugar habitado por quienes entienden que ningún poder es demasiado grande para ser criticado. El oficio de ser incómodo no trae consigo privilegios ni reconocimiento, ni premios, ni honores. Uno se vuelve la persona que nadie sabe en realidad si debe ser invitada, o el colaborador de una revista a la cual le recortan la publicidad.
Pero el ciudadano crítico debe poseer una gran capacidad para resistir las imágenes convencionales, las narrativas oficiales, las justificaciones circuladas por televisoras poderosas o Presidentes porristas. La tarea que le toca -te toca- precisamente es la de desenmascarar versiones alternativas y desenterrar lo olvidado. No es una tarea fácil porque implica estar parado siempre del lado de los que no tienen quién los represente, escribe Edward Said. Y no por idealismo romántico, sino por el compromiso con formar parte del equipo de rescate de un país secuestrado por gobernadores venales y líderes sindicales corruptos y monopolistas rapaces. Aunque la voz del crítico es solitaria, adquiere resonancia en la medida en la que es capaz de articular la realidad de un movimiento o las aspiraciones de un grupo. Es una voz que nos recuerda aquello que está escrito en la tumba de Sigmund Freud en Viena: "la voz de la razón es pequeña pero muy persistente".
Vivir así tiene una extraordinaria ventaja: la libertad. El enorme placer de pensar por uno mismo. Eso que te lleva a ver las cosas no simplemente como son, sino por qué llegaron a ser de esa manera. Cuando asumes el pensamiento crítico, no percibes a la realidad como un hecho dado, inamovible, incambiable, sino como una situación contingente, resultado de decisiones humanas. La crisis del país se convierte en algo que es posible revertir, que es posible alterar mediante la acción decidida y el debate público intenso. La crítica se convierte en una forma de abastecer la esperanza en el país posible. Hablar mal de México se vuelve una forma de aspirar al país mejor.
Esta es una posición vital extraordinariamente útil pero heterodoxa en un lugar que cambia pero muy lentamente debido a la complicidad de sus habitantes y sus gobernantes. Porque hay tantos que parten de la premisa: "así es México". Tantos que parten de la inevitabilidad. Tantos que parten de la conformidad. Ya lo decía Octavio Paz: "Y si no somos todos estoicos e impasibles -como Juárez y Cuauhtémoc- al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de nuestras victorias nos conmueve nuestra entereza ante la adversidad". Allí está nuestro conformismo con la corrupción cuando es compartida. Nuestra propensión a compararnos hacia abajo y congratularnos -como lo hace Felipe Calderón- porque por lo menos México no es tan violento como la ciudad de Nueva Orleáns.
Ante esa propensión al conformismo te invito a hablar mal de México. A formar parte de los ciudadanos que se rehúsan a aceptar la lógica compartida del "por lo menos". A los que ejercen a cabalidad el oficio de la ciudadanía crítica. A los que alzan un espejo para que un país pueda verse a sí mismo tal y como es. A los que dicen "no". A los que resisten el uso arbitrario de la autoridad. A los que asumen el reto de la inteligencia libre. A los que piensan diferente. A los que declaran que el emperador está desnudo. A los que se involucran en causas y en temas y en movimientos más grandes que sí mismos. A los que en tiempos de grandes disyuntivas éticas no permanecen neutrales. A los que se niegan a ser espectadores de la injusticia o la estupidez. A los que critican a México porque están cansados de aquello que Carlos Pellicer llamó "el esplendor ausente". A los que cantan en la oscuridad porque es la única forma de iluminarla - Denise Dresser.
Y en los tiempos oscuros, ¿habrá canto?
Sí. Habrá el canto sobre los tiempos oscuros.
Bertolt Brecht
Hace unos días, el presidente Felipe Calderón criticó a los críticos y convocó a hablar bien de México: "Hablar bien de México, de las ventajas que México tiene... es la manera de construir, precisamente, el futuro del país". Y de allí, siguiendo su propio exhorto, pasó a congratularse porque la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes aquí es más baja que en Colombia, Brasil, El Salvador o Nueva Orleáns. Las ventajas de México quedarán claras cuando decidamos hablar bien del país, concluyó.
Escribo ahora para pedirte -lector o lectora- que hagas exactamente lo contrario a lo que el Presidente exige. Escribo ahora para recordarte que el estoicismo, la resignación, la complicidad, el silencio, y la impasibilidad de tantos explican por qué un país tan majestuoso como México ha sido tan mal gobernado. Es la tarea del ciudadano, como lo apuntaba Günter Grass, vivir con la boca abierta. Hablar bien de los ríos claros y transparentes, pero hablar mal de los políticos opacos y tramposos; hablar bien de los árboles erguidos y frondosos pero hablar mal de las instituciones torcidas y corrompidas; hablar bien del país pero hablar mal de quienes se lo han embolsado.
El oficio de ser un buen ciudadano parte del compromiso de llamar a las cosas por su nombre. De descubrir la verdad aunque haya tantos empeñados en esconderla. De decirle a los corruptos que lo han sido; de decirle a los abusivos que deberían dejar de serlo; de decirle a quienes han expoliado al país que no tienen derecho a seguir haciéndolo; de mirar a México con la honestidad que necesita; de mostrar que somos mejores que nuestra clase política y no tenemos el gobierno que merecemos. De vivir anclado en la indignación permanente: criticando, proponiendo, sacudiendo. De alzar la vara de medición. De convertirte en autor de un lenguaje que intenta decirle la verdad al poder. Porque hay pocas cosas peores -como lo advertía Martin Luther King- que el apabullante silencio de la gente buena. Ser ciudadano requiere entender que la obligación intelectual mayor es rendirle tributo a tu país a través de la crítica.
Ahora bien, ser un buen ciudadano en México no es una tarea fácil. Implica tolerar los vituperios de quienes te exigen que te pases el alto, cuando insistes en pararte allí. Implica resistir las burlas de quienes te rodean cuando admites que pagas impuestos, porque lo consideras una obligación moral. Lleva con frecuencia a la sensación de desesperación ante el poder omnipresente de los medios, la gerontocracia sindical, los empresarios resistentes al cambio, los empeñados en proteger sus privilegios.
Aun así me parece que hay un gran valor en el espíritu de oposición permanente y constructiva versus el acomodamiento fácil. Hay algo intelectual y moralmente poderoso en disentir del statu quo y encabezar la lucha por la representación de quienes no tienen voz en su propio país. Como apunta el escritor J.M. Coetzee, cuando algunos hombres sufren injustamente, es el destino de quienes son testigos de su sufrimiento padecer la humillación de presenciarlo. Por ello se vuelve imperativo criticar la corrupción, defender a los débiles, retar a la autoridad imperfecta u opresiva. Por ello se vuelve fundamental seguir denunciando las casas de Arturo Montiel y los pasaportes falsos de Raúl Salinas de Gortari y las mentiras de Mario Marín y los abusos de Carlos Romero Deschamps y el escandaloso Partido Verde y los niños muertos de la guardería ABC y los cinco millones de pobres más.
No se trata de desempeñar el papel de quejumbroso y plañidero o erigirse en la Casandra que nadie quiere oír. No se trata de llevar a cabo una crítica rutinaria, monocromática, predecible. Más bien un buen ciudadano busca mantener vivas las aspiraciones eternas de verdad y justicia en un sistema político que se burla de ellas. Sabe que el suyo debe ser un papel puntiagudo, punzante, cuestionador. Sabe que le corresponde hacer las preguntas difíciles, confrontar la ortodoxia, enfrentar el dogma. Sabe que debe asumirse como alguien cuya razón de ser es representar a las personas y a las causas que muchos preferirían ignorar. Sabe que todos los seres humanos tienen derecho a aspirar a ciertos estándares decentes de comportamiento de parte del gobierno. Y sabe que la violación de esos estándares debe ser detectada y denunciada: hablando, escribiendo, participando, diagnosticando un problema o fundando una ONG para lidiar con él.
Ser un buen ciudadano en México es una vocación que requiere compromiso y osadía. Es tener el valor de creer en algo profundamente y estar dispuesto a convencer a los demás sobre ello. Es retar de manera continua las medias verdades, la mediocridad, la corrección política, la mendacidad. Es resistir la cooptación. Es vivir produciendo pequeños shocks y terremotos y sacudidas. Vivir generando incomodidad. Vivir en alerta constante. Vivir sin bajar la guardia. Vivir alterando, milímetro tras milímetro, la percepción de la realidad para así cambiarla. Vivir, como lo sugería George Orwell, diciéndoles a los demás lo que no quieren oír.
Quienes hacen suyo el oficio de disentir no están en busca del avance material, del avance personal o de una relación cercana con un diputado o un delegado o un presidente municipal o un Secretario de Estado o un Presidente. Viven en ese lugar habitado por quienes entienden que ningún poder es demasiado grande para ser criticado. El oficio de ser incómodo no trae consigo privilegios ni reconocimiento, ni premios, ni honores. Uno se vuelve la persona que nadie sabe en realidad si debe ser invitada, o el colaborador de una revista a la cual le recortan la publicidad.
Pero el ciudadano crítico debe poseer una gran capacidad para resistir las imágenes convencionales, las narrativas oficiales, las justificaciones circuladas por televisoras poderosas o Presidentes porristas. La tarea que le toca -te toca- precisamente es la de desenmascarar versiones alternativas y desenterrar lo olvidado. No es una tarea fácil porque implica estar parado siempre del lado de los que no tienen quién los represente, escribe Edward Said. Y no por idealismo romántico, sino por el compromiso con formar parte del equipo de rescate de un país secuestrado por gobernadores venales y líderes sindicales corruptos y monopolistas rapaces. Aunque la voz del crítico es solitaria, adquiere resonancia en la medida en la que es capaz de articular la realidad de un movimiento o las aspiraciones de un grupo. Es una voz que nos recuerda aquello que está escrito en la tumba de Sigmund Freud en Viena: "la voz de la razón es pequeña pero muy persistente".
Vivir así tiene una extraordinaria ventaja: la libertad. El enorme placer de pensar por uno mismo. Eso que te lleva a ver las cosas no simplemente como son, sino por qué llegaron a ser de esa manera. Cuando asumes el pensamiento crítico, no percibes a la realidad como un hecho dado, inamovible, incambiable, sino como una situación contingente, resultado de decisiones humanas. La crisis del país se convierte en algo que es posible revertir, que es posible alterar mediante la acción decidida y el debate público intenso. La crítica se convierte en una forma de abastecer la esperanza en el país posible. Hablar mal de México se vuelve una forma de aspirar al país mejor.
Esta es una posición vital extraordinariamente útil pero heterodoxa en un lugar que cambia pero muy lentamente debido a la complicidad de sus habitantes y sus gobernantes. Porque hay tantos que parten de la premisa: "así es México". Tantos que parten de la inevitabilidad. Tantos que parten de la conformidad. Ya lo decía Octavio Paz: "Y si no somos todos estoicos e impasibles -como Juárez y Cuauhtémoc- al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de nuestras victorias nos conmueve nuestra entereza ante la adversidad". Allí está nuestro conformismo con la corrupción cuando es compartida. Nuestra propensión a compararnos hacia abajo y congratularnos -como lo hace Felipe Calderón- porque por lo menos México no es tan violento como la ciudad de Nueva Orleáns.
Ante esa propensión al conformismo te invito a hablar mal de México. A formar parte de los ciudadanos que se rehúsan a aceptar la lógica compartida del "por lo menos". A los que ejercen a cabalidad el oficio de la ciudadanía crítica. A los que alzan un espejo para que un país pueda verse a sí mismo tal y como es. A los que dicen "no". A los que resisten el uso arbitrario de la autoridad. A los que asumen el reto de la inteligencia libre. A los que piensan diferente. A los que declaran que el emperador está desnudo. A los que se involucran en causas y en temas y en movimientos más grandes que sí mismos. A los que en tiempos de grandes disyuntivas éticas no permanecen neutrales. A los que se niegan a ser espectadores de la injusticia o la estupidez. A los que critican a México porque están cansados de aquello que Carlos Pellicer llamó "el esplendor ausente". A los que cantan en la oscuridad porque es la única forma de iluminarla - Denise Dresser.
martes, 19 de octubre de 2010
La guerra que no entendemos
Reflexiono sobre el editorial del expresidente colombiano Ernesto Samper en El País (5 de octubre de 2010), en el sentido de que la guerra contra el narcotráfico emprendida por el gobierno de México es el único camino que evitará una eventual toma del país y sus instituciones por las fuerzas del mal y que, en ese sentido, las críticas a la estrategia del presidente Calderón adolecen de una fatídica falta de patriotismo y compromiso, siendo parciales o insensatas, concluyendo que México, como un todo y como Colombia en su tiempo, debe asumir los cruentos saldos que ya estamos viendo. Me parece que, como en muchos de los análisis que cunden sobre este tema, éste adolece de una enorme estrechez de miras. Puede uno dejarse impresionar por quien firma, pero - hablando desde una cómoda ignorancia, porque desconozco el caso Colombia - alcanzo a ver varios hechos que a mi parecer acotan la eficacia de los conejos que el ínclito expresidente pueda dar. El primero es que Colombia, pese a haber aparentemente “derrotado” a los cárteles más violentos, sigue siendo el primer productor de droga del hemisferio y una parte importante de su territorio está totalmente controlada por la guerrilla asociada al narco. Da más la impresión de que, en algún momento, se alcanzaron equilibrios dentro de una guerra que a nada llevaba y actualmente se vive un “status quo” que se ve de cuando en cuando sacudido por golpes como el reciente ataque al enclave de las FARC en el que se ultimó a uno de sus caudillos más importantes. El segundo es que la complejidad organizacional y la variedad de cárteles en México definen una realidad muy diferente a la que Colombia llegó a vivir, además de que los cárteles mexicanos están cifrados en el negocio ilícito, sin estar asociados a ninguna agenda guerrillera que abandere una ideología de reivindicación social. La pugna por territorios ha sido la base de la pelea entre los cárteles en México, exacerbada hasta lo indecible por los golpes poco hábiles de un gobierno que empezó esta lucha con la idea de legitimarse, más que con la de realmente buscar resolver un problema que tiene mil aristas. A todas luces, la miopía del gobierno mexicano está saliendo muy cara. Me parece que intentar comparar el problema mexicano con el colombiano de hace 25 años es un error de lógica, porque las premisas no son las mismas y los escenarios son radicalmente distintos.
Y lo que me parece más relevante de todo, y es algo que los políticos y muchos analistas dejan de lado en la mayoría de las discusiones por lo delicado de ciertos temas, el narcotráfico antes que nada es un gran negocio, funciona de acuerdo con las leyes de la oferta y la demanda, y se ha desarrollado a la par que los demás negocios comerciales del mundo moderno (se ha diversificado, se ha globalizado, ha hecho alianzas estratégicas, ha ampliado sus redes de distribución, etc.): atacar a balazos un engrane de una maquinaria mucho más grande, sin buscar estrategias para desarmarla en todos los frentes y desde el inicio de la cadena (la producción en Colombia y México) hasta la distribución y el consumo en los grandes mercados (EU principalmente), pasando por los demás elementos concomitantes (como el tráfico de personas y de armas) me parece, siendo amables, ingenuo, siendo realistas, un gran error, por no decir una estupidez. Que nadie me diga que el problema se acaba cruzando la frontera con EU, que la droga “mágicamente” llega a las manitas de Lindsay Lohan en Beverly Hills y de los junkies en el Bronx sin que en medio haya una red de distribución más parecida a la de Wal-Mart que lo que imaginamos, y que esa red no existe con la colusión de autoridades y el acuerdo de gobiernos en todos los órdenes (todos éstos al norte de la frontera). Ciertamente, para el “establishment” estadounidense es muy cómodo que México, el de por sí corrupto e inepto, ponga los muertos, mientras que su industria manufacturera de armas - una de las pocas que le quedan - tiene en los cárteles mexicanos una clientela segura y que paga en efectivo.
El tema da para largo y temo que seguiremos viviéndolo por mucho tiempo, pero al final sigo apostando porque en este país, así como hay muchos metidos en esa actividad económica arriesgada y que en muchos casos exige la renuncia a principios que deberían ser la base para la convivencia social, también hay una mayoría que todos los días hace su chamba y le pone empeño, alegría y talento. Yo lo veo todos los días y lo agradezco, porque como se ven las cosas es fácil dejarse llevar por la desesperanza, y son nuestros mismos compatriotas los que me están enseñando a diario que la vida también es noticia.
Y lo que me parece más relevante de todo, y es algo que los políticos y muchos analistas dejan de lado en la mayoría de las discusiones por lo delicado de ciertos temas, el narcotráfico antes que nada es un gran negocio, funciona de acuerdo con las leyes de la oferta y la demanda, y se ha desarrollado a la par que los demás negocios comerciales del mundo moderno (se ha diversificado, se ha globalizado, ha hecho alianzas estratégicas, ha ampliado sus redes de distribución, etc.): atacar a balazos un engrane de una maquinaria mucho más grande, sin buscar estrategias para desarmarla en todos los frentes y desde el inicio de la cadena (la producción en Colombia y México) hasta la distribución y el consumo en los grandes mercados (EU principalmente), pasando por los demás elementos concomitantes (como el tráfico de personas y de armas) me parece, siendo amables, ingenuo, siendo realistas, un gran error, por no decir una estupidez. Que nadie me diga que el problema se acaba cruzando la frontera con EU, que la droga “mágicamente” llega a las manitas de Lindsay Lohan en Beverly Hills y de los junkies en el Bronx sin que en medio haya una red de distribución más parecida a la de Wal-Mart que lo que imaginamos, y que esa red no existe con la colusión de autoridades y el acuerdo de gobiernos en todos los órdenes (todos éstos al norte de la frontera). Ciertamente, para el “establishment” estadounidense es muy cómodo que México, el de por sí corrupto e inepto, ponga los muertos, mientras que su industria manufacturera de armas - una de las pocas que le quedan - tiene en los cárteles mexicanos una clientela segura y que paga en efectivo.
El tema da para largo y temo que seguiremos viviéndolo por mucho tiempo, pero al final sigo apostando porque en este país, así como hay muchos metidos en esa actividad económica arriesgada y que en muchos casos exige la renuncia a principios que deberían ser la base para la convivencia social, también hay una mayoría que todos los días hace su chamba y le pone empeño, alegría y talento. Yo lo veo todos los días y lo agradezco, porque como se ven las cosas es fácil dejarse llevar por la desesperanza, y son nuestros mismos compatriotas los que me están enseñando a diario que la vida también es noticia.
viernes, 8 de octubre de 2010
La verdad de las mentiras
Cuando murió Borges escuché decir a alguien, quizás a mi padre, lo que luego fue lugar común: que si algo deprestigiaba al Nobel era no habérselo dado. Los que vivimos el universo paralelo de los laberintos y los espejos, esa urdimbre borgiana que simula la realidad -o acaso la sustituye - no podemos estar más de acuerdo. No obstante y por criticable que se le considere, en especial por quienes deja fuera y por algunos de los que incluye, el Nobel de Literatura es un referente. Uno puede estar relativamente seguro de que quienes han sido tocados por la insigne vara son, cuando menos, legibles. Si se cuela algún Saramago se debe a la fragilidad de las empresas humanas, siempre propensas al error o a la simulación (que a todas luces permite dudas sobre si las inclusiones de un turco o un judío húngaro se debieron a la calidad literaria o a agendas que nada tienen que ver con ella). Más graves suelen ser las omisiones, cuando aparte de Borges reclamamos la ausencia de Rulfo, ni se diga de Cortázar, por hablar solamente de las letras iberoamericanas. Semejante reclamo, no obstante, nos lo ahorraremos ahora con el nombramiento de otro mentiroso de cepa, como seguramente él mismo aceptaría calificarse, y cuya obra literaria, si algo tiene, es la referencia a un humanismo renacentista, cojo desde que se fue Paz, y que en estos días y en esta América Latina resulta casi un milagro y un patrimonio invaluable. Mientras es la narrativa la que permite juzgar a un Coetzee o a un García Márquez y ubicarlos entre los artífices de la reinvención literaria en sus respectivas lenguas, es en el ensayo donde Vargas Llosa se expande a sus anchas y consigue lo que pocos con un género más presto a la divagación analítica que a la paleta del pintor. Para mí sus novelas, de factura sin discusión solvente, adolecen con frecuencia de inconstancia, a veces se regocijan en el exceso y no logran, al menos en mí y con sus dignísimas excepciones, tanto como sus ensayos. En cambio, sus libros acerca de libros son uno de los estimulantes más fabulosos que he encontrado para leer y releer. Gracias a ellos la relectura, siempre un ejercicio entrañable, se ha tornado en algunos casos en una aventura de vuelos inimaginables, y así Victor Hugo y Flaubert dejan el ámbito de lo sagrado para andar entre los hombres, enseñando con sus muy humanas virtudes y defectos lo que significa la empresa de dotar a la imaginación de sustancia, a las mentiras de verdad. La literatura - en ello no puede negar su pertenencia a la esfera de las artes - trasciende al creador y se convierte en pertenencia de aquéllos a los que ha cambiado la vida, y sólo un alquimista como Vargas Llosa, que sabe discurrir sobre el discurso, conocedor por propia experiencia de la dificultad de la empresa y de los dones que se precisan para acometerla y salir avante, puede hechizar en el camino a quienes, llamados por el canto de sirenas de su hipnótica prosa, no podemos sino brincar de ahí a releer a Faulkner y adorar a Virgina Woolf. Salve pues, Maestro, y dejémonos alegrar por tu entrada a semejante lista.
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