viernes, 9 de noviembre de 2012

Muro de Berlín

  ¿Qué significa un objeto como este, trozo amputado de lo que fuera un monumento a la opresión? Ahora adornas el sencillo escritorio de alguien que, en rigor, no sufrió lo que alguna vez representaste. Acabaste aquí como un souvenir más, entre pendones de la Liga Alemana de Fútbol y fotos de familia con disfraces tiroleses. Te has trivializado, como seguramente tantos otros como tú, llevados a todos los rincones del globo en andanadas más o menos nutridas desde que se permitió al pueblo el desfogue de la demolición.
Hubo un tiempo, claro, en el que tu oscura sombra oprimía el alma de multitudes, de cientos de personas cruelmente separadas por los saldos de la sinrazón, de muchos incapaces de aceptar un supuesta utopía cuya única falla, ni modo, era el sacrificio de la libertad. Símbolo de una época que terminó en fiesta, con gente eufórica blandiendo picos y marros, descargando décadas de frustración algunos, de humano afán destructivo los más, pero mostrando nuevamente lo efímero de lo absoluto, de lo irreductible, de lo que no acepta discusiones y se impone por la fuerza, mostrando, al final del día, que la esperanza es aún y como siempre el signo más constante de nuestra especie.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Y seréis como pájaros

Sucede que sabemos volar. La rutina que aún no cumple ni el siglo de existencia nos ha vuelto insensibles a algo que no puede dejar de admirarse. Si me pongo a pensar que estoy escribiendo esto en un aparato electrónico mientras me desplazo por encima de racimos de nubes observando de vez en vez la trama luminosa de pueblos y ciudades que llenan el horizonte de la noche tejana, puedo sentir una renovada sorpresa: carecemos de alas y volamos. Logramos transportarnos por millares de un lado a otro con una velocidad y eficiencia que superan las de cualquier otro ser evolutivamente dotado para ello. Y sin embargo, es cierto, por más que nos asomemos a la ventana del avión y recordemos la emoción de esa primera vez que, cuando niños, nos sorprendíamos de ver árboles, casas y coches en miniatura, somos ajenos a la experiencia del pájaro. Ignoramos en el vuelo un equivalente de la caminata, esa sensación del cuerpo que ejecuta y controla el movimiento. Nuestros medios para volar, en ese sentido, se desarrollaron prácticos pero asépticos. Apenas ahora existen materiales y mecanismos para que algunos atrevidos, poniendo en ello un empeño en el que incluso apuestan su vida, empiecen a ensayar alas y artificios varios, emulando curiosamente aquellos primeros intentos en la materia y que ya se aproximan a los del ave, especialmente a los del águila o el albatros, elegantes en su vuelo, pero que están por desgracia muy lejos aún de los de la urraca o el gorrión, que aplican despeinados aleteos para conseguir elevar sus poco gráciles cuerpos y serían, sin dudarlo, el ideal para que al ciudadano común, a ti y a mí, nos fuera dado volar sin garbo, disfrutándolo sin adrenalina y sin poner en tanto riesgo el pellejo.