miércoles, 28 de julio de 2010

Cuando ya no es juego

Quienes nos formamos en la educación superior pública en México, especialmente en el último cuarto del siglo XX, heredamos una visión de la Revolución Cubana que nos ha sido complicado deconstruir. Hay quienes aún se aferran a la admiración de viejas hazañas y glorias que parecían incuestionables, pero que la realidad de una de las dictaduras más largas e inhumanas de le era moderna ha ido desmontando. Los que nacimos luego de los hechos del 59, o quienes los vivieron antes de tener edad para recordarlos, construimos nuestra percepción basados en las admiraciones o rechazos de nuestros padres y maestros. Para quienes crecimos en un medio liberal y que tendía a simpatizar con el marxismo, ya al borde del precipicio (aquél de los últimos años de la Guerra Fría) una cosa era irrebatible: la Revolución Cubana era admirable por lo carismático de sus figuras y, especialmente, por su extraordinaria dignidad ante las imposiciones de la gran potencia del hemisferio, potencia hacia la que tirios y troyanos sentían una antipatía producto no sólo de la ideología, sino de una historia propia como víctimas del abuso. Así las cosas en nuestro imaginario, no supimos bien a bien cuándo la Revolución se traicionó y el héroe se convirtió, primero, en patriarca, posteriormente en tirano y al final en patética caricatura de sí mismo. La Historia juzgará y, muy posiblemente, de los destinos históricos del siglo XX uno de los más trágicos termine siendo el de Fidel Castro, no sólo por los detalles de cómo termine sus días, sino por el grado de su final pequeñez.

Sirva esto para introducir una de las más rescatables aventuras intelectuales y humanas con las que me he topado. En la Cuba de los Castro el Internet (al igual que la gran mayoría de los satisfactores materiales que en estas latitudes damos por hechos) está vetado para la mayoría de la gente. Los restringidos accesos están en los sitios turísticos y a precios que son impagables para el cubano medio (que es decir, para todo aquél no miembro de la “nomenklatura”, o que no reciba alguna arriesgada remesa de Miami). Tener una cuenta de email es ilusorio, un blog es un lujo y las redes sociales en las que muchos de nuestros jóvenes dedican días enteros a escribirse nimiedades son conceptos tan lejanos como el agua en Marte. En medio de eso tenemos a una mujer cubana, filóloga de profesión, que descubrió en Suiza las claves de la libertad en la improbable forma de códigos binarios, como ella misma escribe, y regresó a La Habana para usarlos contra el monstruo. Y así lleva años escribiendo un blog que es una delicia, que critica desde la más sencilla cotidianeidad, que denuncia con la simple relación de hechos, a la manera de los clásicos, y que se ha convertido en un fenómeno global que, una vez más, nos lleva a la reflexión sobre la clase de mundo que estamos viviendo gracias a la revolución tecnológica. Y como el fenómeno de la red es múltiple e impredecible, se añaden blogs de muchos otros, algunos de calidad indiscutible, muchos como genuinas botellas lanzadas desde la isla del náufrago. Blogs cuya escritura cuesta lo indecible y entraña pavorosos riesgos. Vale la pena darse un clavado en esto, y para ello nada mejor que la principal inspiradora, Yoani Sánchez, y su blog:

http://www.desdecuba.com/generaciony/

Lo que hagamos con ello los que estamos de este lado de la trinchera es cosa propia, pero me queda claro que la indiferencia no puede ser opción para quien se presuma noble de espíritu.

martes, 20 de julio de 2010

Aún hay muchas Alhóndigas por incendiar

Se puede escribir sobre la comunión de las almas, pero ello precisa de otro espacio y un género literario de mayor lirismo que la crónica o el ensayo breve. Escribamos entonces de lo que fue un digno complemento de aquélla en los días pasados: la comunión con lugares y espacios, si queremos vernos ambiciosos, con la Historia, así con mayúsculas. El gozo de la caminata por la antigua Guanajuato, la entrañable Cuévano de Ibargüengoitia. La Historia (con mayúsculas) es un espejo que retrata relojes levógiros, una ruleta cuyo azar nos explica, si se quiere parcialmente, porqué somos como somos. Un espejo que también, se sabe, delinea reflejos imperfectos y manipulados, hijos de las pasiones, usualmente de quienes han vencido y gozado de la impunidad de la reseña. Y así recorrimos esos espacios, tan a la vista ahora que se cumplen aniversarios - los hombres, ni modo, somos intérpretes de símbolos -, como la célebre Alhóndiga y sus historias de sangre, traición y muerte, y en medio del efectismo narrativo de los guías de turistas, podemos adivinar un trasfondo de complejidad y confusión indescriptibles, donde lo único que queda es esa risa congelada de la Muerte Catrina, porque mucho de lo que seguramente sí pasó en esos días aciagos del inicio de la guerra independentista pudo haberse evitado, de forma harto simple, si, desde entonces, desde antes y para siempre, no fuéramos como somos, condenados a la confusión y el desorden, pero asimismo al heroísmo y el sacrificio, en cierto sentido, a algo que podría incluso confundirse con predestinación.Y por eso la más precisa relación, seguramente no de los hechos, pero sí de sus reflejos - a la manera de los impresionistas franceses - viene de Ibagüengoitia, que tuvo que crear al padre Periñón y su cofradía de conspiradores para dar cuenta de una historia que, de tan cómica, no puede ser sino trágica, como mucho de lo que hemos vivido y seguimos viviendo en este país de claroscuros. Pese a sus saldos, salud por esa Historia que, si algo merece, es ser narrada en clave de son, de corrido y de guapango.

viernes, 9 de julio de 2010

Colofón

Por definición de opuestos, los tiempos oscuros no pueden durar eternamente.

Ella cantaba boleros

Mis correrías por la más variada literatura me han dado un amplio repertorio de satisfacciones a lo largo de mis muchos años de lector. Mi gusto por los retos intelectuales me ha llevado a disfrutar grandemente de las narrativas de compleja trama pero, sobre todo, de aquéllas en las que el contenido es definido por la forma. No en vano la mejor prosa termina siendo una variante alotrópica de la poesía. Aún así, sigo sin atreverme con el Ulises de Joyce, aunque el entrenamiento de Faulkner, Virgina Woolf , Nabokov y, más recientemente, Coetzee, me hace pensar que voy llegando a la madurez requerida para emprender la aventura. Mientras me convenzo de abordar semejante empresa me encuentro con gratísimos hallazgos, como el  muy reciente de Guillermo Cabrera Infante, de quien había leído tiempo atrás los cuentos reunidos en el volumen "Delito por bailar el chachachá", y que ahora me deja sin habla con su novela "Tres tristes tigres". Si hubiera alguna duda de que cada idioma imprime una clave particular a su literatura, esta obra es una refutación en toda regla. Así como Mrs. Dalloway solamente puede pensarse en inglés, los personajes de Cabrera Infante se definen por el español habanero, por ese español que no puede separarse de la entrañable música, sino que es música en sí mismo. Una novela narrada en tiempo de mambo y salsa, de danzón y chachachá, de percusiones antiguas - herencia del oculto poder de los dioses africanos-, de vienesas cuerdas, blancas vírgenes ahogadas por la portentosa voz que nació para cantar boleros. La Habana del antes y el después, la que ha permanecido incólume y triunfante a pesar de Batista y de Castro - dos polos de la misma patética, pequeña ambición humana -, la que a pesar de sus ruinas materiales mantiene su vigor en el alma de un pueblo, por extensión, de una América Latina que, oh dolor, hace agua por todos lados, pero sigue tocando sus violines con pasión arrobadora. Nuestra Cuba, definitoria de una cultura que se mantiene por sus propios fueros, que ha generado, en ese sincretismo fabuloso del fin de todos los tiempos, fenómenos como "Tres tristes tigres" y los Klazz Brothers, que tanto enojo me causaron la vez primera que oí "Mambozart" y ahora no puedo imaginarme sin tenerlos en mi iPod, a todo volumen mientras recorro interminables carreteras.

viernes, 2 de julio de 2010

El universo en un cubículo

Escritorios en modernas oficinas. Espacios breves, mínimos, y sin embargo sensibles recordatorios de universos completos. Hoy existen los cubículos, euclidiano eufemismo, producto de la compresión de los ámbitos vitales, de la inevitable pérdida de la batalla por los territorios, que de reducidos se han vuelto íntimos. Espacios también que carecen de nombre, que son permutables, nunca definitivos, construidos de mamparas de facilísimo movimiento, alojando al empleado que hoy está y mañana no, en la oficina que hoy está y mañana tampoco; signo de los tiempos que corren, donde, a la manera de Quevedo, lo fugitivo es lo único que permanece. Y no obstante ahí están, todos los días, plenos de detalles que nos acercan a la humanidad de quienes los habitan diariamente por periodos, siempre, demasiado largos. La foto del bebé en su primera cunita, la de la boda o la cena de aniversario, la de los amigos en la predecible excursión imposible de olvidar, el portarretratos salido de manos infantiles con la leyenda "Para el mejor papá del mundo", la colección de juguetitos de los empaques de cereal. Y los que transitamos por ahí, de visita, los que somos invitados por razones de nuestra labor a permanecer sentados breves minutos ante estos universos íntimos nos sentimos solidarios, hacemos referencia a los propios, vestidos de semejante manera con aquello que es caro a nuestras existencias y, de alguna manera más profunda de lo que parece, nos justifica.