martes, 20 de julio de 2010

Aún hay muchas Alhóndigas por incendiar

Se puede escribir sobre la comunión de las almas, pero ello precisa de otro espacio y un género literario de mayor lirismo que la crónica o el ensayo breve. Escribamos entonces de lo que fue un digno complemento de aquélla en los días pasados: la comunión con lugares y espacios, si queremos vernos ambiciosos, con la Historia, así con mayúsculas. El gozo de la caminata por la antigua Guanajuato, la entrañable Cuévano de Ibargüengoitia. La Historia (con mayúsculas) es un espejo que retrata relojes levógiros, una ruleta cuyo azar nos explica, si se quiere parcialmente, porqué somos como somos. Un espejo que también, se sabe, delinea reflejos imperfectos y manipulados, hijos de las pasiones, usualmente de quienes han vencido y gozado de la impunidad de la reseña. Y así recorrimos esos espacios, tan a la vista ahora que se cumplen aniversarios - los hombres, ni modo, somos intérpretes de símbolos -, como la célebre Alhóndiga y sus historias de sangre, traición y muerte, y en medio del efectismo narrativo de los guías de turistas, podemos adivinar un trasfondo de complejidad y confusión indescriptibles, donde lo único que queda es esa risa congelada de la Muerte Catrina, porque mucho de lo que seguramente sí pasó en esos días aciagos del inicio de la guerra independentista pudo haberse evitado, de forma harto simple, si, desde entonces, desde antes y para siempre, no fuéramos como somos, condenados a la confusión y el desorden, pero asimismo al heroísmo y el sacrificio, en cierto sentido, a algo que podría incluso confundirse con predestinación.Y por eso la más precisa relación, seguramente no de los hechos, pero sí de sus reflejos - a la manera de los impresionistas franceses - viene de Ibagüengoitia, que tuvo que crear al padre Periñón y su cofradía de conspiradores para dar cuenta de una historia que, de tan cómica, no puede ser sino trágica, como mucho de lo que hemos vivido y seguimos viviendo en este país de claroscuros. Pese a sus saldos, salud por esa Historia que, si algo merece, es ser narrada en clave de son, de corrido y de guapango.

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