viernes, 9 de julio de 2010
Ella cantaba boleros
Mis correrías por la más variada literatura me han dado un amplio repertorio de satisfacciones a lo largo de mis muchos años de lector. Mi gusto por los retos intelectuales me ha llevado a disfrutar grandemente de las narrativas de compleja trama pero, sobre todo, de aquéllas en las que el contenido es definido por la forma. No en vano la mejor prosa termina siendo una variante alotrópica de la poesía. Aún así, sigo sin atreverme con el Ulises de Joyce, aunque el entrenamiento de Faulkner, Virgina Woolf , Nabokov y, más recientemente, Coetzee, me hace pensar que voy llegando a la madurez requerida para emprender la aventura. Mientras me convenzo de abordar semejante empresa me encuentro con gratísimos hallazgos, como el muy reciente de Guillermo Cabrera Infante, de quien había leído tiempo atrás los cuentos reunidos en el volumen "Delito por bailar el chachachá", y que ahora me deja sin habla con su novela "Tres tristes tigres". Si hubiera alguna duda de que cada idioma imprime una clave particular a su literatura, esta obra es una refutación en toda regla. Así como Mrs. Dalloway solamente puede pensarse en inglés, los personajes de Cabrera Infante se definen por el español habanero, por ese español que no puede separarse de la entrañable música, sino que es música en sí mismo. Una novela narrada en tiempo de mambo y salsa, de danzón y chachachá, de percusiones antiguas - herencia del oculto poder de los dioses africanos-, de vienesas cuerdas, blancas vírgenes ahogadas por la portentosa voz que nació para cantar boleros. La Habana del antes y el después, la que ha permanecido incólume y triunfante a pesar de Batista y de Castro - dos polos de la misma patética, pequeña ambición humana -, la que a pesar de sus ruinas materiales mantiene su vigor en el alma de un pueblo, por extensión, de una América Latina que, oh dolor, hace agua por todos lados, pero sigue tocando sus violines con pasión arrobadora. Nuestra Cuba, definitoria de una cultura que se mantiene por sus propios fueros, que ha generado, en ese sincretismo fabuloso del fin de todos los tiempos, fenómenos como "Tres tristes tigres" y los Klazz Brothers, que tanto enojo me causaron la vez primera que oí "Mambozart" y ahora no puedo imaginarme sin tenerlos en mi iPod, a todo volumen mientras recorro interminables carreteras.
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