viernes, 2 de julio de 2010
El universo en un cubículo
Escritorios en modernas oficinas. Espacios breves, mínimos, y sin embargo sensibles recordatorios de universos completos. Hoy existen los cubículos, euclidiano eufemismo, producto de la compresión de los ámbitos vitales, de la inevitable pérdida de la batalla por los territorios, que de reducidos se han vuelto íntimos. Espacios también que carecen de nombre, que son permutables, nunca definitivos, construidos de mamparas de facilísimo movimiento, alojando al empleado que hoy está y mañana no, en la oficina que hoy está y mañana tampoco; signo de los tiempos que corren, donde, a la manera de Quevedo, lo fugitivo es lo único que permanece. Y no obstante ahí están, todos los días, plenos de detalles que nos acercan a la humanidad de quienes los habitan diariamente por periodos, siempre, demasiado largos. La foto del bebé en su primera cunita, la de la boda o la cena de aniversario, la de los amigos en la predecible excursión imposible de olvidar, el portarretratos salido de manos infantiles con la leyenda "Para el mejor papá del mundo", la colección de juguetitos de los empaques de cereal. Y los que transitamos por ahí, de visita, los que somos invitados por razones de nuestra labor a permanecer sentados breves minutos ante estos universos íntimos nos sentimos solidarios, hacemos referencia a los propios, vestidos de semejante manera con aquello que es caro a nuestras existencias y, de alguna manera más profunda de lo que parece, nos justifica.
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2 comentarios:
Los cubículos, las oficinas, la vida confinada al escritorio, son muestras de lo que la humanidad se ha hecho a sí mismo. Hoy en día vemos el trabajo al aire libre, sobre todo si es en el campo, con un dejo de desprecio--como si fuera de verdad envidiable estar encerrados en mínisculos espacios, muchas veces privados de luz natural. Se han puesto de cabeza los criterios de lo que significa tener buen nivel de vida, y nos recreamos frente a las pantallas, los teclados y pegados al teléfono. La revolución teconólogica ha sido tan brutal como lo fue la industrial, pero ni siquiera nos hemos querido dar cuenta del precio que hemos aceptado pagar.
De acuerdo totalmente. Y estas reflexiones nos pueden ayudar a poner en perspectiva lo que, por fuerza de la rapidez de estos cambios, no hemos tenido tiempo siquiera de entender. Todavía no hemos asimilado los saldos y las responsabilidades que conllevó la revolución industrial, que ya peina canas; imaginémonos lo que nos está sucediendo con esta última, cuyos más dramáticos cambios los podemos compactar en veinte años. Nada fácil.
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