Quienes nos formamos en la educación superior pública en México, especialmente en el último cuarto del siglo XX, heredamos una visión de la Revolución Cubana que nos ha sido complicado deconstruir. Hay quienes aún se aferran a la admiración de viejas hazañas y glorias que parecían incuestionables, pero que la realidad de una de las dictaduras más largas e inhumanas de le era moderna ha ido desmontando. Los que nacimos luego de los hechos del 59, o quienes los vivieron antes de tener edad para recordarlos, construimos nuestra percepción basados en las admiraciones o rechazos de nuestros padres y maestros. Para quienes crecimos en un medio liberal y que tendía a simpatizar con el marxismo, ya al borde del precipicio (aquél de los últimos años de la Guerra Fría) una cosa era irrebatible: la Revolución Cubana era admirable por lo carismático de sus figuras y, especialmente, por su extraordinaria dignidad ante las imposiciones de la gran potencia del hemisferio, potencia hacia la que tirios y troyanos sentían una antipatía producto no sólo de la ideología, sino de una historia propia como víctimas del abuso. Así las cosas en nuestro imaginario, no supimos bien a bien cuándo la Revolución se traicionó y el héroe se convirtió, primero, en patriarca, posteriormente en tirano y al final en patética caricatura de sí mismo. La Historia juzgará y, muy posiblemente, de los destinos históricos del siglo XX uno de los más trágicos termine siendo el de Fidel Castro, no sólo por los detalles de cómo termine sus días, sino por el grado de su final pequeñez.
Sirva esto para introducir una de las más rescatables aventuras intelectuales y humanas con las que me he topado. En la Cuba de los Castro el Internet (al igual que la gran mayoría de los satisfactores materiales que en estas latitudes damos por hechos) está vetado para la mayoría de la gente. Los restringidos accesos están en los sitios turísticos y a precios que son impagables para el cubano medio (que es decir, para todo aquél no miembro de la “nomenklatura”, o que no reciba alguna arriesgada remesa de Miami). Tener una cuenta de email es ilusorio, un blog es un lujo y las redes sociales en las que muchos de nuestros jóvenes dedican días enteros a escribirse nimiedades son conceptos tan lejanos como el agua en Marte. En medio de eso tenemos a una mujer cubana, filóloga de profesión, que descubrió en Suiza las claves de la libertad en la improbable forma de códigos binarios, como ella misma escribe, y regresó a La Habana para usarlos contra el monstruo. Y así lleva años escribiendo un blog que es una delicia, que critica desde la más sencilla cotidianeidad, que denuncia con la simple relación de hechos, a la manera de los clásicos, y que se ha convertido en un fenómeno global que, una vez más, nos lleva a la reflexión sobre la clase de mundo que estamos viviendo gracias a la revolución tecnológica. Y como el fenómeno de la red es múltiple e impredecible, se añaden blogs de muchos otros, algunos de calidad indiscutible, muchos como genuinas botellas lanzadas desde la isla del náufrago. Blogs cuya escritura cuesta lo indecible y entraña pavorosos riesgos. Vale la pena darse un clavado en esto, y para ello nada mejor que la principal inspiradora, Yoani Sánchez, y su blog:
http://www.desdecuba.com/generaciony/
Lo que hagamos con ello los que estamos de este lado de la trinchera es cosa propia, pero me queda claro que la indiferencia no puede ser opción para quien se presuma noble de espíritu.
miércoles, 28 de julio de 2010
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