martes, 10 de agosto de 2010

La guerra que esperábamos

Platicando con M - prueba inequívoca de que uno de los sellos más definitorios de la amistad es la constancia -  recordábamos que llevamos al menos quince años de, prácticamente semana a semana, departir sobre cualquier multitud de temas y, entre ellos, recurrente por ineludible, en primerísimo sitio el de la realidad de nuestro muy agobiado país. Y así hemos recorrido una historia que terminará escribiéndose con mayúsculas y que, por acotarla de alguna manera, inicia en las postrimerías de la era salinista, con el cierre de un sexenio que se presumía brillante hasta que se estrelló contra una realidad más grande que cualquier ilusión neoliberal. Y de ahí a Marcos y Colosio, a los sangrientos saldos de la violencia política, a la caída de facto de un régimen y la angustiosa de una economía, a la negociación zedillista, al cambio de bandera, a los corruptos ineptos del foxismo, a la reedición de la duda electoral casi veinte años después y, ahora, a la pequeñez de Calderón, rey chiquito en cruzada contra las fuerzas de un mal que no entiende.
Y durante todos esos años la otra constante era la relación de los agravios que se acumulaban uno tras otro. En sus tiempos de oro el priismo supo negociar los agravios. La famosa política del pan y el garrote mantuvo al México bravo a raya durante décadas. Los primeros signos, se sabe, de que las cosas iban cambiando, se remontan al 68, y aun así se requirieron de muchos años más y de una suma incalculable de atropellos e injusticias para que pudiésemos pensar seriamente en un estallido social. En los noventa veíamos claramente que la vieja escuela de corporativizar sectores abusados y comprar líderes, columna vertebral del tradicional sostenimiento de la paz social, empezaba realmente a tambalearse, mucho por desgaste, pero también por relevos generacionales y reacomodos dramáticos en los sectores del poder. Y vinieron Acteal y Atenco, y la crisis del 95 y la toma de la UNAM, y las muertas de Juárez, y la ley Televisa y la elección del 2006, y Oaxaca, y el góber precioso y la liquidación de Luz y Fuerza, y la reedición de Cananea y un largo, larguísimo etcétera. Todo mezclado sin orden ni concierto en un caos de quince años. Y llevamos muchos de éstos diciendo que la cantidad de inconformes ha ido aumentando geométricamente, sin paliativos, y que eso nos llevaría necesariamente a una inestabilidad social incontrolable.
Instalados en conceptos de otras épocas, pensábamos que en algún momento no muy lejano estaríamos viendo algo similar a una revolución. Algunos la creímos cuando Chiapas, pero ésta traía una agenda no despreciable pero muy puntual, logró lo que se propuso y se retrajo. El alzamiento zapatista, sin embargo, vino a corroborar lo que M. distingue como inherente a las revoluciones sociales, al menos como las entendemos los nostálgicos, y es que van necesariamente ligadas con ideología. Por ello, la inestabilidad que avizorábamos no podía, por la pluralidad de agravios y agraviados, sumada a la caída de los grandes constructos ideológicos y el triunfo de la pragmática, resolverse en una revolución.
Así, impensadamente, esperábamos una revolución y, sin habernos percatado, la guerra civil entró por la puerta trasera y se ha instalado por sus fueros en nuestra realidad nacional, de forma harto dramática y tan peculiar que la amplia mayoría no acierta a tomarla como tal, en primer lugar porque se niega a verla. ¿Y cómo no negarse cuando lo que experimentamos los más es un tangencial, pero no por ello menos inquietante, contacto con la más exacerbada violencia? Y pese a ello y hasta ahora es posible pasearse por México como si nada pasara, manteniendo en nuestras mentes ese constructo de "yo no tengo nada que ver, así que no corro riesgos". Hasta que pasa. Y lo que muchos nos negamos a ver es que la probabilidad de acabar en el lugar incorrecto en el momento inoportuno ha aumentado enormemente. Nos negamos como defensa sicológica (en ese sentido nuestro funcionamiento como sociedad es, efectivamente, el propio de la que se ve envuelta en una guerra civil, y si no preguntémosles a los irlandeses o a los bosnios), pero también por ignorancia y discriminación.
Ignorancia, porque la violencia que se ha desatado en todo México no es ni con mucho ajena y, estoy firmemente convencido, tiene gran parte de su origen en la suma de agravios de la que hablábamos. Agravios sólo posibles, al final del día, en una sociedad que vive discriminando, donde las desigualdades, especialmente económicas, han generado un odio entre clases que sólo halla salida en la agresión. ¿Por qué si no hay amplios sectores de la población que veladamente - o ni tanto - se alegran por el secuestro del Jefe Diego?¿Por qué si no hubo muchos que dijeron "ya era hora de que también a ellos les tocara" cuando acribillaron al candidato priista en Tamaulipas (tengo la impresión de que muy pocos lo pensaron cuando Colosio)? ¿Por qué pudo un excandidato presidencial arrancar aplausos en una multitud cuando habló despectivamente de la “marcha de los pirrurris"?¿Cuántos sicarios del crimen organizado son chicos apenas salidos de la adolescencia que no ven opciones en su vida y se dejan seducir por la droga y el dinero (que, no nos equivoquemos, no se llama "fácil", se llama simplemente dinero) para, de alguna retorcida manera, sacar sus frustraciones y “desquitarse” con la aniquilación de los otros?¿Cuánta gente vive agradecida con el capo en turno, moderna caricatura del otrora señor feudal, que ha llevado la protección y el progreso a pueblos y comunidades, y sienten que ello está más que justificado porque, en el mejor de los casos, nunca habían recibido otra cosa del sistema que migajas durante las campañas políticas?¿Cuántos no pagan, incluso gustosos, en dinero o en especie, la protección de personajes que, en el vacío generado por la falta de líderes humanistas y estadistas comprometidos, se han convertido en verdaderos héroes en el imaginario popular?¿Cuántos de éstos no se han ganado la más abierta admiración, nada más (y nada menos) porque se enfrentan ferozmente con las mismas instituciones de seguridad que en incontables ocasiones han violentado los derechos de quienes los admiran? (Pavoroso por significativo en los últimos días fue leer el manejo de los medios del "épico" sacrificio de un capo en Guadalajara. Me apunto para componerle un corrido).
Digresión: Lo sabemos y la Historia nos alecciona: la violencia genera violencia. Tenemos violencia y tendremos más, así que más vale que hagamos algo.
Lo que tenemos que entender es que no se trata, nunca se ha tratado, de "ellos" y "nosotros": se trata de "nosotros", nada más. Y esto no es mera retórica. Una sociedad es un "nosotros", un organismo que funciona por la suma de individualidades. La metáfora es aplicable en toda su extensión. Si el organismo está enfermo hay de dos sopas: amputamos todo lo que le duela y, entonces sí, tal vez lo matemos, o apelamos a la buena ciencia médica y nos esforzamos en ver las interrelaciones, en sanar lo que está fallando, en tratar el todo con cuidado, decisión y respeto. Como individuos, cual otras tantas células, estoy cierto de que los ciudadanos podemos sumarnos para que sane el organismo que somos todos juntos. Desde la modestia de nuestra trinchera necesitamos, cada uno, intentar comprenderlo, generar en nuestro entorno entendimiento, tolerancia, empatía hacia los otros. Pelear con todas nuestras fuerzas contra los prejuicios, especialmente de clase y de género. Defender con pasión los derechos humanos. Volverse ciudadanos activos en el respeto hacia los demás, en la creación de conciencia, en el cuestionamiento de los absolutos, en la difusión del saber y del sentir. Suena positivista y lo es, pero a estas alturas creo que es materia de elemental supervivencia.

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