domingo, 27 de mayo de 2012

Torre tres Dama

Aprendí el ajedrez de mi padre, quien parece ser que en su juventud alcanzó a tener aspiraciones de Bobby Fischer. Lo cierto es que nunca me ha gustado jugar con él: toda competencia entre padres e hijos es en el fondo una oscura lucha por otros motivos. La imposibilidad de ganar se convirtió en mí más que en un reto en una frustración repetida que me alejó muy pronto de un pétreo tablero de elegante ónix que adornaba los espacios de la casa familiar.  Más amable era disfrutar del juego con mi abuelo, quien era un fanático de la carnicería y parecía confundir el noble juego de la guerra con el más pedestre de las damas, consistiendo su estrategia en comer y ser comido hasta que la batalla acababa en una desaforada carrera de peones buscando coronación. Así y todo era simpático jugar con él y más aún cuando, sintiéndose solitario aficionado de un juego del que muy pocos en su medio, más propicio al dominó, gustaban, se hizo de uno de los primeros tableros electrónicos que salieron al mercado en Estados Unidos (hablo de finales de los setentas). Era fascinante ser derrotado implacablemente por una máquina que, a diferencia de mi padre, no tenía –al menos eso creo -  intenciones ocultas de dominación, y sí la simpleza de una capacidad altísima de procesamiento de datos. Posteriormente, con el triunfo de la informática y del Sr. Gates,  seguí jugando contra computadoras con programas cada vez más sofisticados, que permitían ya acotar el nivel de juego e, incluso, simular a contrincantes humanos, aparentes dueños de una inquietante personalidad. Sin embargo, y es un hecho que se corrobora por cualquiera medianamente interesado en este juego, que se ha equiparado con arte y deporte, el adversario humano es otra cosa. Carecí de uno durante décadas y los pocos encuentros que llegué a establecer con esporádicos contendientes fueron en general poco gratificantes. También me convencí de que lo mío era la admiración por la intrincada arquitectura de que es capaz esta singular metáfora, como quería Borges, de la vida, y mucho menos el afán de un triunfo contra reloj, de la mente rápida o del reflejo defensivo.

Por eso ha sido una estimulante revelación encontrar en la figura de MS al adversario perfecto y, en el mismo recurso que antes se limitaba a ofrecer la hostil frialdad del puro algoritmo, el medio de comunicación ideal para, rescatando el preciso lenguaje de la notación descriptiva, entablar combates pletóricos de sutilezas, emoción y caballeroso antagonismo. Por vez primera he disfrutado a mis anchas de esa estética que hermana al ajedrez con la matemática de quien, por otra parte, recibe esa cristalina racionalidad que lo distingue del mero juego de azar.

Y como complemento delicioso de esa contemplación estética intercambiamos razones y argumentos, admiraciones y amenazas, nos escribimos retos y aceptamos superioridades, en una conversación que, por no estar contra reloj ni en la presión de la respuesta inminente, se torna relajada y ocurrente, dando a la contienda un aire de cordialidad que nos permite incluso olvidar la ambición del triunfo o la amargura de la derrota. Y así, siguiendo todavía al maestro Borges, el tablero de negras noches y blancos días es émulo, en efecto, de esta vida que discurre entre dos colores que no necesariamente se odian.

martes, 8 de mayo de 2012

Deriva

Curioso mecanismo el de la conciencia, que nos permite observarnos como si nos fuéramos ajenos, como si el ancla que nos ata a nosotros mismos pudiera en ciertas circunstancias aflojarse y regalarnos una ilusoria deriva.

miércoles, 2 de mayo de 2012

El bigote de Samsa

Platicando con mi K. se me ocurrió sugerir un ejercicio para sus alumnos de secundaria con quienes, como ya es tradición por varias generaciones, se recrea leyendo La Metamorfosis. ¿Tiene bigote Gregorio Samsa? Imaginé que la discusión de esta pregunta sería apasionante ya que en el texto, al menos que yo recuerde, no existe dato alguno que indique nada acerca del susodicho mostacho. Sin embargo, quienes hemos leído el inquietante devenir del hombre convertido en alimaña (Ungeziefer, según se lee en original, o vermin, como se ha traducido al inglés, que van más allá del deslucido término insecto, con el que se echó a perder la más comercial de las traducciones al español, ya se sabe, erróneamente atribuida Borges, pero eso es otra historia) tenemos una imagen mental más o menos clara de un rostro que, presumo casi es consenso, carece de bigote.

Si Kafka lo imaginó sin bigote, si en los sentidos ocultos del texto se logra establecer alguna certidumbre al respecto, si lo que se quiera, es en realidad cuestión superflua. Lo fascinante es la discusión que algo así puede generar en un grupo de entusiastas.

Esta divagación, ligada con otras de las que estoy por dar cuenta, me ha llevado en los últimos días a reflexionar, otra vez, sobre la naturaleza de los tiempos que corren.

Disfrutando – no hay otra palabra que califique mejor lo que uno puede hacer con esa película, cosa no menor después de tanta filmografía oscura y desoladora – de Midnight in Paris, caíamos en la cuenta de la delicia de la tertuila y de cómo su sustancia suele – o solía – ser el tema inocente y baladí. Si pensar en la mejor palabra que defina a un rinoceronte hembra o en lo que haría un grupo de gente que no supiera salir de un cuarto, puede parecernos a nosotros, engendros perdidos en la era del gadget, que apenas despunta, irreparable gasto de tiempo y neuronas, también es cierto que la inspiración que disquisiciones semejantes llegó a generar fue elemento crucial para revolucionar la pintura o las letras occidentales y, a fin de cuentas, nuestro concepto del mundo todo.

Ligándolo con el prólogo a la nueva edición de La República y la declaración de cómo Platón en sus diálogos lo que menos mostraba era solemnidad, voy concluyendo que en estos tiempos si algo sobra en las conversaciones es seriedad en los temas y la búsqueda desesperada de que todo quepa en un contexto. Se ve claramente en las reuniones de amigos, incluso con los que se comparten afinidades intelectuales que podrían permitir la alegre pero al cabo profundísima digresión sobre las alas de la paloma. Hoy día esas pláticas raramente trascienden lo cotidiano, lo que se cree urgente, lo que los medios sirven con una carga de trivialidad que no por estar disfrazada del morbo de lo inmediato puede dejar de calificarse así.

Por eso se agradece cuando atípicamente logramos desprendernos de eso, que se ha tornado en pernicioso hábito, y regresamos a la mosca que, como escribía Monterroso, es uno de los tres temas de la vida.

Ya si uno lo piensa bien Gregorio Samsa debe tener bigote…