Aprendí el ajedrez de mi padre, quien parece ser que en su juventud alcanzó a tener aspiraciones de Bobby Fischer. Lo cierto es que nunca me ha gustado jugar con él: toda competencia entre padres e hijos es en el fondo una oscura lucha por otros motivos. La imposibilidad de ganar se convirtió en mí más que en un reto en una frustración repetida que me alejó muy pronto de un pétreo tablero de elegante ónix que adornaba los espacios de la casa familiar. Más amable era disfrutar del juego con mi abuelo, quien era un fanático de la carnicería y parecía confundir el noble juego de la guerra con el más pedestre de las damas, consistiendo su estrategia en comer y ser comido hasta que la batalla acababa en una desaforada carrera de peones buscando coronación. Así y todo era simpático jugar con él y más aún cuando, sintiéndose solitario aficionado de un juego del que muy pocos en su medio, más propicio al dominó, gustaban, se hizo de uno de los primeros tableros electrónicos que salieron al mercado en Estados Unidos (hablo de finales de los setentas). Era fascinante ser derrotado implacablemente por una máquina que, a diferencia de mi padre, no tenía –al menos eso creo - intenciones ocultas de dominación, y sí la simpleza de una capacidad altísima de procesamiento de datos. Posteriormente, con el triunfo de la informática y del Sr. Gates, seguí jugando contra computadoras con programas cada vez más sofisticados, que permitían ya acotar el nivel de juego e, incluso, simular a contrincantes humanos, aparentes dueños de una inquietante personalidad. Sin embargo, y es un hecho que se corrobora por cualquiera medianamente interesado en este juego, que se ha equiparado con arte y deporte, el adversario humano es otra cosa. Carecí de uno durante décadas y los pocos encuentros que llegué a establecer con esporádicos contendientes fueron en general poco gratificantes. También me convencí de que lo mío era la admiración por la intrincada arquitectura de que es capaz esta singular metáfora, como quería Borges, de la vida, y mucho menos el afán de un triunfo contra reloj, de la mente rápida o del reflejo defensivo.
Por eso ha sido una estimulante revelación encontrar en la figura de MS al adversario perfecto y, en el mismo recurso que antes se limitaba a ofrecer la hostil frialdad del puro algoritmo, el medio de comunicación ideal para, rescatando el preciso lenguaje de la notación descriptiva, entablar combates pletóricos de sutilezas, emoción y caballeroso antagonismo. Por vez primera he disfrutado a mis anchas de esa estética que hermana al ajedrez con la matemática de quien, por otra parte, recibe esa cristalina racionalidad que lo distingue del mero juego de azar.
Y como complemento delicioso de esa contemplación estética intercambiamos razones y argumentos, admiraciones y amenazas, nos escribimos retos y aceptamos superioridades, en una conversación que, por no estar contra reloj ni en la presión de la respuesta inminente, se torna relajada y ocurrente, dando a la contienda un aire de cordialidad que nos permite incluso olvidar la ambición del triunfo o la amargura de la derrota. Y así, siguiendo todavía al maestro Borges, el tablero de negras noches y blancos días es émulo, en efecto, de esta vida que discurre entre dos colores que no necesariamente se odian.