Platicando con mi K. se me ocurrió sugerir un ejercicio para sus alumnos de secundaria con quienes, como ya es tradición por varias generaciones, se recrea leyendo La Metamorfosis. ¿Tiene bigote Gregorio Samsa? Imaginé que la discusión de esta pregunta sería apasionante ya que en el texto, al menos que yo recuerde, no existe dato alguno que indique nada acerca del susodicho mostacho. Sin embargo, quienes hemos leído el inquietante devenir del hombre convertido en alimaña (Ungeziefer, según se lee en original, o vermin, como se ha traducido al inglés, que van más allá del deslucido término insecto, con el que se echó a perder la más comercial de las traducciones al español, ya se sabe, erróneamente atribuida Borges, pero eso es otra historia) tenemos una imagen mental más o menos clara de un rostro que, presumo casi es consenso, carece de bigote.
Si Kafka lo imaginó sin bigote, si en los sentidos ocultos del texto se logra establecer alguna certidumbre al respecto, si lo que se quiera, es en realidad cuestión superflua. Lo fascinante es la discusión que algo así puede generar en un grupo de entusiastas.
Esta divagación, ligada con otras de las que estoy por dar cuenta, me ha llevado en los últimos días a reflexionar, otra vez, sobre la naturaleza de los tiempos que corren.
Disfrutando – no hay otra palabra que califique mejor lo que uno puede hacer con esa película, cosa no menor después de tanta filmografía oscura y desoladora – de Midnight in Paris, caíamos en la cuenta de la delicia de la tertuila y de cómo su sustancia suele – o solía – ser el tema inocente y baladí. Si pensar en la mejor palabra que defina a un rinoceronte hembra o en lo que haría un grupo de gente que no supiera salir de un cuarto, puede parecernos a nosotros, engendros perdidos en la era del gadget, que apenas despunta, irreparable gasto de tiempo y neuronas, también es cierto que la inspiración que disquisiciones semejantes llegó a generar fue elemento crucial para revolucionar la pintura o las letras occidentales y, a fin de cuentas, nuestro concepto del mundo todo.
Ligándolo con el prólogo a la nueva edición de La República y la declaración de cómo Platón en sus diálogos lo que menos mostraba era solemnidad, voy concluyendo que en estos tiempos si algo sobra en las conversaciones es seriedad en los temas y la búsqueda desesperada de que todo quepa en un contexto. Se ve claramente en las reuniones de amigos, incluso con los que se comparten afinidades intelectuales que podrían permitir la alegre pero al cabo profundísima digresión sobre las alas de la paloma. Hoy día esas pláticas raramente trascienden lo cotidiano, lo que se cree urgente, lo que los medios sirven con una carga de trivialidad que no por estar disfrazada del morbo de lo inmediato puede dejar de calificarse así.
Por eso se agradece cuando atípicamente logramos desprendernos de eso, que se ha tornado en pernicioso hábito, y regresamos a la mosca que, como escribía Monterroso, es uno de los tres temas de la vida.
Ya si uno lo piensa bien Gregorio Samsa debe tener bigote…
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