viernes, 27 de abril de 2012

De dignidad y decencia

Al Dr. Giovanni P, in memoriam

I.

Uno va por el mundo conociendo gente y es sello de la naturaleza humana el que cada quien tenga peculiaridades que lo hagan único e irrepetible. Sin embargo, es poco frecuente que una persona prácticamente desconocida sea capaz de generar un impacto duradero en otra con un simple acto. Normalmente eso ya es materia de la épica.

De cómo un gesto y una frase pueden dibujar el carácter de un hombre es algo a lo que se hace constante alusión en la literatura. Personajes que forman parte de un extenso imaginario que raya en el heroísmo y son explotados con maestría por autores como Dumas y Hugo, Dostoievski y Tolstoi, establecen un modelo difícil de encontrar en el mundo de todos los días.

No se puede olvidar la dignidad, sea real o inventada, del Cardenal Richelieu cuando es burlado por los habilidosos mosqueteros, tampoco la de Javert cuando toma la decisión de la autoinmolación, convencido de la incompatibilidad entre la Justicia y lo justo. Emma Bovary no existiría sin los gestos de genuino encanto y feroz individualismo que la perdieron y Napoléon quedaría como el acartonado personaje de los libros de historia, a no ser por el huguiano retrato de su desoladora cabalgata entre muertos en el campo de Waterloo.

II.

Conocí al Dr. P., quién lo diría, en un sepelio, el primero al que asistí en mi vida, especialmente triste por tratarse del de una jovencita, hermana de una compañera de clase. Yo tendría 11 o 12 y recuerdo que en el dramático momento en que la caja fue depositada en la fosa, por una razón inexplicable que no pude entender sino hasta mucho después, de lo único que tenía ganas era de reír. Me costó un esfuerzo enorme no soltar una carcajada que hubiera apenado hasta lo indecible a mi madre, con quien había asistido al doloroso evento. Tuvieron que pasar años - en los que mi madre, al igual que aquella niña, pasó también a formar parte de esa misteriosa comunidad de ausentes presencias que son nuestros muertos – para aprender que risa y llanto suelen ser una y la misma cosa.

Pero regresando a esa ocasión, en medio del verdor de un cementerio que por entonces estaba en medio del campo y ahora debe habérselo tragado la implacable urbe, recuerdo que mi madre y el Dr. P. intercambiaron algunas palabras, de las que guardo una frase y un gesto que, por razones que también tardé en comprender, quedaron materialmente troquelados en mi memoria. Con una grave sonrisa, que en contraste con mi reprimida carcajada no era sino de una elegante concordancia con la trágica situación, el Dr. P. se despidió de mi madre diciendo algo así como: “Ha sido un placer conocerla, señora, a pesar de las circunstancias”.

III.

No puedo olvidar la dignidad de ese gesto y esa frase, y lo atinadamente que dibujaron el retrato de ese hombre que, pasando por ser mi tardío pediatra se mantuvo a lo largo de décadas como una presencia más o menos notable, padre de una entrañable amiga y referente en su entorno del más puro y primigenio significado del término “decencia “, tan devaluado por el burdo maniqueísmo de las izquierdas y la orfandad intelectual de las derechas.

IV.

Ahora el Dr. P ha muerto, presumo que siendo congruente con esa misma dignidad y decidiendo no languidecer en la discapacidad a la que lo condenó un prematuro cáncer. No fui a su sepelio. Tendrá que ser en algún otro en el que pueda decir a alguien  que fue un gusto conocerlo, a pesar de las circunstancias…

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