Las notas de Preisner llenaban el aire. Réquiem por el amigo perdido. Conjunción de talentos que estremece hasta la médula. Teníamos mucho que decirnos y poco tiempo. La vigilia, lo benéfica que solía ser. De qué puede servirnos entonces la nostalgia. Hablamos casi hasta el amanecer. Andares citadinos poblando el aire fresco. Te levantas y miras por la ventana. Ahí está. Sabíamos que ahí estaría y no nos habíamos atrevido a mencionarlo. Todo lo compartimos. El amor, la excepción confirmadora. Ella cruzando la calle con andar ligero, la rutinaria espera en la parada. Los ojos ávidos que la siguen. Yo mirándola a través de ti y sabiendo, con el réquiem de fondo, cuán doloroso es, cuán cruel será. Me levanto también. No necesito voltear. La ventana dibujada en tus ojos. Todo lo compartimos. El cortaplumas afilado, hundiéndose en fibras que ceden, tan fácilmente. La ventana no se borra de tus pupilas, vidriosas de súbito. Lágrimas de dolor o de tristeza. Misma cosa. Eres noble hasta el final. En esos postreros instantes mantienes la mirada fija en la rubia cabellera, la misma que ahora acaricio entre mis dedos, triunfantes en la amarga extensión de mi pasmoso disimulo.
miércoles, 18 de abril de 2012
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