En su inspirador recuento de ensayos literarios La verdad de las mentiras, Vargas Llosa titula "Elogio de la mala novela" a su sugerente escrito sobre una de las - coincido - peores novelas de la buena literatura, East of Eden de John Steinbeck la cual, sin embargo, leí de un tirón y me pareció la mar de entretenida. Vargas Llosa apela a lo que también Umberto Eco se ha dedicado ampliamente a analizar, que es ese hecho de que los humanos tenemos una marcada simpatía - yo diría por herencia evolutiva - por cierto tipo de eventos y personajes, lo cual convierte en una apuesta bastante segura el armar una narrativa, ya sea literaria o - más modernamente - cinematográfica, sobre esos modelos. La épica y el sacrificio heroico siempre nos van a hipnotizar, al igual que ciertos estereotipos (el héroe trágico, la madre desesperada, la doncella virtuosa, el joven que pierde la inocencia). El superhéroe de masas, como lo acuña Eco, llámese D'Artagnan, Emma Bovary o James Bond, se repite en nuestra cultura con variaciones más o menos aventuradas. Si algo tiene Steinbeck en la susodicha novela es, sin embargo, el tino de introducir variaciones algo más arriesgadas a las de la novela romántica y que terminan funcionando. Así, el personaje de Kathy, una exageración folletinesca de la Milady de Dumas, se mueve en claroscuros tan marcados que al final uno queda en el limbo, no sabiendo si ese sensual atractivo que el personaje consigue despertar puede justificarse de alguna manera, ya que moralmente no tiene perdón. (El mismo Vargas Llosa explota una variante de este tipo de fémina en sus Travesuras de la niña mala, novela insostenible salvo por el buen oficio del autor, capaz de convertir lo que sea en algo legible). En la literatura del siglo XX se llevaron estos juegos hasta extremos formidables, dejándonos personajes entrañables a la vez que execrables, como el Humbert Humbert de Nabokov. Siguiendo el hilo y apartándonos de lo que podemos calificar de literario, la fórmula del superhéroe de masas funciona muy bien y ha sido explotada ad nauseam por el comercio editorial, con productos tan disímiles como Harry Potter y sus trescientas variantes (sagas todas que abrevan del mismo tipo de superhéroe y temática, al final herederas de Tolkien, éste sí un escritor en toda la regla), pasando por los panfletos kilométricos de Ken Follet y Dan Brown hasta aterrizar en, y aquí el meollo de este texto, el fenómeno que muchos no dudan en considerar como un nuevo clásico: Stieg Larsson y su saga Millenium. Habiendo escuchado que más de uno de quienes yo catalogaba como buenos lectores hablaba maravillas de estos libros y habiendo llegado a mis manos el primer tomo, decidí meterme en él con la firme idea de entender porqué podía ser mejor que el resto de la literatura que mi K., siempre atinada e implacable, no duda en señalar a sus alumnos como "chatarra". Llegué a pensar que tal vez estábamos ante uno de esos raros casos, más propios de otros tiempos, en los que cierta literatura - que efectivamente se ganó el calificativo de clásica - empezó siendo un éxito comercial fabuloso (las imágenes de un atiborrado puerto de Nueva York esperando las entregas, si no me equivoco, de Oliver Twist, permanecen en el imaginario como fehaciente prueba).
Debo decir que mi sorpresa no fue menor: pocas veces he leído algo tan mal concebido y peor armado. Y mi estupefacción no se debió a la pobrísima calidad de lo que leía, cosa predecible y en línea con su apabullante éxito comercial, sino al hecho de que hubiera quien lo defendiera, fuera del nutrido círculo de consumidores cotidianos de literatura chatarra. Saber que gente no ajena a las letras pudiera considerar estos libros como algo rescatable me pareció un enigma y me llevó a reflexionar más a fondo lo qué puede estar detrás, aparte del fenómeno de marketing que, sin duda, hace que la sociedad de consumo acepte engaños monumentales de los que, por ejemplo, el iPad es una elocuente muestra. Se precisaba de un ejercicio de introspección porque, pese a lo débil del entramado narrativo, lleno de salidas a modo y con múltiples costuras groseramente visibles, debo confesar que no tuve dificultad alguna en leer sus varios cientos de páginas, cuando en general no suelo pasar de un par cuando intento abordar esta índole de escritos, siendo, lo admito, rápidamente dominado por mis prejuicios y mi anhelo de ocupar el precioso tiempo en leer lo que sí vale la pena. Haciendo agua por todas partes y con una escritura que lo que parece buscar es complacer a un guionista, clamando así por su rápida adaptación al cine - cosa que, lógicamente, ya ocurrió -, la novela Los hombres que no amaban a la mujeres (e imagino que lo mismo se aplica al resto de la famosa trilogía) tiene, sin embargo, un elemento que comparte con la gran literatura y, si es posible decirlo, deja una salida para entender el de otra manera incomprensible efecto sobre el lector versado: propone ("construye" sería decir demasiado) una variante de personaje protagónico femenino que, sin llegar (ni eso le concedo) a una originalidad extrema, sí lo convierte en uno muy atractivo, superior al que presumo es común en este tipo de narraciones, y que confirma una vez más la receta de Eco. Lisbeth Salander tiene todo lo necesario para ser admirada, querida e incluso deseada por prácticamente quien sea. De una antipatía patológica y una irrenunciable rebeldía, atesora rabiosamente una ternura y una determinación adorables (en eso se parece a la creación maestra de Eastwood en "Million Dollar Baby"), al tiempo que mantiene una mente aguda y portentosa en un bajo perfil que la hace parecer estúpida. Sin ser bonita, tiene ese atractivo sensual que el autor, en otro de sus amarres artificiosos pero efectivos, aprovecha para sentar la relación con el protagonista masculino, éste sí tan plano y bobo que solamente nos cae bien por ser el representante de una medianía que es la nuestra y la que pulula en las sociedades "decentes" ("I'm a family man, and my bark is much worse than my bite"). El otro elemento de la novela que resulta llamativo es esa explotación de la brutal violencia arropada por una sociedad que, de puertas para afuera, parece un prodigio de civilización y orden, pero que en los espacios íntimos de la alcoba y la oficina es capaz de las peores atrocidades (y de ahí se obliga "Festen", el otro referente cinematográfico).
Lisbeth Salander y el morbo, combinación perfecta que, sin poder escapar del implacable calificativo de "chatarra", logra urdir un best seller con una singular eficacia narrativa.
Tal vez una de las marcas que delatan a la chatarra literaria sea que, en general, sus adaptaciones al cine son mejores (en el sentido de más entretenidas o más sostenibles) que el texto escrito. Sin haberlo visto, puedo apostar a que disfrutaré viendo cine sueco con - imagino - alguna actriz bien seleccionada para encarnar a la joven Salander y redondear la fantasía que la carencia de talento literario del Sr. Larsson dejó coja.
Si queremos una novela con un personaje femenino al límite y que, a su vez, sea una verdadera obra maestra, una reinvención del lenguaje y del género, busquemos a la inolvidable Violeta de Diablo Guardián, y preguntémonos porqué Xavier Velasco, fuera del Premio Alfaguara, no ha logrado un fenómeno editorial que, éste sí digno émulo de Dickens, combine calidad y mercado; ¿será porque a su manera es una suerte de Lisbeth Salander marginal en un país en el que lo que sobra es violencia?
viernes, 29 de octubre de 2010
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2 comentarios:
La heroína improbable, ésa es Lisbeth Salander. Aquella persona por la que la sociedad no da un centavo, que sería más cómoda si no tuviera que existir… Ese es su atractivo—ser el eje de la historia, sin parecerlo, y convertirse ni más ni menos que en el eje de la triología. Nos toma por sorpresa, y nos atropella con sus lacónicas respuestas y la falta de palabra en general. Coincido en que las tres novelas de S.L. no son obras de la literatura. Pero, como bien apuntas, mi querida Eminencia Gris, tienen un trasfondo que me parece sumamente atractivo—reinventan al personaje indeseable, al examinar la manera en que nuestras sociedades “civilizadas” toleran y fomentan la violencia, el poder y las consecuentes injusticias.
Stieg Larsson era un defensor acérrimo de las causas feministas, y sus libros retratan las fallas de la Suecia que se dice ser uno de los países más feministas del mundo. Y si bien la película está bastante bien lograda, pierde por completo ese eje conductor, al convertirse en un Krimi común y corriente, que archiva y olvida la denuncia social de estadísticas escalofriantes en torno a la violencia contra las mujeres.
Todo depende de qué acento quieras dar a qué. No deja de parecerme una lástima que un personaje tan prometedor esté tan mal construido, literariamente hablando. El Sr. Larsson podrá haber sido muchas cosas muy loables, pero temo que escritor no era. Es la eterna discusión sobre los elementos morales que deben o no exigírseles a los creadores del arte. Muchos de los mejores escritores que en el mundo han sido no pueden defenderse desde una óptica humanista, pero el impacto de su creación en la cultura humana los trasciende. Si Emma Bovary sigue siendo un personaje entrañable e inolvidable es porque está magnífcamente construido, y nos sigue diciendo algunas cosas sobre la opresión a la mujer tanto o más claras que las que el personaje de Lisbeth es capaz de decir. En fin, que en este caso opino que no se conjugó la imaginación con la buena pluma para darnos un personaje realmente revolucionario y de largo alcance, y creo que su vida estará limitada a la que tenga su éxito comercial.
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