Históricamente, la Iglesia Católica ha demostrado un gusto especial por inventar lugares pintorescos, de los que el Infierno es el que ha tenido la mayor prensa, tal vez por nuestra innata fascinación por lo grotesco. Inventado éste, llegó un momento en el que no tener acomodo para los que pecaban “poquito” representó un reto mercadológico importante. Algún genio a quien mi ignorancia en estos temas no identifica, pero que sin duda tenía una inventiva comparable a la del tan en boga Mr. Jobs, tuvo la inspiración de idear el Purgatorio, a quien la ilimitada imaginación de Dante supo poblar nutridamente, y cuya promoción a lo largo de siglos significó una de las fuentes primarias de enriquecimiento de la Iglesia, tan magistralmente simbolizadas hasta nuestros días en los tesoros vaticanos. De no ser por el en muchos aspectos lamentable Lutero, la piadosa institución hubiera continuado por algunos siglos más el pingüe comercio de perdones y mantenido su vena creativa para sostener un tinglado que en ocasiones ni la misma fe podía justificar. Véase por ejemplo el concepto de “Limbo”, a mi entender igualmente producto de afiebradas elucubraciones, y que sirvió para dar salida a casos tan complicados como dónde poner a un bebé – pecador por ser hijo de Eva - que muriera sin ser bautizado. En el Limbo quedaron todos aquéllos cuya indefinida situación o actos no daban para enviarlos a alguno de los dos sitios que se merecen de manera contundente, el Cielo o el Infierno, o bien a aquél donde aún cabe - y conviene - la negociación, el Purgatorio. Encima de eso todavía se consideró, lógicamente, que ante semejante desorden habría que hacerse en algún momento una revisión, y entonces surgió el Juicio Final, para el que me encantaría estudiar abogacía y vender a plazos paquetes de defensa para cuando ocurra (que, según quienes creen leer maya, podría ser tan cerca como 2012).
En fin, que ese concepto, el “limbo”, lleva el día dando vueltas en mi cabeza, al confirmar lo que ni el mismo Dante fue capaz de imaginar: hemos logrado su representación perfecta en nuestros modernos aeropuertos y salas de espera, donde cual almas en pena vagamos los viajeros, sin pecado ni virtud, dejándonos llevar dócilmente por fuerzas que no controlamos, esperando un feliz final en el momento del juicio, la llegada al destino, en el que aquello que nos empujó a esa indefinición incómoda nos devuelva la certeza de que todo fue para algo y que, a diferencia de lo que sostienen los adalides de la filosofía light, no se trataba de disfrutar del viaje sino de, simple y llanamente, llegar al destino.
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