Hubo un tiempo, no lejano, en que esto, en verdad, era una selva. Tiempo en el que los follajes no daban paso ni tan sólo a una tenue luz en el verano, en el que las murallas de nieve en el invierno perdían al caminante y éste se encontraba a merced de lo desconocido. Es tan fácil confundir el rumbo en dos metros cuadrados cuando el frío y la oscuridad imponen su imperio. Duendes y elfos, toda índole de criaturas del bosque , se imaginaron en estas tierras. Las que no había porqué inventar, lobos y osos, sabían de supervivencia y no tenían empacho en garantizarla a costa de nuestra carne.
Solemos pensar en la Amazonía, en el Sahara, en los grandes páramos solitarios y olvidados de nuestra vasta Tierra, en los que incontables aventureros extraviados, simplemente por insignificancia, dejaron cuerpo y alma.
Olvidamos que aquí también, donde ahora un puñado de satélites saben definir posición y rumbo con la pericia del milímetro, se vivió en otro tiempo la angustia del camino perdido y la dulce recompensa del paraíso recuperado junto a una fogata o ante el muro en ruinas de un castillo centenario.
No hay duda de que cabe la soberbia pero, al final, siempre queda la inquietud de perder el edén y ser tragado, una vez más, por la implacable nieve del invierno.
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