Hace unos días, camino a Aguascalientes e inspirado por esa autopista que atraviesa paisajes que no puedo sino calificar de rulfianos, se me ocurrió ir escuchando las grabaciones de algunos cuentos de El Llano en Llamas, en la voz del autor. No cabe duda de que si a alguien debemos uno de las más elocuentes retratos de esta tierra y esta gente, aparte de los construidos por la lucidez de Paz, es a Rulfo. Tenía mucho que no me reencontraba con estos textos tan cristalinos, tan perfectos, tan pulidos por esa alquimia del lenguaje que da la ilusión de la más absoluta simplicidad cuando, en el fondo, están plagados de profundas alusiones, de intrincados espejismos, de una música laberíntica, secreta e irrepetible. Eso es Rulfo, irrepetible. Imagino a pocos autores tan difíciles de imitar sin que el producto se vea precisamente como eso: una burda imitación. Hay estilos amables que permiten la repetición hasta el cansancio, sin por ello resultar especialmente chocantes. García Márquez fue el creador de uno de ellos, y así tenemos a una plétora de narradores, menores y no tanto, que han abrevado de ese estilo y producido una buena cantidad de obras, en muchos casos entretenidas, algunas incluso legibles. Con Rulfo eso se antoja imposible, tanto así que su obra, al final, terminó siendo necesariamente breve, me arriesgo a pensar que porque él mismo llegó a un punto en el que se convenció de que no había otro remedio porque ¿qué más puede jamás escribirse sobre Comala?
El estremecimiento que va invadiendo mi espalda cada vez que recorro la narración circular de Diles que no me maten y que, lejos de resolverse al culminar el cuento se queda ahí, largamente, anidado en una adrenalina irresoluble, es una de las más irrefutables muestras que he vivido del hipnótico poder de la literatura.
jueves, 25 de noviembre de 2010
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