martes, 25 de mayo de 2010

Prescindible arranque de cuento policíaco

Durante años mis noches fueron forjadas por el insomnio. La resignada contemplación de mi fatiga en esas horas de vigilia me hacía concluir que la falta de sueño no era atributo de las mentes torcidas por el crimen o el arrepentimiento. Imaginaba, ahora lo sé, que hay muchos en esos trances que duermen lo más tranquilos. Somos solamente la legión de los obsesivos, los que hemos desarrollado la manía de pensar y repensar, los que no conseguimos acotar la maraña de nuestras elucubraciones, somos nosotros, empero, los que dejamos de soñar por seguir hilos invisibles que conducen al vacío. Discretos testigos de las noches de ruidos lejanos - el horizonte de perros, la sirena de otro mundo que habla de un muerto más, la indiferente bomba que sube un agua aún posible a alturas absurdas -, somos nosotros, los que no podemos embarcarnos en el misterio de la inconciencia, los que en lugar de lamentar crímenes llegamos a urdirlos como simple distracción que nos justifique - ¿ante quién? - en esas horas. Y así fue como imaginé éste, del que ahora escribo. Y lo escribo a plena luz del día, porque gracias a él he conseguido, por fin, reconquistar el único ámbito en el que nos sabemos libres.

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