lunes, 20 de diciembre de 2010

Road movie

En el último mes recorrí en auto una distancia similar a la del radio de nuestro planeta. A diferencia del avión, viajar en auto permite mantener viva la noción de distancia. Mientras las distancias que solemos cubrir volando son mucho mayores, la única posible referencia que tenemos de ellas es la que nos dan los mapas y sus modernos sucedáneos. El tiempo en tránsito aéreo - única ancla, así sea indirecta, de la percepción de distancia- es muy variable, y generalmente se disloca desde el principio, con la incomodidad de las terminales aéreas, sus controles y sus esperas, que provocan una insana ilusión de que ya estamos viajando, cuando en realidad permanecemos lastimosamente en el mismo abarrotado sitio.

En cambio, uno empieza el viaje desde el momento en que pone el pie en el acelerador. La distancia se convierte entonces en una medida que no sólo arrojan tacómetros y computadoras de viaje, sino también la gradual mutación de orografías, que la convierten en un hecho absolutamente tangible.

Viajar en auto se ha transformado para mí de un mal necesario ligado con mi actividad profesional en un cotidiano placer. Como todos los placeres roba tiempo y es causante de un desgaste físico y mental notables. Sin embargo, recorrer las autopistas y carreteras de este país se ha tornado en una experiencia fabulosa, plena, sobre todo, de paisaje. La forma en la que viajo y las razones por las que lo hago no me desvían demasiado de las autopistas de paga y, consecuentemente, el país que recorro así no es el mismo que el que se vive yéndose por la libre. Viajando de esta forma me privo en general de pueblos y gente (cosa que por otro lado me ha facilitado el sortear lo peor de una violencia en ascenso y que no paga cuota), pero me permite cultivar la contemplación de paisajes, a cual más inquietantes, de geografías imposibles, de sorprendentes equilibrios y vegetaciones. Ello, combinado con el portento tecnológico del automóvil, ente arcaico y primitivo, ineficiente y depredador por naturaleza, pero por lo mismo significativo representante de nuestra contradictoria civilización, construye una combinación que podría imaginarse como imposible: la tranquila naturaleza del paisaje y su contemplación al borde de la adrenalina. Juntemos a esto el tercer elemento, la música, disfrutable en semejante ámbito gracias también a esa tecnología que nos define y nos pierde, y tenemos una mezcla que, al menos en mi caso, ya no puedo calificar sino de adictiva.

Y el último elemento, ilusorio en la medida en que depende de infraestructuras susceptibles de falla, es la sensación de libertad. A diferencia del vuelo comercial, viajar en auto significa hacerlo en los tiempos y con los ritmos que uno defina, significa la posibilidad de la pausa, de iniciar y terminar en términos propios. Por eso las ciudades en sus horas pico son enemigas de la libertad. A las ciudades hay que abordarlas de noche o madrugada, cuando pueden verse como meras extensiones de la carretera. Y así concebido, el recorrido motorizado de las grandes distancias define y explica con creces la pasión por el camino que es legendaria y se ha hecho literatura y cine allende nuestra frontera.

Es claro que esa cultura tiene una caducidad, no solamente producto de la escasez e inconveniencia de los combustibles fósiles, sino de la saturación de espacios en los que ya no habrá dónde colocar más pavimento. Me veo por ahora, pues, irresponsablemente  instalado en el goce de esta realidad atractiva y estimulante, y sé que si en mi periodo vital llega a darse un cambio sustancial en estos usos tan criticables guardaré, como de los peores horrores, una dulce e inevitable nostalgia.

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