Cada día circulan más historias de terror. Nos gusta narrar y nuestra naturaleza nos impulsa a buscar que lo contado tenga un impacto indeleble. En épocas remotas, cuando aún no éramos tan soberbios como para creernos diferentes de nuestros semejantes, los que con mínimas variaciones comparten nuestro mismo genoma, como gorilas y lobos, esa naturaleza nos instaba a proclamar el peligro y resaltar el accidente, la sangre derramada, con el fin claro de aleccionar con el ejemplo, de mostrar en lo que termina la imprudencia, de enseñar que la audacia es enemiga de la supervivencia. Este comportamiento tuvo durante milenios un fin preciso que creíamos superado, suprema nuestra arrogancia, con el triunfo del progreso. Pensamos que contemplarnos en el horror de la masacre era cosa de otros tiempos, de un primitivismo del que habíamos escapado sin más. Vemos a los genocidas como desviaciones perversas, y lo son, pero no nos detenemos a juzgar a quienes contemplan, mudos y expectantes, aterrorizados y finalmente cómplices, la obra del asesino. ¿Aprendemos? Lo dudo. Nuestra civilización se ha desconectado del sentido primigenio de nuestro comportamiento y se vierte en justificaciones a cual más artificiosas de porqué, como siempre, nos sigue apasionando la narrativa de la sangre.
martes, 12 de julio de 2011
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