viernes, 9 de septiembre de 2011

A las cuatro de la tarde


Quiero parafrasear a Lorca a las cuatro de la tarde.
Quiero conjurar al toro a las cuatro de la tarde.
Que no lleguen las onerosas cinco con su carga de sombra.
La aguja perforando, entregando su veneno, a las cuatro de la tarde.
El agudo bisturí reflejando carne hecha para otra cosa, a las cuatro de la tarde.
Para la vista y el tacto, para contener fluidos que moldean grácil presencia.
Entrañable, imprescindible en mi geografía más íntima, la más profunda.
A las cuatro de la tarde.
Beethoven en el iPod, singular geometría del azar, a las cuatro de la tarde.
La precisión de los relojes, el paso ineludible de momentos ínfimos.
La incisión, la búsqueda, el encuentro con la célula traidora, rebelde, a las cuatro de la tarde.
Confiando en manos hábiles, en instrumentos precisos, en el algoritmo de la repetición que construye la experiencia.
A las cuatro de la tarde.
No quiero que lleguen las cinco, el toro, la sangre resbalada, lo irreversible.
Quiero la certeza de que estarás, que seguirás, a las seis de la tarde.
Que el toro ya no te amenaza a las seis de la tarde.
Cicatrices que ya no duelen a las seis de la tarde.
Ilusorias certidumbres, como todo en la vida, a las seis de la tarde.
No quiero las cinco en sombra de la tarde.
Quiero las seis en todos los relojes.
Las seis en punto, las seis en sol y lluvia de la tarde.

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