Quiero parafrasear a Lorca a las cuatro de la tarde.
Quiero conjurar al toro a las cuatro de la tarde.
Que no lleguen las onerosas cinco con su carga de sombra.
La aguja perforando, entregando su veneno, a las cuatro de la tarde.
El agudo bisturí reflejando carne hecha para otra cosa, a las cuatro de la tarde.
Para la vista y el tacto, para contener fluidos que moldean grácil presencia.
Entrañable, imprescindible en mi geografía más íntima, la más profunda.
A las cuatro de la tarde.
Beethoven en el iPod, singular geometría del azar, a las cuatro de la tarde.
La precisión de los relojes, el paso ineludible de momentos ínfimos.
La incisión, la búsqueda, el encuentro con la célula traidora, rebelde, a las cuatro de la tarde.
Confiando en manos hábiles, en instrumentos precisos, en el algoritmo de la repetición que construye la experiencia.
A las cuatro de la tarde.
No quiero que lleguen las cinco, el toro, la sangre resbalada, lo irreversible.
Quiero la certeza de que estarás, que seguirás, a las seis de la tarde.
Que el toro ya no te amenaza a las seis de la tarde.
Cicatrices que ya no duelen a las seis de la tarde.
Ilusorias certidumbres, como todo en la vida, a las seis de la tarde.
No quiero las cinco en sombra de la tarde.
Quiero las seis en todos los relojes.
Quiero las seis en todos los relojes.
Las seis en punto, las seis en sol y lluvia de la tarde.
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