domingo, 1 de mayo de 2011

Escombros y realidad

La casa en el campo en la que crecí ya no existe más. Ha sido demolida y en su lugar se erige desde hace algún tiempo alguna otra construcción con la que ya nada tengo que ver. Los viejos árboles tampoco están más.

Es cierto que puede darse rienda suelta a la nostalgia, y hacerlo sobre aquello que de alguna manera nos definió en nuestra infancia es una de las formas más recurrentes para despertar el agridulce sabor de la melancolía. Sin embargo, aquí me ocupa una reflexión sobre algo diferente, que más tiene que ver con nuestra precepción y la manera en la que procesamos el mundo.

Empecé esta nota sin dudar en decir que esa casa ya no existe más. Sin embargo cierro los ojos y ahí está, de una forma mucho más profunda y perfecta que la que puedo encontrar en muchos otros lugares a los que aún  tengo acceso. Tengo grabados en la memoria una plétora de detalles mínimos que me permiten recorrer cada centímetro de esa casa como si siguiera viviendo en ella. Recuerdo cada escalón y cada grieta, las texturas de paredes, la ubicación, tamaño y forma precisa de los árboles. Recuerdo la posición y color de cada mueble,  su peso, el esfuerzo que significaba arrastrar éste o aquél por la alfombra. Recuerdo crujidos, la luz por las ventanas a diferentes horas del día, el sonido de los escalones al bajarlos caminando o corriendo, la mayor o menor resistencia de los picaportes, en dónde había mosaicos sueltos en la cochera, el polvo que se acumulaba sobre las columnas. Recuerdo exactamente y podría reproducir con precisión el ajuste que había que darle al cerrojo de la reja de entrada… Llevo más de veinte años que abandoné esa casa, casi quince sin pisarla y tiene diez que ¿desapareció? de la faz de la tierra. Y así como de esa casa, de igual manera tengo grabados en mi memoria las calles de la colonia Nápoles y la Ciudad Universitaria, ciertas rutas en la primera sección del bosque de Chapultepec y cada curva de la autopista a Toluca. No hay duda de que las percepciones que se vuelven hábito y los recuerdos que de ellas se forman esculpen la realidad de maneras que no alcanzamos aún a aprehender. Elucubrar sobre estos misterios y cuestionar nuestras definiciones al respecto, además de entretenido, nos lleva hacia algunas de las preguntas nodales de nuestra filosofía, aquéllas que se refieren a lo real, a lo objetivo y a lo existente.

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