miércoles, 9 de marzo de 2011
El nuevo Jean Valjean
Ruairí Mac Easmainn es el nombre en gaélico de un personaje singular, de cuya existencia apenas tenía idea y que ahora descubro como un ejemplo inaudito de la compleja naturaleza humana. El descubrimiento, predecible por demás al tratarse del protagonista de la última novela de Vargas Llosa, ha despertado en mí entusiasmos que creía superados prácticamente desde la adolescencia, cuando el sutil arte del novelista se aprovechaba de la crédula disposición del alma joven para transmitirle pasiones que, revisadas a la luz de una madurez que empieza a peinar sus canas, se terminan viendo con cierta condescendencia. Y es que si algo ha aprendido Vargas Llosa de sus mayores (léase Hugo, léase Flaubert) es a construir personajes absolutamente verosímiles. Lo que no suele hacer es urdirlos entrañables. Por eso, cuando se documenta en la historia de un hombre cuya trayectoria vital simboliza como pocos la extrema contradicción que es intrínseca a lo humano, y es capaz de contarla con esa prosa que se sabe efectiva a costa de ejercicio (prosa que, asumo que por influencia de una fama que aliviana la exigencia, cada vez consigue menos lo que el mismo autor más admira en Flaubert: pulimiento y esmero), decíamos, cuando narra las peripecias de Sir Roger Casement (que tal es el título y nombre imperiales de nuestro personaje), uno se topa con el tipo de héroe que parecía exiliado de la literatura moderna, aquél que está destinado - con esas palabras - a literalmente apropiarse del corazón del lector. Este hombre, lleno de claroscuros, pero al final congruente consigo mismo y con principios que el atormentado siglo XX ha demostrado como inseparables de la definición misma de civilización, va lentamente acaparando la atención de lector quien primero lo cataloga como un aventurero pero, posteriormente e hilando en su propia complejidad, lo observa sucesivamente como visionario, valiente, humanista, reprimido sexual, defensor de las más nobles causas, traidor, torpe, egoísta, víctima del error y la injusticia. Demasiado humano, parafraseando a Nietzsche... Pero al margen de esos calificativos, lo cierto es que uno no puede evitar admirar a quien, de alabar los presuntos afanes civilizatorios de las potencias europeas en África, termina por execrar de ellos y denunciar sin tregua la genocida explotación de caucho en el Congo, hasta lograr el retiro de la concesión al siniestro Leopoldo II de Bélgica; quien, luego de entender que en el Amazonas ocurre lo mismo, no descansa hasta ver destruida la compañía que sacaba enormes dividendos a costa de violaciones y muerte. Tampoco puede uno dejar de simpatizar con la angustia y entender los desesperados paliativos de un solitario, condenado a no buscar el verdadero amor en una sociedad que sólo puede concebir esa ilusión de la mano de relaciones heterosexuales. Siguiendo su trayectoria vital, el irlandés regresa al corazón de su patria y se convence de que aquélla sufre una explotación genocida similar, aunque disfrazada con perversa sofisticación por un Imperio Británico que confía en su lealtad y lo ha cubierto de honores. Dedica lo que le queda de vida a combatir esa servidumbre. Su camino, que pasa por la traición y la muerte de inocentes, no deja de parecernos dolorosamente cercano y, de una manera que mucho tiene que ver con la hábil construcción literaria del personaje, termina justificándose, dejando a la muerte del héroe ese vacío que me llevó a recordar las páginas finales de Los Miserables. Tenía mucho que mis ojos no se nublaban al cerrar una novela. Lograr eso después de todo lo que hemos visto y leído no es menor, y me parece que habla de las habilidades de un autor que ha tenido por maestros - cosa que habría de rescatarse para a su vez hacer lo propio con los oscuros tiempos que corren - ni más ni menos que a los clásicos.
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