En el jardín de la casa tenemos un pequeño perro. Somos una familia activa y la casa es esporádico centro de reunión en los días de trabajo. El pequeño perro pasa la mayor parte del tiempo en una soledad que confirma su señorío sobre los pocos metros cuadrados de un jardín que sólo él disfruta. Pasa largas horas sin compañía alguna y se alegra cuando alguno de nosotros llega. Su vida es simple y podría decirse que, en la medida de lo que podemos entender, recrea una forma envidiable de la felicidad. Lo vestimos de humanos atributos. Creemos que se entristece o se alegra en la misma forma en la que lo hacen los niños. Creemos que entendemos, lo que prueba nuestra soberbia. Pero lo cierto es que el pequeño perro nos trata con la condescendencia propia de los de su especie. No intenta entendernos, creemos que no ha descubierto pero en realidad desprecia la vana empresa que ello significa. Eso le da superioridad sobre los humanos. Su herencia está probada, mientras nosotros, primates sobredimensionados, seguimos en calidad de experimento. Ladra cuando llegamos y se acerca pacífico cuando invadimos su terruño, siempre vigilante de las migajas y pequeños manjares que caen de nuestra mesa.
martes, 15 de marzo de 2011
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