domingo, 20 de febrero de 2011

Pequeñas historias

En conversación con M., esta vez en Monterrey, of all places, y añorando lo que hace no mucho era una costumbre semanal y cuya frecuencia se ha visto malamente reducida por los avatares de una cotidianeidad que no sirve sino para justificar tantos afanes, enunciaba él una idea que me quedó dando vueltas en la cabeza.  Ciertamente, nuestros más sesudos análisis de lo que acontece topan con una pared que nos impide cualquier conclusión razonable sobre cómo pueda ser el futuro. A falta de certidumbres nos dedicamos a la especulación gratuita. Por ejemplo: pareciera ser que nuestro país, tan sumergido en esa orgía de sangre que no halla cotas ni fin, sigue viéndose pese a todo viable en los largos plazos; nada, ni siquiera la probable toma del poder político por esos grupos cuya identidad se define por la violencia, parece amenazar seriamente la existencia de México como un país que, de forma harto inexplicable, tiene visos de funcionar. En ese sentido no estamos, como en otros lados, a merced de una ruptura social irremediable fomentada por odios irreconciliables, que aglutine a los unos en contra de los otros por causa de la raza o el credo. En México no nos matamos por las grandes causas y eso, que en la cosmología romántica de los defensores de las revoluciones puede parecer patético y terrible, significa también que para matarnos no descendemos a ese grado extremo donde el odio se hace consenso: nos matamos, y aquí entra la reflexión de M., en el nivel de las pequeñas historias. A falta de los marcos conceptuales que nos facilitaban el análisis, son ahora las pequeñas historias las que nos permiten entender. Las pequeñas historias que enfrentan al hijo de una familia con la banda de narcomenudistas a los que quedó a deber la droga que compró la semana pasada, las que motivan la venganza de los deudos del asesinado en la fiesta del otro sábado, las que colocan en el lugar incorrecto en el momento menos propicio a la jovencita de secundaria, ahora víctima del fuego cruzado, las que dan a la madre desesperada las armas para convertirse en implacable perseguidora de los asesinos de su hijo, las que hacen de una turista culpable de crímenes que vayamos a saber si cometió y al aparato de justicia ese ente contradictorio e indefendible donde las buenas intenciones siempre se ahogan. Las pequeñas historias que nos hacen percibir que moverse por este país entraña enormes riesgos, pero ni así cancelamos la fiesta de graduación o las vacaciones en la playa para el próximo verano. Las pequeñas historias que nos permiten irnos a cenar en Monterrey, rodeados de retenes de toda índole, sabedores de que en cualquier momento algo puede torcerse, pero ni modo que renunciemos a ello, finalmente en la vida, por tranquila que se viva, por seguro que uno se crea, algo puede siempre torcerse. Las pequeñas historias que nos hacen, dado el caso, tomar las decisiones que afectan a nuestro entorno inmediato y nada más, y que van poco a poco moldeando en nosotros y, lo más importante, en nuestros hijos, un concepto del mundo al margen de los grandes discursos que otrora nos marcaban. La idea es compleja y digna de profunda reflexión. Las pequeñas historias son también las que se han apropiado de los nuevos medios y las que se suman para que la gente tome conciencia y se decida a hacerse del poder. Pareciera ser que, en estos tiempos calamitosos, estamos llegando venturosamente al final de los ismos para instalarnos, ahora sí, en algo nuevo, inédito, en activa construcción. Lo que salga de ello es por ahora inescrutable. Hagamos votos para lograr sobrevivir y poder ver hacia atrás estos días, de cuyo recuerdo podrá cantarse y llorarse largamente.

1 comentario:

Cosmic Mouse dijo...

Las pequeñas historias son las que, a final de cuentas, pueden llevar a los grandes cambios... Piensa en el chavo egipcio que, sin deberla ni temerla, fue secuestrado y muerto por policías hace poco más de medio año, y que fue una de las grandes inspiraciones durante el movimiento que ha marcado un cambio en ese país... Será ese también el caso de Libia, con un gobierno autocrático y autoritario como pocos? Descarnado, brutal y egocéntrico? Será esa una posibilidad para nuestro país, en donde, a final de cuenta, también tenemos el gobierno que nos merecemos?