jueves, 13 de enero de 2011

Bucólica

Hay un aromo nacido en la grieta de una piedra...

…que no teniendo alegrías se hace flores de sus penas.

A. Yupanqui

 

En el espejo del coche se dibuja un espino. Así escuchaba en mi infancia nombrar a ese arbusto, tan común en la geografía del altiplano que no reparamos más en él. Se llena de pequeñas hojas ovaladas de un verde oscuro, casi azul, en primavera, para luego explotar en aromáticas florecitas amarillas que parecieran enteramente hechas de polen al promediar el año. El olor se lo lleva el viento a distancias increíbles, atrayendo improbables abejas. En invierno, como ahora, expone su esqueleto de rugosas ramas y agudísimas espinas las cuales, sea cual sea el estado del veleidoso follaje, se mantienen firmes todo el año, como certero recordatorio de su carácter ermitaño y evidente razón del nombre por el que lo conozco.

Pocos amigos tiene el espino, especialmente entre los hombres. La sombra que da en sus momentos más tupidos es siempre mínima e insuficiente. Quien busca acogerse a ella tiene que hacer alardes contorsionistas para, primero, colocarse a un nivel en el que la maraña de espinas que pueblan sus ramas quede por encima de la cabeza y después aproximarse lo más posible al nudoso tronco, a riesgo de que éste guarde también alguna afilada sorpresa cuando intente apoyar la espalda. Incluso si ha sido posible acomodarse, la sombra es invariablemente incompleta y porosa, y uno termina alejándose para buscar alguna roca más hospitalaria.

La leña que se puede sacar del espino es también poca e ingrata, y resulta el último recurso del leñador cuando se han agotado otras maderas .

Ahí veo al espino, mecido por ese viento helado del Bajío que invade hasta la médula. Su contraste con un cielo azul intenso, poblado a ratos por nubecillas que pasan raudas, dibuja una estampa curiosamente entrañable.

Los únicos que parecen quererlo son los chivos, capaces de comer sus ramas con todo y espinas.

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