Más allá de sesudas consideraciones, que van desde la manifestación de ciertos hartazgos hasta la búsqueda de simetrías, el hecho es que hubo mucha gente, la mitad de la que salió a votar en Estados Unidos hace unos días, que prefirió el indefendible discurso de Trump.
Podemos rompernos la cabeza sobre cómo es posible esto, elucubrar sin término. Los mares de tinta cibernética que ya se han vertido sobre ello, en esta época de exorbitante multiplicación de los dichos, ya han dado cuenta de toda cuanta teoría es asequible al intelecto de los no pocos que, desde trincheras disímiles, tratan de hallar causas y esgrimir entendimientos.
Desde el umbral de una bien pulida y prejuiciada ignorancia, a mí me parece que una de la más sencillas razones del fenómeno y lo que serán sus repercusiones, tremendas a lo que se alcanza a ver, pasa por la foto que encabeza este texto.
Esta imagen, con la que me topé hace algunos meses, no ha dejado de darme vueltas en la cabeza. Y es que una muy primera reflexión me ha llevado a preguntarme quién será ese joven que, si nos dejamos llevar por las obviedades, no dudaremos en calificar de supremacista, probablemente homófobo y macho, cristiano fanático, seguidor de las "buenas costumbres”, defensor de los “valores”. Y el quién será no se trata de si Jack, Bob o Jason, sino de quién como para ser tan diferente y despreciar, en cobarde palabra y ahora en no menos cobarde acto, mucho de lo que nosotros ya dábamos por hecho y le conferimos un valor bien justificado por estructuras mentales y emocionales que precisaron de siglos y una buena cuota de sangre para expresarse y cimentarse. Quién es, humanamente, este joven. Qué tengo en común con él, pues.
¿Acaso las convicciones derivadas de un pensamiento liberal deberían de impedir que yo buscara acercarme a alguien como él?¿Sería una falta de congruencia?¿Puedo intimar con un misógino, homófobo, racista?
Temo que la respuesta, no solo mía, sino de muchos de mis pares, de aquéllos con los que estoy de acuerdo en lo básico, de aquéllos con los que mis diferencias no pasan de ser matices, siempre negociables con una copa de vino en la mano, es, simplemente, negativa. No tengo nada en común con Jack, Bob o como quiera que se llame este sujeto. No quiero tenerlo. No quiero escuchar de su machismo, de su desprecio hacia los que no tienen la piel blanca o hablan un idioma que no entiende.
Pero entonces, siendo congruentes con las herramientas que hemos obtenido, a partir de la misma sangre, los mismos siglos, la misma esforzada construcción de nuestro pensamiento liberal, no puedo sino tomar el espejo y ver que, con esa conclusión, termino igual que él. Termino despreciándolo, creyendo que mis ideas y mis convicciones valen más que las suyas, que no merece la pena intentar entendernos. Para todo fin práctico, termino excluyéndolo, como él lo hace conmigo. Las razones serán distintas: yo lo excluyo por sus prejuicios, él hace lo propio por el color de mi piel. Y bajo la línea ambas cosas son una y la misma, siendo cada quien producto de su herencia y de sus circunstancias.
De alguna forma se tiene que romper con eso y empezar a tender puentes. Y esas mismas herramientas que nos preciamos de poseer, si tienen alguna valía, deberían de servir para ejercer un poco de humildad y abrir puertas, a pesar del riesgo del agravio. Entender que hay cosas que compartimos por nuestra primigenia e innegable dignidad humana, que todo lo demás son constructos sociales y culturales, producto de historias individuales sumadas a lo largo de milenios de historia, originados por razones ajenas a la naturaleza primaria de cada uno, aquélla que nos define como especie y que, por más que nos acuchillemos los unos a los otros, no nos es dado negar.
Ya lo dijo, parafraseando a Bruno, un mago bastante hábil: mejor será que nos amemos los unos a los otros, menos será la sangre y la cuota de dolor.
Nuestra conclusion tendría que ser que no, en efecto, no tenemos nada en común, aparte del 100% del genoma…

5 comentarios:
¡Primer comentario!
No tengo idea de quién sea el sujeto en cuestión. Pero sé que al proclamarse violentamente en contra de nosotros, al pensarse superior por ser blanco, al ofender simplemente por contar con una repentina licencia para hacerlo, hay un mundo de distancia entre él y yo. No quiero "normalizar" sus perspectivas y comportamientos, con tal de no actuar o ser como él. Me niego a normalizar el racismo, el machismo y la discriminación en todos sus sentidos. Y en eso, aparentemente, es en lo que nos diferenciamos. Y en otra cosa: en que nosotros entendemos que tenemos que tender puentes hacia personas como él, mientras que él proclama que hay que construir muros.
¡Claro! Metámoslo a él ya todos los que son como él en un campo de concentración... Nadie habla de normalizar nada, sino de entender los porqués y desactivarlos de una forma que no pase por el odio y la exclusión. Si para eso no sirve todo lo que hemos aprendido entonces no entiendo para qué. Yo me niego a actuar como él en contra de él. Y ciertamente cuesta...
Como bien lo argumentas, hay mucha distancia entre el personaje en cuestión y quienes (como nosotros) asumimos en nuestra vida un planteamiento alternativo, en varias dimensiones. Creo que también es factible -aunque no fácil- analizar la temática desde la perspectiva de la tolerancia. Podemos llegar a tolerar diferencias, mientras que no lastimen la dignidad y la libertad del ser humano. De lo contrario, estaríamos validando pensamientos y acciones que pueden generar abuso y sufrimiento. Ciertamente, cada quien tendrá que lidiar con sus propios infiernos y fantasmas a la hora de discernir qué ponemos a salvo. La agresión y la violencia no es una opción cotidiana. Pero una cosa es hablar desde cierta distancia física y emocional... y otra es estar implicado en circunstancias que pueden llevar a la desesperación. Tender puentes implica, sin lugar a dudas, disposición a enlazar, a vincular, a construir eslabones de contacto. Pero, para ello se requiere cierta disposición en ambos puntos de enlace. Nadie puede encontrarse con quien no quiere ser encontrado.
¡Muy de acuerdo! La tarea no es sencilla ni mucho menos. La distancia que apuntas es de la que (aún) gozamos algunos privilegiados. No es lo mismo hablar ante la mesa del café que ser discriminado en la chamba por ser moreno. Estamos, todavía por fortuna, en el primer caso, que si fuera el segundo no andaríamos polemizando en un blog y tal vez sí metidos en una lucha cruenta y justificable, como tantos otros. Lo ganado en términos de conciencia respecto a lo que nos es valioso no debería de ser negociable. Por eso mismo, creo que hay una contradicción de base al aplicar, aquí en la mesa del café, contra el que no nos tolera sus mismas armas. Y me parece que en eso hay gradaciones que, en discusiones como esta, tienden a perderse. Es cierto que buscar un encuentro con un fundamentalista de lo que sea será de todo punto imposible, pero no todos los que comparten una cierta base de prejuicios se pueden medir con el mismo rasero. Si a mí el triunfo de Trump no se me hizo del todo sorprendente es porque, lamentablemente, conozco muchos más gringos como él que de otros, y aunque hay algunos con los que es imposible tender puente alguno, una buena mayoría son gente simple, bastante ingenua y que no se da cuenta de que al ser cuates de un "mexicano violador" se están apartando del discurso fascista de su ahora presidente...
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