martes, 21 de septiembre de 2010
Propósito
Los humanos tenemos características, hijas de nuestra capacidad de procesar el mundo a través del lenguaje, que nos definen y, en numerosas ocasiones, suelen convertirnos en una sutil caricatura. Veamos si no la soberbia, que es una extensión patológica del orgullo, ese sentimiento, traducido en comportamiento, que en los animales superiores más bien sirve para definir territorios y zanjar disputas jerárquicas. Los humanos somos soberbios. Entendemos un poco, demasiado poco, de nuestro universo, y así y todo asumimos que podemos dominarlo con la mano izquierda mientras la derecha hace cosas más importantes. Y nos creemos con un propósito. Sostenemos que lo que hacemos debe tener una trascendencia que nos justifique, que aclare sin visos de duda las razones detrás de nuestros actos, que al final explique porqué no fuimos más atentos, o más empáticos, o más pacientes, o menos nerviosos, o tuvimos más tiempo, o... Y vamos por la vida sin percatarnos de que la trascendencia individual, si algo, es un concepto pleno de extrema soberbia. No existe tal cosa como un propósito último, porque el universo mismo carece de él. La eterna discusión entre el ser y el deber ser que, siempre he creído, carece absolutamente de sentido porque lo que es, simplemente, es. Entonces tenemos, como es costumbre, de dos: o nos dejamos llevar por la existencia, sin mayores complicaciones, sin mayores propósitos, siendo simplemente en el mundo (fácil, nuestra civilización no sabe cómo hacerlo y solamente contados místicos - entre ellos algunos científicos y poetas - lo han logrado), o bien nos inventamos propósitos propios, únicos, individuales, que nos apasionen tanto que aprendamos a dar la vida por ellos. Propósitos que no tengan que significar nada para nadie más que para uno mismo, que no busquen perdurar ni justificarse de manera alguna (salvo, si acaso, de forma funcional, para mantenerlos vivos en un mundo material). Me queda claro que quienes se fijan propósitos así y viven en concordancia, son los seres de los que más se aprende y con quienes es más estimulante compartir el mundo, así el propósito sea encerar coches, dar ponencias magistrales, operar montacargas o luchar contra el calentamiento global. Al final de los días ninguno de ellos contará más que los otros, pero en el día de cada día cada uno tiene un valor en sí mismo, que depende exclusivamente de quien vive para él.
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2 comentarios:
¿Y por cuál de las dos opciones has optado? ¿Cuál es tu propósito, querida eminencia gris? ¿Y en qué parte del camino se tocan las vidas paralelas de las dos opciones?
La segunda opción es por fuerza la única que le queda a quien se ha formado en lo que Steiner califica como "la tristeza del pensamiento"...
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